Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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Mi abuela

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Hoy he soñado con mi abuela. Me ocurre de vez en cuando y normalmente lo disfruto. Mi abuela lleva más de veinte años muerta, pero soñar con ella es una manera de seguir teniéndola presente. Hoy, sin embargo, me ha hecho sentir más solo. Me ha empujado a levantarme de la cama para escribir esto que, a pesar de que podáis leerlo todos, realmente lo hago para mí.

A mi abuela le encantaba el cine. Lo disfrutaba sin prejuicios. Para ella, una película más siempre era una película digna de ser vista. En cine o en televisión, en versión original o doblada, de cualquier género: no importaba. Le gustaba Bruce Willis: vimos “Jungla de cristal” (Cine Cid Campeador, 1988), “El gran halcón” (Cine Palafox, 1991) y “El último boy scout” (Cine Benlliure, 1992), entre otras. A esta última vino también mi hermana pequeña, entonces de siete años. Cuando un espectador le recriminó a la salida a mi abuela que esa no era película para una niña, mi abuela le respondió: “Métase en sus asuntos”.

Para ella no había películas inapropiadas. Me llevó a ver un programa triple de Billy Wilder con “El apartamento”, “Con faldas y a lo loco” y “Primera plana” siendo solo un niño; también muchas otras en versión original, y me acompañó a “Los inmortales” (Desconocido, 1986), “Loca Academia de Policía 5” (Cine Cid Campeador, 1988), “Agárralo como puedas 2 y ½” (Cines Gran Vía, 1991), “Llamaradas” (Cine Roxy A, 1991), “Terminator 2” (Cine Vergara, 1991), “El cabo del miedo” (Minicines Fuencarral, 1992), “Doble impacto” (Cine Juan de Austria, 1992), “Batman vuelve” (Cine Cid Campeador, 1992, acompañados de mi primera cita, Mónica Epifano) o “Tu madre se ha comido a mi perro” (Cine Palafox, 1994). El acomodador vestido de frac le preguntó con sorna qué le había parecido esta última, y ella sonrió compasivamente y dijo: “Bueno…”. Pero no dijo que no le había gustado. De hecho, yo sabía que, a su manera, la había disfrutado.

También vimos mucho cine en casa. Recuerdo un pase especialmente memorable de “Alien, el octavo pasajero” en familia. Yo no debía tener más de siete años, quizá ocho. A menudo apoyaba mi cabeza en el regazo de mi abuela, pero nunca me dormía: era incapaz de hacerlo mientras veía una película, buena o mala, y sigo siéndolo. También vimos las miniseries de “IT (Eso)” y “El misterio de Salem´s Lot”. En la segunda había un susto antológico al final del primer capítulo, y mi abuela esperó en el marco de la puerta del salón, con la bandeja de la cena en las manos, a que se lo dieran. Los restos de la cena volaron por el salón y todos nos reímos a gusto. Mi abuela no estaba dispuesta a perderse una buena escena, aunque el precio a pagar fuera tener que barrer luego el suelo.

Mi abuela murió en 1996, pocas semanas antes de que yo volviera a vivir a Madrid, después de una década en Albacete. A veces pienso en cuántas películas dejamos de ver juntos. Pero la mayoría de cines a los que íbamos han cerrado y se han reconvertido en tiendas de ropa o gastromercados, y también me alegro de que no llegara a ver eso. Para ella, el cine seguía siendo algo grande, algo importante; no la misma película de superhéroes en setecientas pantallas de multisalas de centros comerciales por la periferia de las ciudades. En el fondo, mi abuela supo instintivamente cuándo había terminado la función.

Las 100 de Loquillo

loquillo

Pincha aquí para leerlo:

http://elpais.com/elpais/2016/11/29/icon/1480429377_412990.html

 

Billy Joel y Bruce Springsteen en “The Second Act of Elliott Murphy”

“I never understood why Elliott didn´t become very successful right away”, says Billy Joel in a new clip from the film “The Second Act of Elliott Murphy”; “I thought he was good as soon as I saw him”.

Bruce Springsteen agrees: “I don´t think he´s ever written a bad song. I´ve never come across an Elliott Murphy song that I thought: “Didn´t work”. And he´s made a lot of music, and a lot of modern music that, to my mind, is as good as his early stuff. He´s still at his best”.

“The Second Act of Elliott Murphy” is a long feature documentary about American rocker Elliott Murphy. Born in New York in 1949, he became one of the “new Dylans” in the seventies, and most critics from the era praised albums like “Aquashow” or “Just a story from America”. Still, ironically, his truly American music-style made a bigger connection with European audiences, which transformed him into a cult artist in many countries overseas.

