Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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75 horas viendo cine de terror

Miro a mi alrededor en el tren que me lleva de Madrid a Barcelona. Algunos pasajeros contemplan películas en sus dispositivos móviles y otros se conforman con ojear de cuando en cuando la cinta que se emite en los vetustos televisores del vagón. Me pregunto cuántas de estas personas entenderían que esté viajando 600 kilómetros para encerrarme durante 4 días en un cine a ver películas que ya tengo en mi casa en Blu-Ray o, directamente, no me gustan.

He decidido probar el Método Ludovico, ese que popularizara Kubrick en La naranja mecánica y que viene a ser una versión bestia del famoso “perro de Pávlov”: se expone al sujeto a una catarata de imágenes violentas (agresiones, violaciones, asesinatos) durante un largo período de tiempo con el propósito de que su cerebro acabe rechazándolas. Y, ¿dónde puedo llevar a cabo el experimento? Pues en la sala Phenomena de Barcelona, que cada año celebra Phantasma, una muestra de 4 días ininterrumpidos de cine de terror. Desde el jueves por la tarde hasta el domingo por la noche, siempre que esté despierto (la privación de sueño ya me parece excesiva para un artículo que se va a publicar en ICON y no en alguna prestigiosa revista científica), no haré otra cosa que ver cine de género.

Sobre la sala Phenomena: es el mejor cine de España, por programación y por instalaciones. Su director Nacho Cerdà lo inauguró hace 4 años con elpropósito de que ir al cine vuelva a ser una experiencia. Abruma la atención por el detalle que Cerdà y su equipo de cinéfilos invierten en todo. Se aprecia ya al pisar la familiar moqueta de El resplandor mientras contemplas los fotocromos y los pósteres (originales o de diseño propio) en el vestíbulo del cine. Le sigue un ambigú acogedor, de luz tenue e hilo musical bien escogido, en el que apetece quedarse a vivir. Y por fin, una sala de 450 butacas en grada en la que tienes la certeza de que siempre verás la película en las mejores condiciones técnicas posibles, y a menudo en celuloide, ya sea 35 o 70 mm (un verdadero lujo en España en 2018).

La programación de Phantasma 2018 es exquisita. Arranca el jueves por la tarde con La casa de Jack (Lars Von Trier, 2018), la única sesión que roza el lleno en todo el fin de semana. Cerdà presenta el ciclo confesando que, en realidad, “las pongo para mí y para quien quiera acompañarme”. Esquivando obviedades, las 22 películas escogidas tocan todos los palos del cine de terror: el slasher de Solos en la oscuridad (Jack Sholder, 1982) o Trampa mortal (Tobe Hooper, 1976); el terror vírico de Cabin fever (Eli Roth, 2002) y Rabia (David Cronenberg, 1977); las criaturas mutantes de Barracuda (Harry Kerwin, 1978) y Leviathan (George P. Cosmatos, 1989), siempre al rebufo de otros éxitos marinos de sus épocas; los coqueteos demoníacos de La puerta (Tibor Takács, 1987) y Possession (Andrzej Zulawski, 1981); o la aún hoy inclasificable Arrebato (Iván Zulueta, 1979).

La mayoría de esas cintas duran 90 minutos o menos, aunque Von Trier, que necesita dar la nota allá donde va, eleva la media con los 155 minutazos de su esquizofrénica película. Con todo, el jueves solo se proyectan tres títulos, así que a las tres de la mañana estoy saliendo por la puerta de Phenomena relativamente fresco.

El alojamiento en Barcelona es, como sabemos, caro. He optado por una habitación muy modesta a la vuelta de la esquina pensando que no me hará falta más, pues todo el tiempo que no esté durmiendo lo voy a pasar en el cine. Pero resulta que en el piso que comparto con otros tres desconocidos (ninguno de ellos el propietario) no hay calefacción. Por la mañana, mi garganta y oídos me advierten a su manera de que no están dispuestos a aguantar tantaspenurias, así que hago la mochila y me traslado a un hostal algo más alejadode la sala Phenomena, pero con calefacción y un baño para mí. Ah, los pequeños placeres burgueses de los 40 años.

Las camisetas que he seleccionado como dress code para los siguientes días (el viernes la de House, una casa alucinante; el sábado la de Basket case y el domingo la de No profanar el sueño de los muertos) son la forma más directa que tengo de comunicarme con todos esos hombres que están allí a las 12 de la mañana viendo cine de terror. Les hago saber que les comprendo, que no están solos en esto. Las mujeres, las parejas y los grupos de amigos llegarán para las sesiones vespertinas: por la mañana somos, por no andarme con rodeos, un campo de nabos, dos docenas de “señoros” vistiendo como si tuviéramos la mitad de nuestra edad.

El tiempo es apretado entre pase y pase (en ocasiones, diez minutos escasos) y lo empleo en dar una vuelta a la manzana para desentumecerme después de tantas horas sentado. El frío te espabila y hace deseable la vuelta a la sala oscura, aunque en alguna película no puedo evitar alguna breve cabezada.

El verdadero problema es alimentarse. No hay tiempo para comer bien; de hecho, no hay tiempo para masticar siquiera, solo para deglutir. Porciones de empanada o pizza, perritos calientes y napolitanas dulces y saladas a destiempo constituirán mi dieta durante 4 días. Comprenderá entonces el lector que tener retrete propio en el hostal no era tanto un deseo como una necesidad.

Las películas te sorprenden vistas en pantalla grande, pues no siempre hay correlación entre calidad y entretenimiento. Tomemos por caso Barracuda. Es una mierda, un desvarío; jamás la vería entera en la soledad de mi casa. Sin embargo, proyectada en una copia en 35 mm auténticamente grindhouse (con un audio que crepita como si alguien hubiera encendido un fuego y una imagen virada al rosa bajo una tormenta incesante de arañazos), acaba por hipnotizarnos a todos los presentes. La estúpida trama nos tiene atrapados y ni un solo móvil se enciende a mi alrededor. Al terminar, hemos visto una película infame, pero la hemos vivido juntos y le hemos dado algo de amor. Ha sido una experiencia colectiva. Otras películas más respetables y de mejor factura como Nómadas (John McTiernan, 1986) o The Keep (Michael Mann, 1983) no logran esa comunión.

Los ojos empiezan a escocerme después de cuatro o cinco películas seguidas. Los mantengo cerrados hasta que el gran telón rojo se abre y empieza una nueva sesión. El domingo por la tarde, antes de Hellraiser (Clive Barker, 1987), empiezo a notar lo que no creía posible: estoy saturado de cine y, en especial, de violencia. La cinta de Barker, que ya he visto varias veces antes, me revuelve las tripas en sus momentos más gráficos. No llego a marcharme de la sala, pero secretamente lo deseo. Es un alivio ver volar en pedazos a John Cassavetes en el clímax de La furia (Brian DePalma, 1978), pues eso significa que Phantasma 2018 ha terminado.

Me derrumbo en la cama del hostal después de 75 horas viendo cine de terror. ¿Lo he disfrutado? Desde luego. Pero ahora solo quiero sentir la luz del sol, no volver a pisar un cine en varios días (y cuando lo haga, que sea para ver lo que mi abuela llamaría “películas bonitas”) y comer fruta, verdura y ensaladas. Supongo que el Método Ludovico funciona, a su manera.

