Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Archivo para mayo, 2011

El extraño caso de Michael Cera y Jesse Eisenberg

Si te has preguntado quién cojones es ese desgarbado y ubicuo jovenzuelo que protagoniza todas películas de instituto y universidad americanas del último lustro, he aquí la respuesta al enigma: no es uno, son dos. Tranquilo, a todos nos ha pasado.

El de la foto de arriba es Michael Cera, intérprete de Supersalidos y Juno; y el de la foto de abajo es Jesse Eisenberg, el neurótico antihéroe de Zombieland y La red social. Seguramente se odian porque, cada vez que uno intenta negociar su sueldo por participar en una película, el productor ejecutivo desalmado de turno le recuerda que siempre pueden llamar al otro. Y así, sin comerlo ni beberlo, se van hundiendo mutuamente.

Todo esto viene a cuento porque, hasta que no puse el DVD en el reproductor, no tuve claro cuál de los dos protagonizaba Scott Pilgrim contra el mundo. Resulta que es Cera.

Esta peli es una de esas que no comprendes muy bien por qué se te escapó en el cine. Sospecho que no soy el único y que, como Zombies Party, la primera de su director Edgar Wright, acabará alcanzando un estatus de culto.

Y merecidamente, porque es fresca y divertida, con un lenguaje visual propio, e incluso sus escenas de acción están muy bien rodadas (algo insólito en las comedias). La única pega es que se alarga 15 minutos más de lo necesario: si durara 90 minutos, sería perfecta.

Recomiendo Scott Pilgrim contra el mundo.


Feliz cumpleaños, Bob

Robert Allen Zimmerman, natural de Minnesota, cumple 70 años el próximo martes. Es una leyenda desde hace casi medio siglo. Como pequeño homenaje, recupero un texto que escribí la última vez que lo vi en directo, en 2008.

Leyendas en concierto: Bob Dylan

¿No es increíble que en 2008 estemos hablando de Bob Dylan? Y no en pasado, precisamente. Once conciertos por España en las últimas dos semanas no son más que otra pequeña muesca en el revólver de alguien que ha decidido morir con las botas y el sombrero puestos, encima de un escenario. Estadísticamente es muy probable que lo consiga, pues Dylan no para nunca: tiene la mirada puesta en el siguiente concierto antes incluso de que los espectadores del anterior hayan terminado de aplaudir. A algunos nos gusta acompañarlo de cuando en cuando, en esa huida hacia delante.

En su interesante libro Crónicas describe su hastío a finales de los ochenta por verse rodeado de un público de su quinta, que ya no esperaba nada de él excepto la previsible retahíla de grandes éxitos mal desempolvados. Decidido a no convertirse en una momia en vida, probó a reinventarse por el camino de retorcerles el brazo a las canciones hasta que a éstas les cambiara la cara por completo. También planeó con un promotor un calendario de conciertos, basado en un ciclo bienal que lo situara en las mismas ciudades cada dos años. Económicamente no era el plan más sensato, pero Dylan estaba convencido de que así renovaría a su público, pues los viejos dejarían de acudir, mientras que los jóvenes volverían al cabo de dos años acompañados de caras nuevas. Su audacia tuvo recompensa: encontró una forma de que sus himnos de siempre dejaran de sonar trillados, y captó a nuevos adeptos.

Desde entonces no ha dejado de girar, en lo que se denominó de modo extraoficial el Neverending Tour (la Gira Interminable, vaya). No sé si Dylan ha retomado su idea del plan bienal, pero lo cierto es que ha pasado tres veces por Madrid desde 2004. Si volviera dentro de dos años, lo haría con setenta ya cumplidos, así que es justo preguntarse por qué no se lo toma con más calma, canta las canciones que la gente quiere oír, se deja querer… Pues porque es Bob Dylan, coño. Y chitón.

No es fácil ser fan suyo. Harto de que su público se lo perdone todo, él ha decidido ser exigente con ellos. Requiere paciencia y atención (dos cualidades no muy corrientes hoy en día) disfrutar de un show del viejo Bob. Más vale que te guste la música, porque no vas a encontrar ninguna válvula de escape en pantallas o juegos de luces que te distraigan. Tampoco esperes que el hombre corra de un lado a otro del escenario como Mick Jagger. Sólo son media docena de músicos tocando a la vez; si te gusta, bien, y si no, mala suerte para ti… Dylan no saluda, no hace chistes entre canción y canción, no regala nada. Es un músico, no un showman.

