Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Terciopelo azul

Hacía dos décadas que no veía Terciopelo azul, y dudo que en mi preadolescencia llegara a comprenderla. De hecho, tampoco estoy seguro de haberla entendido ahora. Con David Lynch suele pasarme eso, que me quedo con cara de tonto. Lo que no me desagrada del todo.

Ver una película de Lynch en cine siempre es una experiencia divertida. Recuerdo las caras de estupor, de “pero qué cojones…”, de los espectadores del multicine donde vi Carretera perdida. Ayer, en el Círculo de Bellas Artes, un cuarto de siglo después de su estreno, todavía hubo espectadores que se escandalizaron y se marcharon a mitad de Terciopelo azul.

La última vez que intenté verla en televisión desistí a los diez minutos: en TCM, ese canal que alardea de amar el cine, la estaban poniendo en full screen, horriblemente mutilada. Así que no creo que nunca, hasta ayer, hubiera visto Terciopelo azul en su formato original. Y chico, menudo Scope: este Lynch sabe componer.

Esta película le dio una nueva carrera al rehabilitado Dennis Hopper. Aquí ensayó la plantilla del villano enajenado que interpretaría una y otra vez en Speed, Waterworld y tantas otras. Claro que ninguno estuvo a la altura de Frank Booth. Parafraseando a Siniestro Total, “¡Papaíto sale pero volverá mañana!”.

Lo que he sacado en claro viendo Terciopelo azul es que, si te encuentras una oreja en mitad de un bosque, déjala donde está y sigue tu camino.

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