Originalmente publicado en ICON (El País).

“Springsteen on Broadway”: Una crónica

“Lo que yo daría por ver a X en una sala pequeña o un teatro al menos una vez en la vida”. En esa frase, X suele ser un músico o banda de la vieja escuela de los que aún llenan estadios; y la persona que la formula, su autoproclamado fan número uno. Sentencias lapidarias que se sueltan con la convicción de que nunca tendrás que demostrarlas, pues tu artista favorito no va a tocar en nada más humilde que un inmenso recinto deportivo. Salvo, claro está, que tu héroe sea Bruce Springsteen.

Nunca he alardeado de ser el mayor admirador de Bruce; lo aclaro por si al editor de ICON se le ocurre ponerle a esta crónica un titular hiperbólico del tipo “¡Y el fan número uno del Boss vio a su héroe en Broadway!”. Soy solo un seguidor afortunado que ha podido escuchar “Jersey Girl” en Nueva Jersey o “New York City Serenade” en Nueva York, y reunir tiempo y dinero suficientes a lo largo de los años para ver a Bruce en directo (con la E Street Band, con la Seeger Sessions Band o en solitario) más de cuarenta veces. Aún así, me considero la punta del iceberg del fenómeno fan de Springsteen. He tenido además el privilegio de entrevistarle (para mi película “The Second Act of Elliott Murphy”) en su estudio de grabación en Colts Neck, Nueva Jersey, experiencia de la que salí con un póster firmado y una sonrisa de oreja a oreja. Así que, insisto, soy un seguidor afortunado, y lo valoro.

Cuando esta residencia en un teatro de Nueva York se anunció a finales del pasado verano, todos hicimos números. Con un aforo de menos de mil butacas y un total de ciento sesenta actuaciones, lo que arroja un número de entradas disponibles similar al de un par de conciertos de la E Street Band en el Camp Nou, la probabilidad de asistir a este espectáculo era tremendamente remota. Daría para otro artículo si los artistas están obligados o no a satisfacer la demanda de sus seguidores; es obvio que, al menos en esta ocasión, Bruce ha optado por ignorarla.

Así que ahí estaba yo, bien bregado en batallas en la cola virtual de Ticketmaster (“embudo virtual” sería un término más apropiado), convencido de que jamás iba a conseguir esas entradas pero incapaz de dejar de intentarlo. Imaginad mi estupor cuando me hice con ellas con más facilidad que la última vez que vi a la banda en un estadio. Mi acierto fue elegir una fecha inhóspita, un martes de finales de enero, que tal vez no fuera la más deseada en los primeros minutos a la venta.

Compré dos entradas por inercia, pero en mi actual estado civil la segunda me sobraba. Todos a mi alrededor me animaban a revenderla para sufragar mi viaje. Estoy moralmente en contra de la reventa de entradas, que no es otra cosa que especular con la ilusión de melómanos como yo, y estaba seguro de que querría volver a ver el espectáculo tan pronto como terminara, así que opté por intercambiar mi entrada extra del martes por otra para el miércoles. Mi benefactor se llamaba Ted y la matrícula de su coche era nada menos que “BRN2RUN” (lo que no es un logro pequeño para alguien empadronado en Nueva Jersey). Deduje que estaba tratando con un fan legítimo y no con un reventa profesional.

El distrito teatral es un reclamo turístico de Manhattan, y la marca Springsteen, otra vaca que ordeñar tanto como se pueda. Así, te encuentras con bares que ofertan bebidas inspiradas en el Boss y tiendas de souvenirs que diseñan sus propias camisetas con gusto dudoso, aunque más atractivas que el merchandising oficial, de una atonía insoportable. Yo ya he gastado cuanto me puedo permitir, así que me alimentaré de porciones gigantes de pizza a un dólar hasta el final de mi viaje y me abstendré de darle ni un céntimo más a la maquinaria Broadway/Springsteen.

Para entrar al Walter Kerr Theatre hay que atravesar nada menos que dos detectores de metales. El neón hortera de la fachada es digno de un show de telepredicador evangélico (algo que no dista tanto de la realidad, como acabaré descubriendo). El teatro tiene unas dimensiones acogedoras, tanto que incluso carece de vestíbulo; según entras por la puerta, ya estás en mitad de la platea. Mi butaca es la más lateral posible de la última fila. Tres pasos más y estaría en la calle. Pero no, estoy dentro, maldita sea, y realmente no hay butaca mala en este recinto.

Los acomodadores no tienen otra misión que entregarte el característico programa “Playbill” de Broadway y recordarte en tono intimidatorio que está prohibidísimo hacer fotos dentro del teatro. En la puerta de los aseos, un cartel te anima a usar el lavabo que más se ajuste a tu identidad de género. Hace dos años, Springsteen canceló un concierto en Carolina del Norte en protesta por una ley aprobada en ese estado que recortaba las libertades de las personas transgénero. Deduzco entonces que ese cartel no está ahí por accidente.

El público es totalmente blanco y de mediana edad (la diversidad racial y la renovación generacional brillan por su ausencia en los espectáculos americanos de Bruce), y con cierto poder adquisitivo. Algunas señoras con pelo cardado y abrigo de pieles parecen frecuentar antes los espectáculos de Broadway que los conciertos de rock: imposible no acordarse de John Lennon pidiendo a la burguesía que hiciera tintinear sus joyas en un concierto de los Beatles. Hay también una buena cuota de público europeo (los españoles nunca pasamos desapercibidos) que me hace sentir acompañado. Y por último, un goteo diario de amiguetes famosos que no habrán experimentado nunca las delicias de intentar conseguir una entrada en Ticketmaster. La primera noche que asistí, la mayor luminaria en la platea era Bono (el de los turres políticos. Vaya, supongo que eso no ayuda. ¿El del pelazo mágicamente regenerado? No, eso tampoco. Dejadme pensar… El irlandés, caramba. ¿Ahora sí? Pues ese), y la segunda, el perpetuamente risueño Hugh Jackman.

Hay electricidad en el aire, generada por novecientas personas agradecidas que están justo donde quieren estar. Todos tienen ganas de hablar con todos. En mi segunda noche, la holandesa sentada a mi lado en el angosto anfiteatro me contará cómo salió cinco años con un fan español de Bruce, para aclararme de inmediato, eso sí, que no tiene pensado repetir.

Llega la parte difícil de esta crónica: transcribir una emoción. Hay en YouTube una grabación de audio bastante buena de la actuación de Springsteen en Broadway del pasado 9 de enero. Acabo de escucharla y he aquí la paradoja: aunque es exactamente lo que vi, sencillamente no es lo mismo. Hay algo irreproducible en este espectáculo que nunca podrá reflejarse en ninguna grabación. A ver si logro explicar con palabras el qué.

