Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Archivo para agosto, 2012

McQuade, lobo solitario

Uno de los daños colaterales de la ola nostálgica que provoca Los mercenarios 2 (mejor que la primera, sí, pero debería durar 45 minutos: los 25 primeros y los 20 finales, y la mortadela del sandwich te la metes por el c…) es que te despierta el gusanillo por volver a ver pelis de acción ochenteras. Pero como las buenas (las de Arnie, las de Sly, las de Van Damme incluso) las tienes ya tan vistas, no te queda otra que rebuscar en el fondo de catálogo, en el cajón de los saldos. Y ahí es donde entra Chuck Norris.

Amazon Inglaterra mediante, he adquirido un pequeño pack de Chuck Norris que incluye McQuade, lobo solitario, Código de silencio y Desaparecido en combate. No es tan exhaustivo como el pack de ocho películas de Steven Seagal que me pillé hace unos meses (por siete libras, ojo), pero me hace el servicio que busco. Dicho esto, si hay una peli de Chuck Norris que me apetece volver a ver, esa es El templo del oro, aventuras selváticas a rebufo de Indiana Jones con Louis Gossett Jr. de comparsa cómico. Algún día caerá.

Nunca había visto McQuade, lobo solitario y, para mi sorpresa, ¡es casi buena! Quizá porque no pertenece a la Etapa Cannon de Chuck Norris, esa que arrancaría dos años después con Desaparecido en combate 1 y 2 (rodadas simultáneamente y estrenadas en desorden) y que dejaría perlas como Delta Force, Invasión USA o la más “artística” y plomiza El héroe y el terror, la única peli de Chuck que había visto en pantalla grande hasta Los mercenarios 2McQuade, lobo solitario está producida por la también modesta Orion Pictures, que despegaría poco después con los éxitos de Terminator y Robocop.

J.J. McQuade es un ranger de Texas algo menos family-friendly y soplapollas que Walker, al que el mismo Norris encarnaría diez años después en el serial de sobremesa favorito de la tercera edad. Es la única persona en El Paso capaz de dar patadas voladoras, cosa que le viene muy bien en su trabajo, hasta que un relamido David Carradine aparece para plantarle cara. En la matrícula de Carradine se lee “CARATE” (tal era la ignorancia de América sobre el asunto en 1983 que los autores de esta cinta temieron que escribirlo con “K” fuera demasiado exótico). El Pequeño Saltamontes realiza una gratuita exhibición de artes marciales en mitad de un baile honky-tonk celebrado en un rodeo a pleno sol; sí, todo muy bizarro. Carradine, claro, es el villano de la película, y en la última escena se enfrentará a Norris en un combate que queda en tablas, con la dignidad de ambos intacta, hasta que McQuade le lanza una granada y santas pascuas. No le hubiera venido mal a Norris esa granada diez años antes, cuando Bruce Lee le dió la paliza de su vida en el falso Coliseo Romano de El furor del dragón.

Antes he dicho que la película es casi buena. Mejor me explico. El guión está lleno de arquetipos que acaban por convertirse en estereotipos (la gritona hija adolescente secuestrada, el compañero latino impuesto por el jefe que termina por caer bien porque, ya sabes, los hispanos no son TAN tontos), así que es la clase de guión funcional que sirve para arrancar la trama y a correr. De esas Seagal, Lundgren o Statham tienen unas cuantas. También resulta bastante cómico que Norris permanezca impasible ante las muertes de su yerno y de su viejo mentor, pero cuando matan a su perro… Maldita sea, ahí se equivocaron de ranger, y lo van a pagar.

A ratos, visualmente, la película huele a El equipo A que tira de espaldas. Pero a cambio tiene otros momentos inspiradísimos, como por ejemplo la presentación de McQuade, y a la foto de arriba me remito. El director Steve Carver juega a ser Sergio Leone todo lo que su talento y su presupuesto le dejan, y arranca unos primerísimos primeros planos del ceño fruncido de Norris que hubieran hecho sonreír al maestro. Ayuda también la banda sonora de Francesco de Masi, fusilando sin rubor la etapa spaguetti de Ennio Morricone, silbidos incluídos. Pero a la postre funciona y te pone palote.

