Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Albacete, años 90: Los cines

    Candilejas, Capitol, Carlos III, Cervantes, Goya, Gran Hotel, Palafox

Empecé a ir solo al cine en 1989, con once años, aunque mis padres aún no lo sabían. Ellos pensaban que estaba en clase de kárate, su penúltimo intento por despertar mi interés por cualquier tipo de actividad física (el último sería el tenis, donde no logré devolver ni una sola pelota en media docena de frustrantes clases). El kárate no me disgustaba, pero me faltaba ambición y espíritu competitivo para desear el siguiente cinturón, así que pronto perdí interés en él. Acudía al Gimnasio Palas arrastrando los pies, sin ninguna gana de entrar en ese vestuario que en invierno olía a calcetín sudado y rezumaba homoerotismo adolescente, palpable aunque aún no supiera ponerle nombre a aquello ni sospechara si podía llegar a gustarme o no.

Sí podía intuir, en cambio, que mi carrera en este arte marcial se detendría antes de llegar al cinturón verde. Cada vez que me calzaba el kimono deseaba, para mis adentros, estar en el sofá de mi casa viendo “Kárate Kid” mientras me ventilaba un paquete de galletas Príncipe de Beukelaer. Pronto descubrí que podía saltarme alguna clase sin que el gimnasio diera la voz de alarma. Mataba el tiempo en el piso bajo de la Juguetería Legorburo, repasando la última remesa de figuras de Másters del Universo y las  nuevas cintas de CinExin que tanto el encargado como yo sabíamos que no compraría.

Un día tuve una revelación: podía ir al cine durante ese tiempo extra que me proporcionaba fumarme una clase de kárate. Suponía que mis padres no verían con buenos ojos que un niño de once años se metiera solo en la oscuridad de la sala un martes de invierno, pero de todos modos ya estaba traicionando su confianza, así que, ¿por qué no hacerlo a lo grande? Revisé la cartelera planeando la jugada. Durante los once años que viví en Albacete, de 1985 a 1996, nunca hubo más de ocho salas (y otras tantas películas en proyección) en la ciudad; por tanto, mis opciones eran limitadas. Escogí “Rain Man”, que ya había visto con mis padres pero que se proyectaba en el cine que más me convenía, el Gran Hotel.

Subir de nivel en mi carrera delictiva me proporcionó una sensación de euforia. Sentado en mi butaca de una platea semivacía mientras contemplaba al tío de “Top Gun” maltratar a su hermano autista, me sentía encantado conmigo mismo hasta que comprendí que la película era demasiado larga como para poder justificar mi ausencia en casa. Abandoné la sala treinta minutos antes de que la proyección terminara, mascullando mi desdén por la oscarizada cinta para que el acomodador y el encargado del bar no sospecharan de las verdaderas razones de mi marcha.

Podía haberme quedado a ver el final. Lo primero que dijo mi madre cuando entré por la puerta fue:

-Tú no has ido hoy a kárate.

Me desarmó su convicción y tuve que confesar. Cuando le pregunté cómo lo había averiguado, respondió:

-Cuando vas a clase, vuelves con los cuellos de la camisa por fuera del jersey. Hoy aún los llevas por dentro, como te los puse yo esta mañana.

Fue a partir de enero de 1991, cerca ya de cumplir los trece años, cuando empecé a ir solo al cine con la aprobación de mis padres. Sencillamente, ni mi familia ni mis amigos estaban dispuestos a seguir el ritmo de películas en cartelera que yo consideraba imperativo ver. El viernes por la tarde se convirtió para mí en el mejor momento de la semana, cuando podía soltar los libros y correr al cine a ver una película, cualquier película.

Cierto que las salas de Albacete no eran la panacea. Por ejemplo, el cine Goya estaba ubicado en un sótano y olía constantemente a humedad; el cine Candilejas había sido sala X durante la década de los 80, y la tapicería de sus butacas tenía todo el aspecto de ser la misma que en sus años sórdidos; y el cine Gran Hotel había conocido tiempos mejores y su lámpara de araña, pendiendo ominosa sobre nuestras cabezas, acumulaba polvo y bombillas fundidas que nadie reemplazaba. A la cartelera tampoco se le podía pedir milagros. Con un embudo de siete pantallas, lo único que entraba por ahí eran las superproducciones de estrellas de Hollywood del momento: Eddie Murphy, Bruce Willis y Julia Roberts. Yo no hacía ascos a nada, pero me moría de envidia cada vez que visitaba Madrid y comprobaba que la cartelera rebosaba de películas de todos los géneros y todas las épocas.

Las siete salas de Albacete pertenecían al mismo grupo exhibidor, la empresa familiar Salzillo. No tenían competencia y no les preocupaba satisfacer a unos espectadores que, de todos modos, no eran demasiado exigentes. Ese adolescente que cada viernes por la tarde se presentaba sin falta en alguna de sus salas se convirtió en un pequeño tormento para unos proyeccionistas veteranos a los que no les gustaba nada verse señalados por su indolencia. Tampoco es que me hicieran mucho caso: recuerdo su desdén cuando les indiqué que estaban proyectando “Boca a boca” con los rollos cambiados. Ellos insistían en que la copia “venía así” del laboratorio y vimos aquella película remontada de forma caótica hasta el final. Tal vez pensaron que Manuel Gómez-Pereira intentaba subirse a la ola de Quentin Tarantino copiando su narrativa discontinua, tan de moda en aquella época gracias a “Pulp Fiction”. Ningún otro espectador reclamó aquel día ante el disparate. El público que acudía al cine en Albacete en los años 90 era manso y distraído, y bastante dado a pensar en voz alta. Me acostumbré a ocupar siempre una butaca en el pasillo lateral para alejarme de los espectadores más ruidosos; y sigo haciéndolo hoy en día cuando voy solo al cine.

Me daba igual. Tras los sempiternos anuncios locales de Lámparas Contreras y Joyería Mompó (a punto ya de autodestruirse tras ser proyectados de forma ininterrumpida durante una década), llegaban los trailers y, por fin, la película. Cualquier película. Para mí, una película más siempre era una película digna de ser vista.

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