Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Oleanna

No soy un amante del teatro, esa es la verdad. Habré visto una treintena de obras a lo largo de mi vida, y ninguna de ellas, buena o mala, me ha satisfecho de la forma en que lo hace una película. Comprendo que a los actores les resulte infinitamente más estimulante pero, a mí, como espectador, me llena más una pantalla de cine que un escenario.

Oleanna, en la versión que se representa en el Teatro Español de Madrid hasta mediados de junio, es una de las obras teatrales que más he disfrutado; irónicamente, por lo cinematográfica que es.

Para empezar, el dramaturgo David Mamet es además guionista y director de cine, y se nota. Luego, la sala pequeña del Español, con poco más de cien butacas repartidas a ambos lados de un escenario a ras de suelo, evita a los actores el tener que declamar para ser oídos, por lo que su interpretación gana en naturalismo y se hace menos, esto… teatral. 

Además, con esta disposición del escenario, la cuarta pared deja de existir: los actores saben que no les queda otra que dar la espalda a la mitad de sus espectadores. El resultado es que, a menudo, estás viendo el clásico plano/contraplano del cine, con uno de los dos interlocutores en escorzo.

Oleanna es la historia de una lucha de poder entre un profesor y una alumna, ninguno de los cuales es honesto con el otro desde el principio. Jose Coronado está estupendo interpretando al docente (como bien dijo mi acompañante, tienes la impresión de estar viéndolo a través de un agujero en la pared, por la naturalidad con la que se desenvuelve), pero su solidez no es ninguna sorpresa, claro. Ardo en deseos de poder hablar en este blog de su próxima película, No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu, en la que da un auténtico recital interpretativo con aroma a Goya.

Siendo una obra de dos personajes, hubiera sido una catástrofe que Irene Escolar, que interpreta a la alumna, no estuviera a la altura de Coronado. Pero lo está. Y de forma bastante impresionante para una actriz de 22 años en los comienzos de su carrera. Ella es la revelación de la obra: hace que te preguntes de lo que será capaz con diez años más de experiencia encima.

Por todo esto, recomiendo Oleanna.

P.D.: Una de las razones por las que no me gusta el teatro es porque me saca de quicio el empeño de espectadores de la tercera edad en quitarle el envoltorio de plástico a su caramelito con la mayor parsimonia posible, como si eso lo hiciera menos exasperante. El señor que tenía a mi lado casi se ahoga con su tercer caramelo, y yo sólo pude ver cierta justicia poética en ello.

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