Bruce sale al escenario a las ocho en punto. La escenografía es austera, la luz tenue, y él viste vaqueros y una camiseta negra. El mensaje es: “no hay nada que esconder”. Y quizá no lo haya. Lo que vamos a ver es una versión teatralizada de su autobiografía, un espectáculo dedicado a deconstruir su persona y su personaje, y autoconsciente de su propia mitología. No han transcurrido ni cinco minutos cuando interrumpe “Growin’ up”, se separa del micrófono y arranca carcajadas del público al explicar a grito pelado: “Nunca en mi vida he trabajado cinco días por semana. Hasta ahora. ¡Y no me gusta! Nunca he visto el interior de una fábrica. He tenido un éxito salvaje y absurdo escribiendo sobre algo de lo que no tengo absolutamente ninguna experiencia personal. Me lo inventé todo”. La autocrítica reaparecerá a lo largo de las dos horas y cuarto de actuación, casi siempre con propósitos humorísticos y sin profundizar tanto como en el libro.

Lo inédito aquí es el nivel de intimidad que el público llega a alcanzar con una estrella de semejante calibre. Hasta el último espectador del anfiteatro podría gritarle algo a Bruce y este le oiría; los de las primeras filas podrían incluso subir al escenario. La cuestión es que nadie lo hace. Se podría oír caer un alfiler: todos los presentes estamos atrapados en una suerte de hipnosis colectiva. Ese magnetismo que irradian las verdaderas estrellas, tan potente que les permite proyectarlo a las últimas filas de un estadio, es casi abrumador en un pequeño teatro. Y eso que Bruce juega aquí la carta de la austeridad, consciente de que poder lograr más con una mueca de lo que consigue subiéndose al piano en un pabellón, más con una pausa dramática que con un alarido.

Este espectáculo nunca saldrá de gira por Europa porque gran parte de él requiere que los espectadores dominen bien el inglés. No son las canciones las protagonistas del show, tan solo parte integral del mismo. Una historia puede comenzar con una introducción de diez minutos y continuar en la propia canción, que a veces se aproxima más a un recitado. El énfasis no está tanto en la música, que aquí cumple a menudo la función de banda sonora, como en la palabra, que es la que tiene un efecto catártico en la audiencia.

Con habilidad, Bruce ha depurado su propia historia para hacerla universal. ¿Quién no ha tenido de vez en cuando una relación de amor-odio con su ciudad natal (“My hometown”), con su país (“Long walk home”), con su estirpe (“My father´s house”), con su pareja (“Brilliant disguise”)? Las historias son tan cotidianas que, si escapas del trance, te das cuenta de que has pagado una pasta para que un tío te cuente cómo, de pequeño, regaba de azúcar hasta enterrarlos sus ya de por sí hipercalóricos cereales. La cuestión es que nunca sales de ese trance, porque los cuentacuentos vocacionales saben apasionarte por la más nimia de las historias. Y al fin y al cabo, todos hacíamos eso con los cereales, ¿no?

Quien haya leído la autobiografía conocerá la mayoría de historias de esta obra. Pero claro, no tiene el mismo impacto la palabra escrita que la hablada; no arrasa emocionalmente de la misma forma leer que “perder a Clarence (Clemons) fue como perder la lluvia” que oírlo por boca de un Springsteen con la voz quebrada. Se comprende que Bruce no pueda emocionarse noche tras noche de la misma manera cada vez que recuerda al fallecido saxofonista: ahí es donde entra en juego la parte teatral de este espectáculo. El trampantojo consiste en que sea emocionalmente honesto para ti. Y a juzgar por el nudo en las gargantas de los espectadores, que se olvidan hasta de respirar durante ese pasaje, la impostura funciona. Bruce en esta obra es un actor haciendo de sí mismo, consciente de la voltereta de metalenguaje que eso conlleva, y ciñéndose al guión por primera vez en su carrera (ese es el reto aquí).

La impudicia de hacer espectáculo de la propia vida toca techo con la aparición de su mujer Patti Scialfa, con la que realiza delicados dúos en “Tougher than the rest” y “Brilliant disguise”. Me divierte imaginarla a ella en el camerino cada noche, aburrida de esperar sus escasos diez minutos de actuación. Pero hay que reconocer que su somera presencia deja poso en un espectáculo así: los espectadores les contemplan arrobados, como queriendo volver a creer en el amor verdadero. Si eso está de verdad sobre el escenario o solo en el ojo del que mira… nunca lo sabremos. Por cierto, la voz de Patti y la de su marido armonizan mejor sin el estruendo de una banda detrás y sin la necesidad de hacerse oír por encima de ella.

“Springsteen on Broadway” pierde foco y propósito en el último cuarto de hora, que es básicamente un bis para despedir con una sonrisa al público (aunque supongo que quejarse de oír “Dancing in the dark”, “Land of hope and dreams” y “Born to run” en acústico en un teatro es hacerlo por vicio, sí). El momento más extraño de esos últimos minutos es cuando Bruce nos recita ¡un “Padre Nuestro”! Y más extraño resulta todavía que con esa acústica, esa cadencia y esa voz cavernosa, es incluso grato de oír. Hasta ese punto llega el hechizo.

El espectáculo se prolonga unos minutos más para aquellos que intentan conseguir una foto o una firma de Bruce a las puertas del teatro. La policía corta la calle y la escolta es digna de un jefe de estado; a falta de realeza, los americanos vuelcan toda la pompa y circunstancia en sus celebridades. Bruce no se resiste a serlo cuando toca y saluda a derecha e izquierda como si se tratara del Papa. Cuando la comitiva se aleja, solo veo caras exultantes a mi alrededor.

En la tarde entre conciertos, voy caminando por una calle cerca de Central Park cuando me cruzo con un hombre mayor, algo cojo, con un café en la mano y una gorra calada. Sin exagerar, podría ser un vagabundo. Tardo en reconocer al mismo hombre que nos ha hipnotizado sobre el escenario la noche anterior. Pienso en decirle algo pero, realmente, qué queda por decir: al menos por su parte, todo está en esta obra. Así que le observo alejarse, levanto la vista para ver el nombre de la calle y sonrío por la ironía. Puedo alardear de haber visto “Springsteen on Broadway” tres veces seguidas. Sí que soy un fan afortunado.

 

Publicado originalmente en ICON (El País).

Perfiles

Ahora que ya he pasado un tiempo explorando el mundo de las redes sociales de contactos y búsqueda de pareja, me siento preparado para dar algunos consejos prácticos a mis amigas solteras sobre ciertos lugares comunes a evitar cuando se creen un perfil en dichas páginas. Aquí van:

-“Busco a alguien que tenga las cosas claras”. Como si hubiera un consenso sobre qué es tener las cosas claras. Y quizá él las tenga: tiene claro que la definitiva no eres tú. Cuidado con lo que deseas.

-“Me apasiona la playa. No podría vivir sin mar”. Vale, pero vives a 500 kilómetros del mar. ¿Creaste este perfil una noche de agosto mientras mirabas las Perseidas? ¿No es un poco pantomima full tu observación?

-A propósito de la playa, la foto más recurrente en los perfiles femeninos es esa saltando alegremente en el aire sobre la arena. Como si acabara de decirle a alguien: “¡Mira lo que se me acaba de ocurrir! ¡Hazme una foto!”. Reconozco que hay saltos muy meritorios en su altura pero, aparte de eso, prefiero a alguien que tenga los pies en el suelo y un poco de originalidad.

-“Muy amiga de mis amigos”. Aunque esto se ha convertido en tal cliché que ya no sé si quienes lo ponen lo hacen con metaironía, posthumor o lo que toque este mes.