En julio de 2004 lo vi en la Huerta del Palacio Arzobispal, en Alcalá de Henares; en julio de 2006, en el festival Viajazz, en Villalba; y anoche, en el festival Rock in Río, en Arganda del Rey. Con Dylan se da la paradoja de que todos sus conciertos son iguales y distintos a la vez. Completamente intercambiables uno por otro, pero singulares por cuanto su repertorio rara vez se repite dos veces, e incluso la interpretación de las canciones varía de una ocasión a otra. Sumando los tres conciertos, creo haber escuchado casi todos los clásicos de los sesenta y setenta: Mr Tambourine man, Blowin´ in the wind, Just like a woman, Simple twist of fate, All along the watchtower, I want you, Forever young… aunque la mayoría de las veces resulten irreconocibles, tan transformadas que sólo el estribillo te resulta vagamente familiar.

El Dylan del siglo XXI no toca la guitarra sino el piano, desafina que da gusto y más de una vez entra con su armónica a destiempo. No pretendo defender lo indefendible, pero a mí me hace sonreír por una razón: lo hace porque quiere. Estoy seguro de que puede cantar mejor, tocar mejor y salir triunfante, y no lo hace porque prefiere arriesgarse y probar algo nuevo. En esta espiral de locura con su propia lógica interna, Dylan ha sumado la carraspera al desafine para conseguir una voz que es como si te hablara el mismísimo Satanás. A mí me parece la bomba.

Con este bagaje se presentó anoche en Rock in Río. Al menos, en los anteriores conciertos, los espectadores eran en su mayoría seguidores del artista; pero en un festival sin rumbo ni criterio como éste, el público era, por decirlo suavemente, heterodoxo. Es seguro que la mayoría tenían en su cabeza la imagen del trovador en blanco y negro de los años sesenta, una cosa domesticada en comparación con los tiempos que corren. Se equivocaron.

Como siempre, Dylan había advertido que no quería que grabaran el concierto, así que los cámaras se marcharon del escenario. No contaba el músico con la picaresca española, puesto que la cámara frente a él seguía funcionando sin operador. Así que, por una vez, pudimos ver el careto de Dylan a lo grande en las pantallas, estudiar los surcos de su rostro y convencernos de que la leyenda no puede ganarle la partida al hombre, que al fin y al cabo, es casi un anciano. Pero también descubrimos algo más, algo que hubiera pasado desapercibido salvo para los espectadores de las primeras filas: al final de la primera canción, Dylan miró a sus músicos y soltó una carcajada. ¡Hostia, es humano! ¡Era eso lo que trataba de ocultar! Incluso me pareció verle bailar como Chikilicuatre en uno de los temas más animados… Quizá advertido por su manager de que el festival le había jugado una mala pasada con las pantallas, Dylan alargó cuarenta minutos más de lo previsto su concierto, que tenía que haber durado apenas una hora. Los dylanitas, felices, y los organizadores tirándose de los pelos, supongo. Una vez más, él bueno de Bob rió el último.

La única concesión para el gran público fue el cierre del concierto con Like a rolling stone, que todas formas cantó como le vino en gana. La banda se acercó entonces al borde del escenario para saludar. Si esa fue la primera ocasión en la que Dylan miró al público, es seguro que se preguntaría qué cojones era aquel circo con tirolina, noria y puestos de Toyota y El Corte Inglés que rodeaban a los espectadores. Ah, sí, debió pensar, el festival ridículo ese. Aunque para Dylan sólo era el concierto del domingo: sesenta segundos después, con el pie apoyado en el primer escalón de su autobús (bueno, él lo llama hogar), su cabeza estaría ya en el concierto del lunes. Como un canto rodado que no se detiene nunca.


Fast & Furious 5

Acabo de pagar por ver la quinta entrega de una serie cuyas predecesoras había, no solo ignorado, sino directamente denostado. Escribo estas líneas para intentar comprender las razones por las que quise ver esta película, que por cierto me ha gustado bastante.

Con cierto esnobismo por mi parte, siempre he pensado que la saga Fast & Furious no era para mí. Bueno, mis prejuicios tenían fundamento, porque no me interesan ni el reggaeton ni el tuning (y me quedo corto: ni tengo carnet de conducir ni sé de qué color es el coche de mi madre). De hecho, la propia franquicia también debe pensar que sus espectadores no son “sofisticados”, porque al término de esta quinta parte aparece una cartela tipo Jackass, que advierte que no hay que intentar repetir las burradas que hemos visto, realizadas por especialistas. No, si ya, no planeaba saltar de un deportivo descapotable mientras éste cae por un puente.