The title, “The Second Act of Elliott Murphy”, contradicts the quote of Fitzgerald (a personal hero for Murphy) and it is a reference to the French reinvention of the artist in the late eighties. Because of Elliott Murphy moving to Paris and the increase of European tours, his fanbase became stronger in many countries like France, Spain, Italy, Germany, Sweden or Denmark. Some of these fans contributed to the making of the film by providing rare graphic materials of all eras of the artist.

“The Second Act of Elliott Murphy” is directed by Jorge Arenillas and produced by Mirabal Films in association with OPH Producciones. It will be released in 2016.

Réquiem por un sueño

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La noticia del cese de actividad de la productora y distribuidora Alta Films, y el drástico recorte de sus salas de exhibición (no está claro aún cuántas de ellas permanecerán abiertas, ni por cuánto tiempo), es un varapalo para cineastas y cinéfilos españoles que empezamos ya a preguntarnos si esto no será, irrevocablemente, el fin de una era.

En la última década se ha redefinido lo que es cine alternativo: básicamente, todo lo que no es Iron Man 3, lo que no viene apoyado por una distribuidora multinacional. Como las películas enormes tienen una vida cada vez más efímera en las salas, necesitan copar el parque de cines el primer fin de semana para ser rentables; así que es posible que 800 pantallas proyecten la semana que viene Iron Man 3. En esa situación de cuasi-monopolio en la exhibición, no queda aire para que respiren distribuidoras y películas más modestas.

Un diagrama sencillo para quienes no entienden cómo afecta la caída de la principal distribuidora/exhibidora de cine independiente de España a todos los estratos de la profesión:

dominoTengo en casa un Teleprograma de diciembre del 84: el éxito de esas Navidades, Indiana Jones y el templo maldito, se proyectaba en tres cines en Madrid capital. Tenía meses por delante para amortizarse y, por tanto, dejaba hueco para otras propuestas. En esa misma cartelera están también, de estreno o de reposición, La balada de Narayama, Broadway Danny Rose, Dersu Uzala, Dos en la carretera, El crack, Eric oficial de la reina, Feliz Navidad Mr Lawrence, Fanny Pelopaja, Interiores, Laberinto de pasiones, La ley de la calle, La muerte de Mikel, El pico, Papillon, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Los santos inocentes, Tasio… De verdad, no me lo invento, esa utopía pasaba. Podíamos elegir.

Comprendo que la gente vaya menos al cine que antes. Hay más ofertas de ocio; es más caro y tenemos menos dinero. Y no todas las salas están a la altura. El público, por cierto, tampoco; incluso yo he aborrecido últimamente la “experiencia colectiva” del cine, hastiado de la gente que tuitea y guasapea durante la proyección, incapaces de centrar su atención en algo durante hora y media e insensibles al perjuicio que causan a los que les rodean. Tíos, si la sala está a oscuras será por algo, ¿no?

cine

Como cineasta te haces otras preguntas. Si no hay dinero, privado o público, para producir; si las televisiones no emiten cine minoritario o europeo; si las distribuidoras quiebran y los cines cierran… ¿Qué nos queda? Vale, queda internet. No es la pantalla con la que soñábamos de pequeños, pero es una ventana de exhibición más. Pongamos que eres de esos que gustan de la extravagancia de pagar por ver una película online; pongamos que un título tiene 50.000 descargas legales (jajaja) a 3 euros cada una. Eso hace un total de 150.000 euros recaudados, de los que quizá la mitad van para el productor. Así que más vale que la película y su venta no hayan costado más de 75.000 euros. ¿Se puede crear una industria sostenible así? No, no se puede. Es un negocio ruinoso.

Yo, personalmente, no tengo ganas de estar pateando el cadáver de una mula para ver si se pone en pie y anda. Solo tenemos una vida. Si esto no marcha, iré donde haga falta para hacer películas, donde haya trabajo, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Sudamérica… Pero no es lo que quiero. A mí me gustaría que una película mía, rodada aquí, inspirara tanto a algún chaval como a mí me inspiró El día de la bestia la primera vez que la vi en un Cine Rex de Gran Vía a rebosar: que sintamos orgullo por lo que hacemos y contagiemos esa ilusión. Parece que esa clase de gloria solo está reservada a los futbolistas.