-“Soy más de cañitas que de salir hasta las mil. No soy de discotecas”. Ya. Mira, si tienes más de 35 años, no hace falta que lo especifiques. Va implícito.

-“También me gusta un plan de sofá, peli y mantita”. Como cinéfilo y cineasta, nada me parece menos sexy que que des a entender que una película es siempre un plan B y que te vas a quedar sobada en cinco minutos.

-Modera el uso de diminutivos. No seas Flanders.

-El arte de la fotografía analógica borrosa no se ha perdido en 2017: brilla más que nunca en Tinder y similares. ¿Existe algún filtro digital para emborronar las imágenes? ¿Eres consciente de que cualquiera que las vea pensará que ocultas algo?

-“No soporto las faltas de ortografía. Si no sabes distinguir la B y la V, no me escribas”. Estás perdiendo el tiempo. Si no sabe distinguirlas, ¿cómo va a saber que te refieres a él? Te escribirá igualmente.

-Se ha puesto de moda utilizar indistintamente los signos de exclamación e interrogación, lo que conduce a cosas como: “Me gustan más los gatos que los perros???”. Pues no sé, ¿te gustan más? ¡Dímelo tú! Utiliza correctamente los signos si pretendes ser entendida.

-“Si votas a Podemos/PP, ni me hables”. Esta observación dice mucho de cómo va el país, claro. Pero, centrándonos en la búsqueda de pareja: ¿Buscas a alguien idéntico a ti? Imagínate que lo encuentras… y lo odias. Abre tu mente.

-No discrimines por el signo zodiacal. No seas freak.

-“Lectora boraz”, dice una chica en su perfil. Va a ser verdad que se coge antes a un mentiroso que a un cojo. No mientas.

-¿Has estado en una aldea de África de visita? ¿Has ido de cooperante a algún pueblo de la India? Bien por ti. Cuéntamelo en la primera cita. Pero no pongas en tu perfil una foto rodeada de niños pobres sin escolarizar porque, descontextualizada, te hace parecer Meryl Streep en “Memorias de África”, es decir, blanquita y clasista.

-“No voy a describirme. Pregunta”. Como si dar alguna pista de la clase de persona que eres (facilitando así que las personas afines a ti puedan escribirte) fuera rebajarse. Estas personas suelen ser las mismas que hace unos años comenzaban su texto diciendo: “Mis amigos me han obligado a hacerme este perfil”.

-“Busco a alguien normal”. Bueno… allá tú.

Seguro que hay más cosas, pero esas son las que puedo recordar ahora. ¡Buena suerte, amigas!

Emulación

¿Os he contado aquella vez que me llamó un Premio Nobel y no le devolví la llamada?

Un poco de contexto primero. La emulación es la primera forma en la que se manifiesta la creatividad de cualquier persona. A los seis años, si te impresiona “El retorno del Jedi”, dibujas palotes con espadas láser y continúas a tu manera las aventuras de Luke, Leia y Han. A los quince años, deslumbrado por Tarantino y Woo, pones a tus amigos vestidos de traje a apuntarse mutuamente con pistolas en tus cortos de Hi8.

A mis veintitrés años, mi forma de emulación era la adaptación cinematográfica: coger una novela que me hubiera impresionado y adaptarla a un guión sin que nadie me lo pidiera. En el peor de los casos sería un buen ejercicio para mi escritura, me justificaba a mí mismo.

Así lo hice con “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago, que titulé “Mundo ciego”. Cuando lo terminé, en marzo de 2002, me pregunté: “¿Y ahora qué coño hago con esto?”. Y sin darle muchas vueltas, se lo envié a Saramago.

En 2002 yo no tenía teléfono móvil y repartía mi tiempo libre entre Albacete y Madrid, así que esos fueron los teléfonos fijos que anoté en la carta adjunta que le envié, asumiendo que nunca recibiría respuesta. Una tarde de abril en Albacete fui a ver “La guerra de Hart”, con Bruce Willis y Colin Farrell. Al volver a casa, había un mensaje en el contestador de Pilar del Río, traductora y mujer de Saramago. Decía: “Hola Jorge. Estoy aquí con Jose, hemos recibido tu guión, lo hemos leído con mucho interés y a Jose le gustaría charlar contigo. Volveremos a llamar”.

Cumplieron su palabra. Un par de días después, volví a Madrid y tenía un mensaje similar en mi contestador; lógicamente, el último. Mi padre quiso asesinarme por no tener móvil. Yo traté de tomármelo con filosofía. Averigüé el estado de los derechos y, claro está, se habían vendido para una adaptación cinematográfica. Lo único que Saramago pretendía, supongo, era agradecerme que su obra me hubiera inspirado tanto como para escribir un guión de más de cien páginas sin que nadie me lo pidiera; y (supongo también) aconsejarme que había llegado la hora de dejar de emular para empezar a crear mis propias obras. Me hubiera gustado oírlo pero, de todos modos, así lo hice: pronto empecé a escribir guiones de largometraje originales.

La película “Blindness” se estrenó unos años después. Tenía un reparto de ensueño (Julianne Moore, Mark Ruffalo), un guión bastante parecido al mío (no soy ningún conspiranoico, así que simplemente asumí que mi adaptación había tocado las teclas correctas) y una dirección, a mi entender, completamente errada. La considero una peli fallida, una oportunidad perdida. También es cierto que no soy imparcial.

Pero, ¿sabéis qué película detesto de verdad? “La guerra de Hart”.

Películas lentas, espectadores con déficit de atención

Todo creador con afán de difundir su obra (y puestos a soñar, vivir de ella) ha tenido que enfrentarse tarde o temprano al dilema de cuán accesible hacer esta para el gran público. Les sucede a músicos, pintores, escultores, arquitectos, poetas, escritores y, por supuesto, a cineastas. En estos últimos el conflicto se agudiza por ser la suya (la nuestra) la disciplina artística que mayor inversión y retorno económico requiere.

Hay directores que buscan al público y otros que confían en que el público los buscará a ellos. Para ejemplificarlo, nadie mejor que dos directores a los que separa solamente una letra y, al mismo tiempo, un mundo: Paul W. Anderson y Paul T. Anderson. El primero es el artífice de la saga Resident Evil, cuya trama no simplificamos mucho si decimos que trata de Milla Jovovich matando zombies. Durante seis entregas. El segundo ha dirigido en el último lustro un par de películas opacas y fascinantes, The Master y Puro vicio, que destacan por ser las menos accesibles para el gran público que se hayan producido en Hollywood en lo que va de siglo.

Paul W. es, con toda seguridad, diez veces más rico que Paul T. En un mundo cada vez más acostumbrado a medir el éxito en términos monetarios, habría pocas dudas sobre cuál de los dos es el verdadero triunfador. ¿Significa eso que el primero ha escogido el camino correcto como creador, el de hacer un cine accesible para todos, mientras que el segundo está desperdiciando su talento en empresas quijotescas que no interesan a nadie salvo a los críticos de Dirigido Por o Cahiers du Cinema?

Spoiler para quien quiera dejar de leer ahora: no tengo la respuesta.

