Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Archivo para abril, 2012

Sueño con un cine

Hace unos días soñé que iba a un cine. No sé su nombre ni cómo llegar a él, pero sí que está en una plaza que no conozco de la ciudad de Albacete. No es un cine lujoso, sino más bien de barrio, de reposiciones. Probablemente huele a humedad y a palomita rancia. El tapizado de las butacas ha empezado a arrugarse. La calidad de imagen y sonido deja mucho que desear.

Cuando desperté llovía a cántaros. Era sábado. Me quedé tumbado en la cama unos minutos, intentando averiguar si ese cine existió alguna vez o no. Soy la clase de persona que recuerda que vió Superman III en La Vaguada, Indiana Jones y el templo maldito en el Palafox o La historia interminable en el Cid Campeador, así que es altamente improbable que no recuerde un cine que visitara en mi adolescencia en Albacete (donde por aquel entonces solo había siete salas), por muy breve que fuera su existencia.

La razón por la que dudaba era porque había estado varias veces en ese mismo cine: había soñado antes con él. Hace cinco, diez, quince años. Dudando de la realidad como un personaje de K. Dick, no sabía si evocaba un recuerdo o un sueño. Y deseaba que hubiera existido, pero también que fuera solo un sueño para poder volver pronto a él.

Me levanté y fui directo a la estantería a por el libro La aventura del cine: Albacete en el centenario del séptimo arte. En él se recapitulan todos los cines que abrieron y/o cerraron sus puertas en la ciudad hasta el momento de su publicación, en 1995. Ninguno de ellos se parecía al cine con el que yo sueño.

Ponían Carne para Frankenstein, de Paul Morrissey y Andy Warhol. El encargado, un flaco nervioso con cortinilla y bigotito, me recomendaba que la viera. Yo le dije que lo haría, por supuesto.

Entonces desperté.

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La fría luz del día

La fría luz del día puede ser la película más involuntariamente cómica y que más intensa vergüenza ajena me ha provocado en un cine desde… bueno, en toda mi vida. Tenéis que verla para creerla.

Las cosas se complican en el after:

Obviamente, la mediocridad de su guión no ayuda. Para que os hagáis una idea, en la escena de la foto de arriba, el terrorista israelí que está torturando al protagonista le explica sus motivos para portarse así, que su familia murió en no sé qué atentado; y a continuación saca un recorte de periódico y se lo enseña para demostrárselo. Todos los personajes son estereotipos y puedes anticipar sus propósitos y destinos antes incluso de que abran la boca. Tampoco el director está visualmente muy inspirado, así que La fría luz del día es una rutinaria hora y media de persecuciones y guantazos mal dados.

Pero la cinta tiene el inesperado aliciente de haber sido rodada en Madrid. Y si resides en la capital, amigo, te prometo que pagar por ver La fría luz del día no es tirar completamente el dinero.

Dos españoles de libro:

Nada más llegar a la capital, al héroe Henry Cavill (aprendeos su nombre que es el nuevo Superman: a ver si este dura más en el puesto) intentan matarlo en Ciudad Universitaria. El tipo echa a correr y en poco tiempo se planta en la Plaza Mayor. La cosa se le complica cuando la policía se une a la persecución, así que Superman esprinta un poco más y en cuestión de segundos le vemos saltando la valla de ¡El Retiro! (Mira que me pregunté veces en mi infancia, contemplando sus afilados pinchos, si era humanamente posible saltar esa verja sin acabar empalado. Al parecer sí lo es, al menos en el cine).

Huyendo de las vendedoras de ramitas de la buenaventura, tal vez:

Las cosas se calman un poco y Superman trata de pasar desapercibido en medio de Callao. En los cines Palacio de la Prensa están proyectando la antepenúltima peli de Woody Allen, lo que nos indica que La fría luz del día ha pasado un tiempo en la lata antes de estrenarse. Viendo que la policía le acecha de nuevo creyéndole culpable del asesinato de un compañero suyo en los aledaños de la Plaza Mayor, Superman se sube a un autobús de línea corriente que claramente se dirige hacia Cibeles, pero cuyo hilo pregrabado anuncia: “Próxima estación: Plaza de España”.

Después de caer a plomo desde un quinto piso sin que eso le suponga mayor trastorno que mancharse la ropa de polvo, Superman huye en una moto conducida por una Verónica Echegui haciendo de española gritona. Por las razones que sean acaban llegando a la discoteca Fabrik, que está en Fuenlabrada, en el sur de Madrid. Superman tiene prisa por salvar a su familia secuestrada, así que se queda el tiempo justo para cambiar su camiseta por otra que pone bien visible el nombre de la franquicia poligonera (y que llevará hasta el final de la película) y se dispone a llegar a la Puerta del Sol en “el menor tiempo posible”.

Por lo que la extraña pareja, que hasta ahora se ha desenvuelto bien en vehículos de locomoción, juntos o por separado, deciden coger el metro. Y la parada que eligen para llegar a la Puerta del Sol desde Fuenlabrada es ¡Pitis!, que es la más al norte de la capital de la línea 7. Pero de alguna forma llegan, y a tiempo, como bien indica la voz del suburbano: “Next stop: Puerta del Sol”. Pues era verdad que el metro de Madrid vuela… Ninguno de los dos, por cierto, parece darse cuenta de que en realidad no están en la Puerta del Sol sino en el invernadero de Atocha, pero bueno, qué más da.

No me chilles que no te veo, o una evidente barrera idiomática y cultural:

Y lo más bizarro de todo es que, veinte minutos después, Superman y la Juani ¡vuelven a Fabrik!, donde Óscar Jaenada ya pierde por completo los papeles en una escena que no creo que tenga el coraje de meter en su video-book, sinceramente. Y un poco más tarde todavía (la peli se hace larguita para lo corta que es, aviso), una disparatada persecución automovilística en la que los vehículos se alternan en los roles de perseguidor y perseguido cruza la puerta de Alcalá antes de llegar hasta Las Ventas, y no precisamente por el camino más corto. Para entonces te han volado la cabeza de tal forma que encuentras normal que un comando secreto israelí de quince tíos con pasamontañas deambule pegando tiros por los alrededores de la plaza de toros.

Y el héroe, dejad que lo repita, con su camiseta de Fabrik durante los últimos cuarenta y cinco minutos de película. Joder, a qué esperáis, ¡corred a ver La fría luz del día!