Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Archivo para febrero, 2017

Mi abuela

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Hoy he soñado con mi abuela. Me ocurre de vez en cuando y normalmente lo disfruto. Mi abuela lleva más de veinte años muerta, pero soñar con ella es una manera de seguir teniéndola presente. Hoy, sin embargo, me ha hecho sentir más solo. Me ha empujado a levantarme de la cama para escribir esto que, a pesar de que podáis leerlo todos, realmente lo hago para mí.

A mi abuela le encantaba el cine. Lo disfrutaba sin prejuicios. Para ella, una película más siempre era una película digna de ser vista. En cine o en televisión, en versión original o doblada, de cualquier género: no importaba. Le gustaba Bruce Willis: vimos “Jungla de cristal” (Cine Cid Campeador, 1988), “El gran halcón” (Cine Palafox, 1991) y “El último boy scout” (Cine Benlliure, 1992), entre otras. A esta última vino también mi hermana pequeña, entonces de siete años. Cuando un espectador le recriminó a la salida a mi abuela que esa no era película para una niña, mi abuela le respondió: “Métase en sus asuntos”.

Para ella no había películas inapropiadas. Me llevó a ver un programa triple de Billy Wilder con “El apartamento”, “Con faldas y a lo loco” y “Primera plana” siendo solo un niño; también muchas otras en versión original, y me acompañó a “Los inmortales” (Desconocido, 1986), “Loca Academia de Policía 5” (Cine Cid Campeador, 1988), “Agárralo como puedas 2 y ½” (Cines Gran Vía, 1991), “Llamaradas” (Cine Roxy A, 1991), “Terminator 2” (Cine Vergara, 1991), “El cabo del miedo” (Minicines Fuencarral, 1992), “Doble impacto” (Cine Juan de Austria, 1992), “Batman vuelve” (Cine Cid Campeador, 1992, acompañados de mi primera cita, Mónica Epifano) o “Tu madre se ha comido a mi perro” (Cine Palafox, 1994). El acomodador vestido de frac le preguntó con sorna qué le había parecido esta última, y ella sonrió compasivamente y dijo: “Bueno…”. Pero no dijo que no le había gustado. De hecho, yo sabía que, a su manera, la había disfrutado.

También vimos mucho cine en casa. Recuerdo un pase especialmente memorable de “Alien, el octavo pasajero” en familia. Yo no debía tener más de siete años, quizá ocho. A menudo apoyaba mi cabeza en el regazo de mi abuela, pero nunca me dormía: era incapaz de hacerlo mientras veía una película, buena o mala, y sigo siéndolo. También vimos las miniseries de “IT (Eso)” y “El misterio de Salem´s Lot”. En la segunda había un susto antológico al final del primer capítulo, y mi abuela esperó en el marco de la puerta del salón, con la bandeja de la cena en las manos, a que se lo dieran. Los restos de la cena volaron por el salón y todos nos reímos a gusto. Mi abuela no estaba dispuesta a perderse una buena escena, aunque el precio a pagar fuera tener que barrer luego el suelo.

Mi abuela murió en 1996, pocas semanas antes de que yo volviera a vivir a Madrid, después de una década en Albacete. A veces pienso en cuántas películas dejamos de ver juntos. Pero la mayoría de cines a los que íbamos han cerrado y se han reconvertido en tiendas de ropa o gastromercados, y también me alegro de que no llegara a ver eso. Para ella, el cine seguía siendo algo grande, algo importante; no la misma película de superhéroes en setecientas pantallas de multisalas de centros comerciales por la periferia de las ciudades. En el fondo, mi abuela supo instintivamente cuándo había terminado la función.

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