El cine español recibe a menudo acusaciones de tratar temas que no interesan a nadie, y de hacerlo con un estilo narrativo deplorable en comparación con el cine americano. Nada de eso es cierto (en España se producen cientos de películas al año que no tienen nada que ver entre sí, ni en intención ni en estilo), pero para el propósito de estas líneas supongamos que sí lo es: que el cine español es un cine que se mira el ombligo, poco interesado en ponérselo fácil a sus espectadores. ¿Sería eso necesariamente malo? Quizá el malentendido se produzca por ser el cine la forma de arte más accesible, de ahí que algunos piensen que está obligado a satisfacerles como otras formas de ocio como el paint-ball o los cars (que las salas se hayan desplazado de las grandes avenidas de las ciudades a los centros comerciales periféricos no ha ayudado a combatir esa percepción). Si a otras artes no les pedimos que sean accesibles para toda clase de público, ¿por qué al cine sí?

Las películas “comerciales” nos complacen cada vez menos porque están rebajando su nivel para pasar por debajo del listón de lo que llamamos cultura popular. El problema es que ese listón no deja de descender. Esto no significa necesariamente que seamos menos cultos, pero sí somos mucho menos inquietos. No nos gusta que nos desafíen intelectualmente. Hace unos días, en una proyección de “Llega de noche”, pude sentir el murmullo de irritación en la sala ante el final ambiguo (y abrupto, todo sea dicho) de la cinta. El público mostraba así su malestar por no recibir una gratificación inmediata por el dinero que habían pagado. El final de “Wonder Woman”, por contra, lo pone fácil: el bien gana sobre el mal, siendo el bien la chica guapa que viste colores alegres y el mal el hombre feo y de oscuro que vocifera frases grandilocuentes. Conviene que los espectadores abandonen la sala satisfechos porque les necesitamos de vuelta en unos meses para la próxima entrega del serial superheroico, pensarán en Warner y DC.

Ese cine de puro escapismo está obligado al más difícil todavía para mantener nuestra atención. En 1996, la primera parte de la saga “Misión: Imposible” mostraba a Tom Cruise agarrado al techo de un tren de alta velocidad; esta escena climática llegaba tras cien minutos de película. Diecinueve años después, la quinta entrega de la saga enseñaba a Cruise agarrado al ala de un avión despegando… en la primera escena. El rodillo promocional se aseguró además de que nos enteráramos que la hazaña había sido realizada sin efecto alguno por el propio actor. La pantalla de cine compite con la del móvil incluso dentro de la propia sala, y hace falta abofetear al espectador desde el primer minuto para que preste atención.

Al contrario de lo que nos gusta creer (de nuevo buscando soluciones fáciles), esto no es un problema generacional. Mis padres, por ejemplo, son personas cultas. Se separaron hace dos décadas, así que no han seguido caminos paralelos. Mi padre mide la calidad de las películas por el número de veces que mira el reloj durante la proyección; si no lo hace hasta el minuto sesenta, entonces es buena. El formato favorito de mi madre es la serie de investigación de cincuenta minutos de duración en la que, finalmente, el crimen se resolverá y la justicia prevalecerá (el mismo concepto que “Wonder Woman”). Mis padres han olvidado que hubo un tiempo en el que iban al cine a ver películas de Bernardo Bertolucci, Françoise Truffaut, Roman Polanski, Francis Ford Coppola, Carlos Saura, Pier Paolo Pasolini, Terry Gilliam, Sidney Lumet, Ingmar Bergman, Brian DePalma, Luis Buñuel, cineastas que les desafiaban, en suma. Hoy, ante esas mismas películas, mi padre miraría irritado el reloj en el minuto treinta, y mi madre suspiraría y pondría los ojos en blanco al descubrir que el detective no solo no ha resuelto el caso, sino que nunca tuvo la menor intención de hacerlo. Y hablamos, repito, de personas mundanas y cultas.

¿Deben claudicar los cineastas y aceptar que el público mayoritario ya no tiene el tiempo, el interés o la paciencia para afrontar cualquier propuesta que se aleje de lo que conocen y esperan? Como he dicho más arriba, no tengo la respuesta, pero veo las señales. Que David Fincher, diez años después de una película adulta y magnífica como “Zodiac”, esté preparando una secuela de “Guerra Mundial Z”, puede interpretarse como una rendición por parte de este cineasta. Y un signo de los tiempos: el Hollywood de hoy en día reconoce el talento, pero no sabe cómo darle uso. Al menos en los setenta no ponían a Polanski a dirigir “Tiburón 2”.

Resumiendo: la película no es lenta, solo te lo parece porque tu capacidad de atención se ha equiparado a la de una larva de mosquito. ¡Despierta!

Ya a la venta la edición especial en DVD de “Otro verano”

Cameo ha sacado a la venta una edición especial en DVD de “Otro verano” que, además de la película, incluye un tráiler, un making of de 53 minutos, un audiocomentario de un servidor junto con el coguionista Juan Manuel Cuerda, y un precioso libreto de 28 páginas con imágenes y textos inéditos. Ah, y el estuche es rojo. Es, realmente, la edición más completa a la que una peli independiente española puede aspirar.

Si eres de los que aún compran y coleccionan películas en formato físico, ¡me alegrarás el día si te haces con una copia de “Otro verano”!

CAMEO: http://cameo.es/otro-verano.HTML

AMAZON: https://www.amazon.es/Otro-verano-DVD-Pablo-Chiapella/dp/B0759JPTVJ/ref=sr_1_1?s=dvd&ie=UTF8&qid=1507554179&sr=1-1&keywords=otro+verano+DVD

FNAC: https://www.fnac.es/a1403008/Otro-verano-Pablo-Chiapella?omnsearchpos=1

EL CORTE INGLÉS: http://www.elcorteingles.es/cine/A24207889-otro-verano-dvd/

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“Muchachada Nui”, diez años después

Íbamos en un taxi camino del siguiente bar cuando el Melli (Ernesto Sevilla) mencionó de pasada que la recién finiquitada “La Hora Chanante” iba a continuar con otro nombre en otra cadena, probablemente La 2. Aquello me intrigó: ¿se podía mantener la esencia única de ese programa de Paramount Comedy, con su irremplazable estilo casi amateur, y a la vez profesionalizarlo aumentando presupuesto y equipo? Cuando el Melli sugirió que tal vez hubiera un hueco para mí como realizador de sketches, supuse que iba a averiguarlo. Nuestros caminos profesionales no se habían cruzado en los más de diez años que llevábamos fuera de Albacete, y “Muchachada Nui” parecía el proyecto adecuado para que por fin ocurriera.

Pronto descubrí que la profesionalización iba a ser más bien un caos controlado, como no podía ser de otra forma: ese era el ambiente adecuado para que los singulares talentos de Joaquín Reyes y el Melli pudieran brillar. Una de las cosas a las que más me costó acostumbrarme fue al ruido en la localización o el plató de rodaje. Todo el mundo opinaba y hacía oír su voz por encima de la de los demás, y los que no opinaban simplemente hablaban de sus cosas al mismo volumen. Joaquín no entendía muy bien a qué me refería con los beneficios creativos del silencio, pues no había conocido otra cosa. Ya llevábamos un par de temporadas grabadas, tal vez tres, cuando Joaquín se me acercó el primer día y me dijo: “Acabo de hacer mi primera película. Ahora entiendo lo que querías decir con el silencio en el plató”.