Cine Rex

“Acción mutante”: 20 años después

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Anoche volví a ver Acción mutante. Se cumplen dos décadas de su estreno en cines, en febrero de 1993. No es fácil explicar la importancia que esta película tuvo para mí, pero bueno, para eso escribo estas líneas, para intentarlo.

En febrero de 1993 tenía quince años recién cumplidos y vivía en Albacete. Hoy en día, esta ciudad castellano-manchega cuenta con una filmoteca, con un festival de cine y con veinte pantallas; y aquello a lo que no tienes acceso te lo descargas y punto. Pero hace dos décadas, el panorama era muy distinto. Las siete salas de cine de la ciudad eran el embudo por el que solo pasaban las pelis de más éxito, las de Tom Cruise y Eddie Murphy, mientras te resignabas a rescatar en VHS esos otros títulos de los que hablaban Fotogramas, Fantastic Magazine, Interfilms e Imágenes de Actualidad. Los viajes a Madrid, con sus centenares de salas de cine, eran para mí como visitar la fábrica de chocolate de Willy Wonka: el paraíso. Pero yo no vivía en el paraíso, vivía en el páramo. Y quería ver cine. Y quería hacer cine.

Antes de Acción mutante, para un adolescente de provincias no era razonable pensar que el cine español pudiera satisfacer ese hambre. Era una cosa así como viejuna, circunspecta, de premios: Amantes, El disputado voto del señor Cayo, La casa de Bernarda Alba, Beltenebros, La blanca paloma, Jarrapellejos… Las pelis autóctonas, irónicamente, parecían hablarte en otro idioma, y no solo por el casi siempre terrible sonido directo. Vale, estaban las comedias de Resines, Sé infiel y no mires con quién, La vida alegre, que eran más llevaderas. Y aquella del niño al que le salían alas que no paraban de ponerte en Super 8 en clase de religión. Pero que no, vaya, que no podían compararse con el gustirrinín que daba Mad Max 2.

 

En julio de 1992 se publicó un extenso artículo en Fantastic Magazine sobre el rodaje de Acción mutante. Lo firmaba Daniel Monzón. No sé si llegué a memorizar ese texto, pero los nombres que aparecían en él se me quedaron grabados: Álex de la Iglesia, Carles Gusi, Jorge Guerricaechevarría, Enrique Urbizu, Arri/Biafra, Álex Angulo, Santiago Segura… Esa gente era importante. Estaban creando una generación… y lo estaban haciendo sin mí, que no era más que un teenager que vivía en el puto Albacete. Maldición.

Conté los días hasta el estreno de Acción mutante, el 3 de febrero del año siguiente. De poco me sirvió: a Albacete no llegaría hasta dos meses después. Al menos llegó, a la minúscula sala 2 del Cine Candilejas. Por aquel entonces yo caminaba con muletas por culpa de un esguince, pero era inconcebible que dejara pasar un solo día más sin ver esa película. Y, ¿qué había más apropiado que ir a ver una cinta sobre tullidos siendo uno? Le dije a mi padre que me dejara allí a las cinco de la tarde y me recogiera a las nueve: sabía que iba a verla dos veces seguidas porque no cabía la opción de que Acción mutante no me gustara.

Acción mutante

Si alguna película me ha hecho soñar alguna vez, esa es Acción mutante. Por supuesto que de Indiana Jones y La guerra de las galaxias salimos todos flipando, imaginando mundos; pero, como aspirante a cineasta, sabía que aquello estaba fuera de mi alcance. La electricidad que transmitía Acción mutante era otra: la había rodado un veinteañero de Bilbao. Aquello ERA POSIBLE.

(Cito las palabras del mismo Álex de la Iglesia, respecto a lo que él sintió cuando se enteró de que otro bilbaíno iba a dirigir su primera película: “El gran responsable de que yo me planteara hacer cine fue Enrique Urbizu. En el 88, Enrique dirige su primera película, Tu novia está loca, de la que yo hago el cartel. De los cortos en Super 8 había pasado directamente a un largo en 35 mm Parabellum. Me tiré cincuenta noches sin dormir pensando en eso. Yo funciono mucho por emulación, por no decir por puta envidia. Por un lado pensaba: “¡Lo ha hecho! ¡Ha roto el sello!”. De repente, alguien de mi entorno, un amigo de toda la vida, creaba su propia productora y entraba en un mundo que yo creía reservado a los elegidos por los dioses. Pero la siguiente pregunta fue: “¿Por qué él y yo no?”).