Hay un momento glorioso en el que McQuade, después de ser vapuleado por Carradine y sicarios, es enterrado vivo dentro de su 4×4 de ranger. Lo que los malos no saben es que esa ranchera es algo así como el Interceptor de Max Rockatansky: aprietas un botón y sale propulsada a toda velocidad. Eso hace McQuade para emerger de debajo de la tierra, pero antes de salir de su entierro ¡se bebe media cerveza de un trago y se echa la otra media por encima de la cabeza! Por macarradas como esa es por lo que te enganchas al género cuando eres niño.

(Sí, ese asqueroso jersey de rombos con cuello de pico es el que lleva Carradine durante toda la pelea final)

Tengo todavía que revisar Código de silencio antes de poder afirmar con rotundidad que McQuade, lobo solitario es la mejor película que Chuck Norris hizo nunca. Pero bueno, si no lo es, será la segunda. Al menos me dió lo que le pedía, más de lo que El legado de Bourne o The amazing Spider-Man fueron capaces con sus cientos de millones de dólares de presupuesto.


Mafalda

Estos días estoy releyendo todas las viñetas de Mafalda, por enésima vez en mi vida pero por primera vez en varios años, y redescubriendo su grandeza. La inmortal creación de Quino se publicó por primera vez hace 48 años, pero no ha perdido ni un ápice de vigencia. Mafalda es atemporal.

Un problemilla que tengo al releer los diez álbumes de Mafalda es que estos pertenecieron a mis padres, que los compraron a principios de los 70 (en la portada se lee la advertencia “Para adultos”). El paso del tiempo y el uso los ha desencuadernado, desordenando varias de sus páginas, por lo que no estoy leyendo las viñetas en un orden estrictamente cronológico. Cuando concluya mi relectura correré a comprarme el volumen de Todo Mafalda que hay ahora mismo en las librerías. No me desharé de los álbumes viejos por motivos sentimentales, pero tengo ganas de saber cómo es leer Mafalda con orden y concierto.

Sé que recomendar Mafalda en 2012 es una obviedad, pero a menudo creemos conocer bien a un personaje y su universo cuando solo tenemos un vago recuerdo de ellos (¡otro día hablaremos de Rocky Balboa!). Las tiras de Mafalda son entrañables y divertidas, además de asombrosamente actuales a pesar de su medio siglo de vida.

De Quino se pueden admirar su agudeza como guionista y su frescura como dibujante, dos habilidades que rara vez confluyen en la misma persona. Además, supo “matar” a Mafalda en el momento justo, nueve años después de haberla creado; y nunca ha caído en la tentación de retomarla a pesar de su monstruosa popularidad, preservando así su recuerdo. Cualquiera que haya ojeado un álbum reciente de Astérix o Mortadelo y Filemón comprenderá el valor que tiene eso.

La única concesión comercial de Quino con su personaje fue ceder los derechos para que hicieran una serie argentina de animación con ella. No era muy lamentable ni pervertía la esencia del personaje, pero renunciaba a la pureza del blanco y negro de las viñetas por un mundo de colores en el que Mafalda no acababa de encajar del todo. A España nos llegó en forma de largometrajes directos a vídeo, aunque al menos uno sí se estrenó en cines, pues recuerdo haberlo visto con mi abuela en programa doble con una reposición de El retorno del Jedi. Benditos cines de barrio.

Leyendo las viñetas de Mafalda, acabas por reconocerte en ellas más a menudo incluso de lo que te gustaría. Cada personaje destaca por alguna cualidad intrínseca al ser humano (la obsesión por el dinero de Manolito, la constante evasión de la realidad de Felipe, el burgués conservadurismo de Susanita, el idealismo de Mafalda…) que en algún momento de la vida prevalece sobre las demás en nosotros mismos.

En resumen, que Mafalda sigue siendo tan grande como lo era en los 60, y recomiendo vivamente su (re)lectura.