Joaquín era un líder magnífico. Director, guionista y protagonista del programa, compaginaba este trabajo con colaboraciones en otros medios como columnista, dibujante o humorista, y durante la etapa de “Muchachada Nui” nació su segundo hijo. Cualquier persona hubiera sucumbido al ritmo feroz de grabaciones y a la presión, pero Joaquín no tuvo un mal gesto con nadie en cuatro temporadas. Hacer su programa en los términos que él quería le hacía genuinamente feliz, y le compensaba el tener que levantarse cuatro horas antes que el resto del equipo para acabar emparedado en látex durante toda la jornada. El entusiasmo que Joaquín desbordaba contagiaba a todos los departamentos, que trabajaban aún más duro para ayudarle a plasmar en pantalla sus ideas. Aprendí mucho de liderazgo viendo trabajar a Joaquín en “Muchachada Nui”.

Aunque a menudo no era capaz de poner freno a su creatividad, y el programa también se resentía por eso. Las continuidades (la historia protagonizada por un personaje famoso que vertebraba el programa) se grababan en un solo día, junto con el “Celebrity” correspondiente, para optimizar el tiempo que Joaquín pasaba caracterizado, y no era sensato que tuvieran más de doce páginas y cuatro o cinco personajes. En una ocasión tuvimos que lidiar con unas continuidades de veinte páginas y al menos diez personajes, dos de los cuales eran figurantes jubilados sin experiencia alguna como actores. Aquel día vimos amanecer y anochecer en la localización. Mientras se desmaquillaba, Joaquín me juró que había aprendido la lección, pero no era cierto: sencillamente, no podía ponerle puertas al campo cuando escribía.

Otra gran cualidad de Joaquín Reyes como líder era saber reconocer y potenciar el talento a su alrededor: Ernesto Sevilla, Raúl Cimas, Julián López y Carlos Areces estaban en un momento perfecto, con pleno dominio de sus facultades cómicas pero sin perder la frescura del que empieza, y el programa voló alto gracias a todos ellos. Un quinteto cómico de tal nivel no se había visto nunca en España (de ahí las comparaciones con los Monty Phyton), ni parece probable que vuelva a ocurrir pronto, porque no puede planearse: no basta con reunir a gente de talento, han de tener química entre ellos. Y Joaquín, Ernesto, Raúl, Julián y Carlos la tenían.

Todos ellos (a excepción de Carlos Areces) eran, además, guionistas de sketches del programa. Mi favorito era Julián, que tenía un estilo singular entre el esperpento y el surrealismo. Sus guiones eran siempre los más difíciles de ejecutar con nuestras limitaciones (de tiempo, dinero y talento), pero sobre el papel eran siempre únicos. Podía identificar los guiones de Julián aunque no fueran firmados, cosa que no me ocurría con el resto.

Los guiones llegaban a veces el día de antes de las grabaciones. Al cabo de cuatro temporadas, eso condujo a algunos vicios adquiridos en los procesos de producción y, a algunos de nosotros, a una notable frustración por no poder exprimir nunca al 100% el potencial de esos guiones. Pero así era “Muchachada Nui”: con un pie en el amateurismo y otro en la profesionalización. De haber puesto ambos pies en el mismo sitio, puede que no hubiera funcionado.

El quinteto protagonista era la cara visible, pero el programa tenía detrás a un equipo joven, creativo y motivado que achicó agua del barco muchas más veces de las que puedo recordar. Fue un placer trabajar con ese equipo, con una media de edad en el final de la veintena, y varios de ellos participaron después en mis películas “Otro verano” y “The Second Act of Elliott Murphy”.

“La Hora Chanante” tuvo impacto (residual) en una generación de universitarios que quedaron enganchados a un lenguaje nuevo, pero fue “Muchachada Nui”, pese a que rara vez superó el millón de espectadores en sus emisiones, la que verdaderamente llegó a la calle. Hace una década, te cruzabas con pandillas de chavales que iban cantando las canciones del programa (se comprende, eran temazos); o alguien en una fiesta te recitaba de memoria los diálogos y los chascarrillos; o te reenviaban una y otra vez los vídeos del programa en YouTube (sin saber que los habías realizado tú). El alcance popular, ese que no podía medirse con anticuados índices de audiencia, fue enorme. Y sí, me enorgullece haber hecho mi pequeña contribución a un programa que dejó su muesca emocional en una generación de espectadores.

Albacete, años 80-90: Los video-clubs

     Electro-Miguel, Imagen, Cineteca’s, Intercast

Mis padres, mi hermana pequeña y yo fuimos a comer al Parador de Albacete un día soleado de 1986. No lo recordaría si no fuera porque, al volver a casa, un vídeo VHS se había materializado por arte de magia debajo de nuestro televisor. Era plateado y a mis ojos refulgía como la espada Excálibur del Rey Arturo.

El vídeo era una larga reivindicación mía que mis padres retrasaron hasta que ya no les quedó otra que claudicar, en un año en el que los video-clubs brotaban por todas partes como setas. Mi abuelo materno, que compraba sus snacks salados de marca blanca en tarros de gran tamaño porque adquirir el estándar de Risi o Matutano le parecía un exceso, no dudaba en cambio en gastar un dinero que (con frecuencia) no tenía en el último avance audiovisual doméstico. Así, hacía tiempo que había comprado su segundo vídeo y se dedicaba a copiar cada cinta que alquilaba en el vídeo-club, aumentando día a día una colección privada que yo disfrutaba cada vez que visitaba a mis abuelos en Madrid, pero que sobre todo multiplicaba mi angustia por no tener mi propio vídeo y mi propia colección.

Y ahí estaba. Claro que un vídeo sin cintas era tan útil como una pistola sin balas, así que rápidamente arrastré a mi padre a la tienda de electrodomésticos que había justo debajo de mi casa, Electro-Miguel, que había reservado un rincón como modesto video-club para no quedarse fuera de un mercado en alza. Las cintas estaban presentadas por el lomo y dentro de vitrinas acristaladas, lo que no era la manera más atractiva de hacerlo, pero como primera aproximación al mundo del alquiler de vídeos me valía. De todos modos, llevaba tiempo pasando por allí y estudiando las carátulas, así que sabía lo que buscaba. La primera película que alquilé fue “El imperio contraataca”.

El vídeo expandió enormemente mis posibilidades de ver películas, hasta entonces limitadas a la buena voluntad de mi familia de llevarme a las salas o a aquellas emisiones de RTVE que se consideraran adecuadas para un niño de ocho años. Mis padres debieron intuir lo importante que era aquello para mí, porque el día de otoño de 1986 que “Indiana Jones y el templo maldito” se editó en VHS me permitieron saltarme el colegio para estar en la puerta de Electro-Miguel a las diez de la mañana y ser el primero en alquilarla.

Sé que hice la comunión en la primavera de 1987 vestido como un mamarracho porque una humillante sesión de fotos de estudio así lo atestigua. Es posible que entonces naciera mi aversión a sonreír frente a la cámara. Sea como sea, mi único recuerdo imborrable de aquel día es el de recibir nueve películas copiadas por mi abuelo y un mueble donde almacenarlas. Lo más emocionante era la promesa generada por todo el espacio sobrante en aquel armario, que yo estaba determinado a llenar con mi propia colección de cintas en pocos años.