Acción mutante no entusiasmó a los cineastas y críticos de la vieja guardia. Recuerdo la sonrisa de compromiso de Antonio Giménez-Rico (un conocido de mis abuelos al que acudimos buscando consejo sobre cómo aquel chaval podía meter cabeza en el cine) cuando se desbordaba mi entusiasmo al hablar de Acción mutante. Comprendo ahora, con la perspectiva que dan estas dos décadas, por qué a aquel hombre no le hacía ninguna gracia el desembarco de la generación de cineastas vascos: cada ola barre a la anterior. Pero yo tenía quince años y solo veía futuro, ni presente ni pasado.

La savia nueva, sin embargo, no llegó solo a las pantallas, sino también al periodismo y la crítica cinematográfica. Hubo gente que sí entendió Acción mutante. Jordi Costa escribió en Fantastic Magazine: “No sé si ha nacido un genio, pero sí un cineasta español que, por fin, habla en nuestro mismo idioma, el de quienes hemos disfrutado el Hardboiled de Miller y Darrow sin haber olvidado a las Hermanas Gilda, de quienes le habíamos cogido cariño a Bruce Campbell sin renunciar a San Lee Marvin”.

 

Durante toda la década de los 90, Álex de la Iglesia fue mi héroe. Mirindas asesinas, Acción mutante y El día de la bestia cambiaron la forma en la que percibíamos el cine español. Por el bien de todos, llegó un momento en el que tuvimos que bajar a Álex de ese pedestal, o tal vez fue él mismo el que necesitó hacerlo. Pero la semilla ya estaba plantada.

Vista hoy, Acción mutante posee una belleza analógica irrecuperable. Es una película orgánica y barroca, y muy hermosa a su manera. Se nota que todos están dando el 101% en un proyecto en el que creen, que imaginan irrepetible, sin saber que un día existirán Perdita Durango, Muertos de risa, La comunidad y, ay, Balada triste de trompeta. Por decirlo claro, hay sangre en cada fotograma de esta película.

Para mí, Acción mutante es la Zona Cero de ese nuevo cine español, más incluso que El día de la bestia o Tesis. Feliz cumpleaños, mutantes.

 

El anacoreta

Anoche volví a ver El anacoreta (Juan Esterich, 1976), una película que me deslumbró hace años cuando la cacé de madrugada en televisión. Con la proliferación de canales y la vuelta del cine al prime time, por ser uno de los contenidos más asequibles para las teles en estos tiempos de crisis, ayer pude ver El anacoreta a las diez de la noche nada menos (y para eso tuve que renunciar a ver La cruz de hierro de Sam Peckinpah y El submarino de Wolfgang Petersen en otros canales: escarnio eterno para ese millón y medio de espectadores que eligieron ver Resident Evil 2: Apocalipsis).

Anacoreta, según Wikipedia, es aquel que vive aislado de su comunidad y rechaza los bienes materiales, y que se retira a un lugar solitario para entregarse a la oración y la penitencia. El término define bien a Fernando Tobajas (Fernando Fernán-Gómez), que lleva once años viviendo en su cuarto de baño sin salir nunca de él. En el piso viven también su mujer y el amante de esta, administrador de sus bienes. El baño se ha convertido en un pequeño apartamento y Fernando dedica sus días a enviar crípticos mensajes dentro de tubos de aspirinas por el retrete. Una chica deslumbrante, Arabel (Martine Audó), encuentra uno de los mensajes y se desafía a sí misma a sacar al anacoreta de su encierro.

Escrita por Rafael Azcona y el propio director, El anacoreta es una comedia dramática surrealista a mayor gloria de Fernán-Gómez, que ganó por esta película el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1976. Su interpretación es tan natural, tan poco forzada, que casi no te das cuenta de cómo carga la película entera sobre sus hombros y la lleva allá donde Estelrich y Azcona le pidan. Otro actor hubiera hundido este proyecto; Fernán-Gómez, en cambio, lo eleva tan alto como podía llegar.

Sin embargo, El anacoreta es una película coral. La mujer de Fernando, el amante de esta, la criada, Arabel y el millonario inglés enamorado de ella, además de otra media docena larga de secundarios, pululan una y otra vez por la estancia durante los 100 minutos que dura la película. Con gran acierto, la historia nunca sale de los confines del baño (la cámara sí: en un momento determinado vemos su puerta desde el pasillo), y Estelrich hace un ejercicio de imaginación para apurar todos los ángulos y movimientos de cámara posibles en tan reducido espacio. En ocasiones se hace evidente que no es una localización real sino un plató (algo que no ocurría en Madrid 1987, de David Trueba, también ambientada en un cuarto de baño que aún no tengo claro si existe o no), pero a cambio la película resulta de lo más dinámica y evita la claustrofobia de la localización única.