Luego está Vin Diesel, la estrella más implausible del Hollywood moderno; porque, si lo que define a una estrella es una combinación de talento, belleza y carisma, Vin sólo hace gala de un poquito de esto último (y eso dentro de un cuerpo que cada vez se parece más a un cubo de basura). Muchos le dimos por muerto cuando tuvo que volver a esta saga para reverdecer laureles, pero ahí sigue, haciéndose rico y con combustible para diez años más.

Claro que, no hay más que ver la foto de arriba para darse cuenta de que es un pedo mal tirado al lado de The Rock, cuyo único patinazo en esta vida fue su empeño en renunciar a un apodo tan molón por un nombre tan vulgar como Dwayne Johnson. The Rock irradia todo lo que a Vin le falta, y es una pena que no haya tenido acceso a guiones del nivel de los de Schwarzenegger en su época dorada, porque hoy sería el amo del universo. Su presencia en F&F hace la saga diez veces más excitante.

En Fast & Furious 5 (no es el título original, en realidad, pero al menos a esta no la hemos retitulado A todo gas o Aún más rápido, que vaya tela) no podemos tomarnos en serio nada de lo que ocurre, y esa es la clave para disfrutarla. Hay que embelesarse con las tomas aéreas de Río de Janeiro, las curvas femeninas y los coches destrozados, y considerar los diálogos “cómicos” entre los reguetonianos Don Omar y Tego Calderón como interludios en los que desconectar el cerebro.

No doy con las razones por las que quise ver esta película y las anteriores no, pero no descarto ir a ver la sexta entrega si mantiene los niveles de macarrismo y desquicie de esta; y si sale The Rock, por supuesto. Será que, al final, no soy un espectador tan sofisticado como me creo.


Oleanna

No soy un amante del teatro, esa es la verdad. Habré visto una treintena de obras a lo largo de mi vida, y ninguna de ellas, buena o mala, me ha satisfecho de la forma en que lo hace una película. Comprendo que a los actores les resulte infinitamente más estimulante pero, a mí, como espectador, me llena más una pantalla de cine que un escenario.

Oleanna, en la versión que se representa en el Teatro Español de Madrid hasta mediados de junio, es una de las obras teatrales que más he disfrutado; irónicamente, por lo cinematográfica que es.

Para empezar, el dramaturgo David Mamet es además guionista y director de cine, y se nota. Luego, la sala pequeña del Español, con poco más de cien butacas repartidas a ambos lados de un escenario a ras de suelo, evita a los actores el tener que declamar para ser oídos, por lo que su interpretación gana en naturalismo y se hace menos, esto… teatral. 

Además, con esta disposición del escenario, la cuarta pared deja de existir: los actores saben que no les queda otra que dar la espalda a la mitad de sus espectadores. El resultado es que, a menudo, estás viendo el clásico plano/contraplano del cine, con uno de los dos interlocutores en escorzo.

Oleanna es la historia de una lucha de poder entre un profesor y una alumna, ninguno de los cuales es honesto con el otro desde el principio. Jose Coronado está estupendo interpretando al docente (como bien dijo mi acompañante, tienes la impresión de estar viéndolo a través de un agujero en la pared, por la naturalidad con la que se desenvuelve), pero su solidez no es ninguna sorpresa, claro. Ardo en deseos de poder hablar en este blog de su próxima película, No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu, en la que da un auténtico recital interpretativo con aroma a Goya.

Siendo una obra de dos personajes, hubiera sido una catástrofe que Irene Escolar, que interpreta a la alumna, no estuviera a la altura de Coronado. Pero lo está. Y de forma bastante impresionante para una actriz de 22 años en los comienzos de su carrera. Ella es la revelación de la obra: hace que te preguntes de lo que será capaz con diez años más de experiencia encima.

Por todo esto, recomiendo Oleanna.

P.D.: Una de las razones por las que no me gusta el teatro es porque me saca de quicio el empeño de espectadores de la tercera edad en quitarle el envoltorio de plástico a su caramelito con la mayor parsimonia posible, como si eso lo hiciera menos exasperante. El señor que tenía a mi lado casi se ahoga con su tercer caramelo, y yo sólo pude ver cierta justicia poética en ello.