Electro-Miguel no tardó en quedárseme pequeño. El siguiente paso era el video-club Imagen, que ocupaba dos plantas en un amplio local a dos minutos de mi casa (para los albaceteños más jóvenes, es el mismo espacio que ahora ocupa la librería Herso). En el Imagen sí se tenía en cuenta la buena presentación de las carátulas en los expositores, y además se decoraba con la publicidad enviada por las distribuidoras. Un mundo se abrió ante mí el día que descubrí que aquellos pósteres y troquelados de cartón acababan casi siempre en la basura. Les ahorré trabajo a los empleados arrastrando algunos de aquellos troquelados hasta mi casa, para estupefacción de los viandantes que me contemplaban como se contempla a una hormiga arrastrar una brizna de hierba que duplica su tamaño. Un Freddy Krueger a tamaño natural y un expositor de la serie completa de James Bond decoraron mi habitación durante años.

Me convertí en un maestro a la hora de expurgar la publicidad de las películas que grababa de la televisión. Cuando llegaba el intermedio, dedicaba un par de minutos a retroceder al punto exacto de la cinta en el que la película fundía a negro y entraba el logotipo del canal. Le daba al STOP. Sabiendo que la cinta no podía estar en PAUSE más de dos minutos, calculaba mentalmente el tiempo restante hasta la vuelta de la película; entonces le daba al PAUSE y acariciaba el botón del REC como un pistolero su revolver antes de un duelo, hasta que volvía la película y yo disparaba. Décadas después, aún me enorgullece poder decir que algunos de aquellos empalmes eran tan brillantes que resultaban imperceptibles para la mayoría.

Las películas grabadas de la televisión no tenían carátula, claro. Algunas revistas de cine te proporcionaban los pósteres de las películas emitidas para que crearas tus propias carátulas, y eso hacía yo: recortaba, pegaba, estructuraba, creaba textos y logotipos, ignorante de que aquello era algo digno de llamarse una profesión. El concepto de diseño gráfico era demasiado abstracto para un niño que vivía en Albacete en 1990. Simplemente, sabía con certeza lo que me gustaba y lo que no.

En el verano de 1989 convencí a mis padres para tener un perro. La decisión estaba tomada y parecía irreversible, hasta que mi padre, tal vez a la desesperada, preguntó:

-¿Qué prefieres, un perro… o una tele y un vídeo en tu cuarto?

El hombre sabía cómo manipularme. No lo dudé ni un instante. El perro tendría que esperar.

No recuerdo qué me empujó a cambiar de Imagen a Cineteca’s. Tal vez fuera que las distribuidoras empezaron a editar películas en venta directa (a 2.995 y 1.995 pesetas, dependiendo de la frescura del lanzamiento), e Imagen prefirió concentrarse en el alquiler. O puede que Cineteca’s tuviera un fondo de catálogo más amplio de clásicos y cine independiente que a mí me interesara ver. Me hice amigo del dueño; todo lo íntimos que pueden hacerse un niño de doce años y un adulto que establecen una relación comercial en la que el primero es el mejor cliente del segundo, claro. Solo en una ocasión me dejé aconsejar por él y me tragué un bodrio infumable. Comprendí que alguien que trabajaba de diez a diez en su propio negocio no era el más adecuado para recomendar películas que no tenía tiempo para ver, y nunca volví a pedirle consejo.

No guardo un cariño especial al último video-club que frecuenté en Albacete, el Intercast. Ya era adulto, me había marchado de la ciudad, y la única razón por la que visitaba este local abierto a finales de los 90 era porque quedaba cerca de la casa de mi madre. Estéticamente, era una burda imitación de la franquicia Blockbuster (hasta el punto de merecer una demanda por publicidad engañosa, creo yo), replicando también el concepto de llenar sus estantes con infinitas copias de las novedades más recientes. Se evitaba así la frustración generada porque la película que deseabas estuviera siempre alquilada y te resultara inalcanzable, pero también se perdía la sensación de triunfo que te embargaba cuando por fin la conseguías.

Qué puedo añadir. Yo era el idiota que devolvía las cintas correctamente rebobinadas al video-club; que le quitaba el polvo una por una a las fundas de mi propia colección, algo que (estoy seguro) no muchos adolescentes hacen; y que cometió el error de su vida deshaciéndose de sus VHS con la llegada del DVD, sin conservar al menos todas aquellas carátulas guardadas en una carpeta por pura nostalgia. La cinta VHS era un fetiche que hacía tangible todo lo que yo amo del cine, y lo lamento por aquellos que no vayan a conocer otra cosa que la frialdad eficiente del VOD. Nadie va a recordar dentro de un cuarto de siglo lo emocionante que fue su infancia dándole al PLAY a cualquier película original de Netflix.

Albacete, años 80-90: Los cines

    Candilejas, Capitol, Carlos III, Cervantes, Goya, Gran Hotel, Palafox

Empecé a ir solo al cine en 1989, con once años, aunque mis padres aún no lo sabían. Ellos pensaban que estaba en clase de kárate, su penúltimo intento por despertar mi interés por cualquier tipo de actividad física (el último sería el tenis, donde no logré devolver ni una sola pelota en media docena de frustrantes clases). El kárate no me disgustaba, pero me faltaba ambición y espíritu competitivo para desear el siguiente cinturón, así que pronto perdí interés en él. Acudía al Gimnasio Palas arrastrando los pies, sin ninguna gana de entrar en ese vestuario que en invierno olía a calcetín sudado y rezumaba homoerotismo adolescente, palpable aunque aún no supiera ponerle nombre a aquello ni sospechara si podía llegar a gustarme o no.

Sí podía intuir, en cambio, que mi carrera en este arte marcial se detendría antes de llegar al cinturón verde. Cada vez que me calzaba el kimono deseaba, para mis adentros, estar en el sofá de mi casa viendo “Kárate Kid” mientras me ventilaba un paquete de galletas Príncipe de Beukelaer. Pronto descubrí que podía saltarme alguna clase sin que el gimnasio diera la voz de alarma. Mataba el tiempo en el piso bajo de la Juguetería Legorburo, repasando la última remesa de figuras de Másters del Universo y las  nuevas cintas de CinExin que tanto el encargado como yo sabíamos que no compraría.

Un día tuve una revelación: podía ir al cine durante ese tiempo extra que me proporcionaba fumarme una clase de kárate. Suponía que mis padres no verían con buenos ojos que un niño de once años se metiera solo en la oscuridad de la sala un martes de invierno, pero de todos modos ya estaba traicionando su confianza, así que, ¿por qué no hacerlo a lo grande? Revisé la cartelera planeando la jugada. Durante los once años que viví en Albacete, de 1985 a 1996, nunca hubo más de ocho salas (y otras tantas películas en proyección) en la ciudad; por tanto, mis opciones eran limitadas. Escogí “Rain Man”, que ya había visto con mis padres pero que se proyectaba en el cine que más me convenía, el Gran Hotel.