La francesa Martine Audó (o Mantine Andó, según donde busques) aguanta el tipo frente a Fernán-Gómez, y puedes entender por qué el anacoreta casi renuncia a sus principios por ella. Muchos de sus desnudos son completamente gratuitos (pongamos la película en su contexto histórico: rodada y estrenada un año después de la muerte de Franco) pero, ya que el propósito de su personaje es seducir al de Fernán-Gómez y que la historia transcurre en un lavabo, el exhibicionismo parece más justificado que en otras cintas de la época. Y también hay que admitir que Martine poseía una belleza animal digna de ser inmortalizada en celuloide. Parafraseando a Gene Wilder en El jovencito Frankenstein: “Vaya par de aldabas”.

Nunca se verbalizan las razones por las que el mundo ha decepcionado tanto a Fernando Tobajas, pero esa falta de concreción hace de El anacoreta una película atemporal: no escasean las razones en 2012 para exclamar “que os den” y encerrarse en un cuarto de baño, desde luego. Al respecto, he encontrado en YouTube estas declaraciones de Fernán-Gómez, un extracto del documental La silla de Fernando dirigido por David Trueba y Luis Alegre en 2006, que asusta por su clarividencia sobre lo que está pasando hoy. Vedlo, solo dura dos minutos:

Juan Estelrich no volvió a dirigir ninguna película después de El anacoreta, aunque fue prolífico como ayudante de dirección y director de segunda unidad. Su hijo, Juan Estelrich Jr., dirigió un par de cintas en los 90 protagonizadas por Emma Suárez, su pareja de entonces. Pese a tener una buena acogida en su momento, parece que el tiempo ha hecho desaparecer El anacoreta entre las brumas del cine de la transición. Pero la calidad perdura, y mira, treinta y seis años después esta pequeña gema aún me inspira lo suficiente como para dedicarle estas líneas.

Recomiendo El anacoreta.

Cracks

Cracks es una de esas películas con un planteamiento tan perfecto que cuesta creer que exista: colegio inglés de señoritas en los reprimidos años 30, de tufillo ya de por sí bucólico y sáfico, en el que la progresista institutriz interpretada por Eva Green se hace aguas encima por la nueva alumna española interpretada por María Valverde. ¿Quién no querría ver esta película?

Pues, aparentemente, toda España, porque Cracks sigue inédita en nuestro país casi tres años después de su estreno. Y eso que Antena 3 Films participa de su producción. La cinta es el debut en el largometraje de Jordan Scott, hija de Ridley y sobrina del fenecido Tony. De hecho, sus parientes famosos coproducen a través de su productora Scott Free.

Cracks es una película formalmente bella, con una fotografía y una música (del español Javier Navarrete) que subrayan el deleite de observar a estas chicas con uniforme de colegiala durante la hora y media de metraje. Por allí pulula también la ascendente Imogen Poots, a la que vimos en 28 semanas después y el terrible remake de Noche de miedo; pero irremediablemente eclipsada por Green y Valverde.

Tampoco voy a descubrir nada a nadie si digo que la prota de Soñadores es una de las presencias más lúbricas que ha dado el cine en este nuevo siglo. Del mismo modo, los que vieran Madrid 1987 ya sabrán lo que es quedarse embelesado contemplando la inexplicable belleza de María Valverde. Pero verlas compartir plano ya es como para tragar saliva.

Los celos y la frustración son el motor de Cracks, pues los deseos de las chicas nunca son correspondidos, en especial los de una alumna inglesa (Juno Temple) que se ve privada de los favoritismos de su tutora con la llegada de la española. La ironía es que esta última no desea la atención de la que es objeto, y acabará poniendo en evidencia ante sus compañeras que la profesora no es tan mundana como ella presume. Lo que le sentará fatal a esta, claro.

Cracks pierde interés en su último cuarto de hora, con un desenlace más convencional de lo que prometía, pero aún así es una película merecedora de mejor suerte que la que ha tenido. Está troceada en YouTube, aunque sin subtítulos, e imagino que se puede encontrar en otras páginas sin gran dificultad. En Amazon Inglaterra hay un DVD/Bluray con subtítulos en inglés a un precio muy razonable.

Recomiendo Cracks.