Subir de nivel en mi carrera delictiva me proporcionó una sensación de euforia. Sentado en mi butaca de una platea semivacía mientras contemplaba al tío de “Top Gun” maltratar a su hermano autista, me sentía encantado conmigo mismo hasta que comprendí que la película era demasiado larga como para poder justificar mi ausencia en casa. Abandoné la sala treinta minutos antes de que la proyección terminara, mascullando mi desdén por la oscarizada cinta para que el acomodador y el encargado del bar no sospecharan de las verdaderas razones de mi marcha.

Podía haberme quedado a ver el final. Lo primero que dijo mi madre cuando entré por la puerta fue:

-Tú no has ido hoy a kárate.

Me desarmó su convicción y tuve que confesar. Cuando le pregunté cómo lo había averiguado, respondió:

-Cuando vas a clase, vuelves con los cuellos de la camisa por fuera del jersey. Hoy aún los llevas por dentro, como te los puse yo esta mañana.

Fue a partir de enero de 1991, cerca ya de cumplir los trece años, cuando empecé a ir solo al cine con la aprobación de mis padres. Sencillamente, ni mi familia ni mis amigos estaban dispuestos a seguir el ritmo de películas en cartelera que yo consideraba imperativo ver. El viernes por la tarde se convirtió para mí en el mejor momento de la semana, cuando podía soltar los libros y correr al cine a ver una película, cualquier película.

Cierto que las salas de Albacete no eran la panacea. Por ejemplo, el cine Goya estaba ubicado en un sótano y olía constantemente a humedad; el cine Candilejas había sido sala X durante la década de los 80, y la tapicería de sus butacas tenía todo el aspecto de ser la misma que en sus años sórdidos; y el cine Gran Hotel había conocido tiempos mejores y su lámpara de araña, pendiendo ominosa sobre nuestras cabezas, acumulaba polvo y bombillas fundidas que nadie reemplazaba. A la cartelera tampoco se le podía pedir milagros. Con un embudo de siete pantallas, lo único que entraba por ahí eran las superproducciones de estrellas de Hollywood del momento: Eddie Murphy, Bruce Willis y Julia Roberts. Yo no hacía ascos a nada, pero me moría de envidia cada vez que visitaba Madrid y comprobaba que la cartelera rebosaba de películas de todos los géneros y todas las épocas.

Las siete salas de Albacete pertenecían al mismo grupo exhibidor, la empresa familiar Salzillo. No tenían competencia y no les preocupaba satisfacer a unos espectadores que, de todos modos, no eran demasiado exigentes. Ese adolescente que cada viernes por la tarde se presentaba sin falta en alguna de sus salas se convirtió en un pequeño tormento para unos proyeccionistas veteranos a los que no les gustaba nada verse señalados por su indolencia. Tampoco es que me hicieran mucho caso: recuerdo su desdén cuando les indiqué que estaban proyectando “Boca a boca” con los rollos cambiados. Ellos insistían en que la copia “venía así” del laboratorio y vimos aquella película remontada de forma caótica hasta el final. Tal vez pensaron que Manuel Gómez-Pereira intentaba subirse a la ola de Quentin Tarantino copiando su narrativa discontinua, tan de moda en aquella época gracias a “Pulp Fiction”. Ningún otro espectador reclamó aquel día ante el disparate. El público que acudía al cine en Albacete en los años 90 era manso y distraído, y bastante dado a pensar en voz alta. Me acostumbré a ocupar siempre una butaca en el pasillo lateral para alejarme de los espectadores más ruidosos; y sigo haciéndolo hoy en día cuando voy solo al cine.

Me daba igual. Tras los sempiternos anuncios locales de Lámparas Contreras y Joyería Mompó (a punto ya de autodestruirse tras ser proyectados de forma ininterrumpida durante una década), llegaban los trailers y, por fin, la película. Cualquier película. Para mí, una película más siempre era una película digna de ser vista.

Mi abuela

abuela

Hoy he soñado con mi abuela. Me ocurre de vez en cuando y normalmente lo disfruto. Mi abuela lleva más de veinte años muerta, pero soñar con ella es una manera de seguir teniéndola presente. Hoy, sin embargo, me ha hecho sentir más solo. Me ha empujado a levantarme de la cama para escribir esto que, a pesar de que podáis leerlo todos, realmente lo hago para mí.

A mi abuela le encantaba el cine. Lo disfrutaba sin prejuicios. Para ella, una película más siempre era una película digna de ser vista. En cine o en televisión, en versión original o doblada, de cualquier género: no importaba. Le gustaba Bruce Willis: vimos “Jungla de cristal” (Cine Cid Campeador, 1988), “El gran halcón” (Cine Palafox, 1991) y “El último boy scout” (Cine Benlliure, 1992), entre otras. A esta última vino también mi hermana pequeña, entonces de siete años. Cuando un espectador le recriminó a la salida a mi abuela que esa no era película para una niña, mi abuela le respondió: “Métase en sus asuntos”.

Para ella no había películas inapropiadas. Me llevó a ver un programa triple de Billy Wilder con “El apartamento”, “Con faldas y a lo loco” y “Primera plana” siendo solo un niño; también muchas otras en versión original, y me acompañó a “Los inmortales” (Desconocido, 1986), “Loca Academia de Policía 5” (Cine Cid Campeador, 1988), “Agárralo como puedas 2 y ½” (Cines Gran Vía, 1991), “Llamaradas” (Cine Roxy A, 1991), “Terminator 2” (Cine Vergara, 1991), “El cabo del miedo” (Minicines Fuencarral, 1992), “Doble impacto” (Cine Juan de Austria, 1992), “Batman vuelve” (Cine Cid Campeador, 1992, acompañados de mi primera cita, Mónica Epifano) o “Tu madre se ha comido a mi perro” (Cine Palafox, 1994). El acomodador vestido de frac le preguntó con sorna qué le había parecido esta última, y ella sonrió compasivamente y dijo: “Bueno…”. Pero no dijo que no le había gustado. De hecho, yo sabía que, a su manera, la había disfrutado.

También vimos mucho cine en casa. Recuerdo un pase especialmente memorable de “Alien, el octavo pasajero” en familia. Yo no debía tener más de siete años, quizá ocho. A menudo apoyaba mi cabeza en el regazo de mi abuela, pero nunca me dormía: era incapaz de hacerlo mientras veía una película, buena o mala, y sigo siéndolo. También vimos las miniseries de “IT (Eso)” y “El misterio de Salem´s Lot”. En la segunda había un susto antológico al final del primer capítulo, y mi abuela esperó en el marco de la puerta del salón, con la bandeja de la cena en las manos, a que se lo dieran. Los restos de la cena volaron por el salón y todos nos reímos a gusto. Mi abuela no estaba dispuesta a perderse una buena escena, aunque el precio a pagar fuera tener que barrer luego el suelo.

Mi abuela murió en 1996, pocas semanas antes de que yo volviera a vivir a Madrid, después de una década en Albacete. A veces pienso en cuántas películas dejamos de ver juntos. Pero la mayoría de cines a los que íbamos han cerrado y se han reconvertido en tiendas de ropa o gastromercados, y también me alegro de que no llegara a ver eso. Para ella, el cine seguía siendo algo grande, algo importante; no la misma película de superhéroes en setecientas pantallas de multisalas de centros comerciales por la periferia de las ciudades. En el fondo, mi abuela supo instintivamente cuándo había terminado la función.