Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

Albacete, años 90: Los video-clubs

     Electro-Miguel, Imagen, Cineteca’s, Intercast

Mis padres, mi hermana pequeña y yo fuimos a comer al Parador de Albacete un día soleado de 1986. No lo recordaría si no fuera porque, al volver a casa, un vídeo VHS se había materializado por arte de magia debajo de nuestro televisor. Era plateado y a mis ojos refulgía como la espada Excálibur del Rey Arturo.

El vídeo era una larga reivindicación mía que mis padres retrasaron hasta que ya no les quedó otra que claudicar, en un año en el que los video-clubs brotaban por todas partes como setas. Mi abuelo materno, que compraba sus snacks salados de marca blanca en tarros de gran tamaño porque adquirir el estándar de Risi o Matutano le parecía un exceso, no dudaba en cambio en gastar un dinero que (con frecuencia) no tenía en el último avance audiovisual doméstico. Así, hacía tiempo que había comprado su segundo vídeo y se dedicaba a copiar cada cinta que alquilaba en el vídeo-club, aumentando día a día una colección privada que yo disfrutaba cada vez que visitaba a mis abuelos en Madrid, pero que sobre todo multiplicaba mi angustia por no tener mi propio vídeo y mi propia colección.

Y ahí estaba. Claro que un vídeo sin cintas era tan útil como una pistola sin balas, así que rápidamente arrastré a mi padre a la tienda de electrodomésticos que había justo debajo de mi casa, Electro-Miguel, que había reservado un rincón como modesto video-club para no quedarse fuera de un mercado en alza. Las cintas estaban presentadas por el lomo y dentro de vitrinas acristaladas, lo que no era la manera más atractiva de hacerlo, pero como primera aproximación al mundo del alquiler de vídeos me valía. De todos modos, llevaba tiempo pasando por allí y estudiando las carátulas, así que sabía lo que buscaba. La primera película que alquilé fue “El imperio contraataca”.

El vídeo expandió enormemente mis posibilidades de ver películas, hasta entonces limitadas a la buena voluntad de mi familia de llevarme a las salas o a aquellas emisiones de RTVE que se consideraran adecuadas para un niño de ocho años. Mis padres debieron intuir lo importante que era aquello para mí, porque el día de otoño de 1986 que “Indiana Jones y el templo maldito” se editó en VHS me permitieron saltarme el colegio para estar en la puerta de Electro-Miguel a las diez de la mañana y ser el primero en alquilarla.

Sé que hice la comunión en la primavera de 1987 vestido como un mamarracho porque una humillante sesión de fotos de estudio así lo atestigua. Es posible que entonces naciera mi aversión a sonreír frente a la cámara. Sea como sea, mi único recuerdo imborrable de aquel día es el de recibir nueve películas copiadas por mi abuelo y un mueble donde almacenarlas. Lo más emocionante era la promesa generada por todo el espacio sobrante en aquel armario, que yo estaba determinado a llenar con mi propia colección de cintas en pocos años.

Electro-Miguel no tardó en quedárseme pequeño. El siguiente paso era el video-club Imagen, que ocupaba dos plantas en un amplio local a dos minutos de mi casa (para los albaceteños más jóvenes, es el mismo espacio que ahora ocupa la librería Herso). En el Imagen sí se tenía en cuenta la buena presentación de las carátulas en los expositores, y además se decoraba con la publicidad enviada por las distribuidoras. Un mundo se abrió ante mí el día que descubrí que aquellos pósteres y troquelados de cartón acababan casi siempre en la basura. Les ahorré trabajo a los empleados arrastrando algunos de aquellos troquelados hasta mi casa, para estupefacción de los viandantes que me contemplaban como se contempla a una hormiga arrastrar una brizna de hierba que duplica su tamaño. Un Freddy Krueger a tamaño natural y un expositor de la serie completa de James Bond decoraron mi habitación durante años.

Me convertí en un maestro a la hora de expurgar la publicidad de las películas que grababa de la televisión. Cuando llegaba el intermedio, dedicaba un par de minutos a retroceder al punto exacto de la cinta en el que la película fundía a negro y entraba el logotipo del canal. Le daba al STOP. Sabiendo que la cinta no podía estar en PAUSE más de dos minutos, calculaba mentalmente el tiempo restante hasta la vuelta de la película; entonces le daba al PAUSE y acariciaba el botón del REC como un pistolero su revolver antes de un duelo, hasta que volvía la película y yo disparaba. Décadas después, aún me enorgullece poder decir que algunos de aquellos empalmes eran tan brillantes que resultaban imperceptibles para la mayoría.

Las películas grabadas de la televisión no tenían carátula, claro. Algunas revistas de cine te proporcionaban los pósteres de las películas emitidas para que crearas tus propias carátulas, y eso hacía yo: recortaba, pegaba, estructuraba, creaba textos y logotipos, ignorante de que aquello era algo digno de llamarse una profesión. El concepto de diseño gráfico era demasiado abstracto para un niño que vivía en Albacete en 1990. Simplemente, sabía con certeza lo que me gustaba y lo que no.

A finales de 1990 convencí a mis padres para tener un perro. La decisión estaba tomada y parecía irreversible, hasta que mi padre, tal vez a la desesperada, preguntó:

-¿Qué prefieres, un perro… o una tele y un vídeo en tu cuarto?

El hombre sabía cómo manipularme. No lo dudé ni un instante. El perro tendría que esperar.

No recuerdo qué me empujó a cambiar de Imagen a Cineteca’s. Tal vez fuera que las distribuidoras empezaron a editar películas en venta directa (a 2.995 y 1.995 pesetas, dependiendo de la frescura del lanzamiento), e Imagen prefirió concentrarse en el alquiler. O puede que Cineteca’s tuviera un fondo de catálogo más amplio de clásicos y cine independiente que a mí me interesara ver. Me hice amigo del dueño; todo lo íntimos que pueden hacerse un niño de doce años y un adulto que establecen una relación comercial en la que el primero es el mejor cliente del segundo, claro. Solo en una ocasión me dejé aconsejar por él y me tragué un bodrio infumable. Comprendí que alguien que trabajaba de diez a diez en su propio negocio no era el más adecuado para recomendar películas que no tenía tiempo para ver, y nunca volví a pedirle consejo.

No guardo un cariño especial al último video-club que frecuenté en Albacete, el Intercast. Ya era adulto, me había marchado de la ciudad, y la única razón por la que visitaba este local abierto a finales de los 90 era porque quedaba cerca de la casa de mi madre. Estéticamente, era una burda imitación de la franquicia Blockbuster (hasta el punto de merecer una demanda por publicidad engañosa, creo yo), replicando también el concepto de llenar sus estantes con infinitas copias de las novedades más recientes. Se evitaba así la frustración generada porque la película que deseabas estuviera siempre alquilada y te resultara inalcanzable, pero también se perdía la sensación de triunfo que te embargaba cuando por fin la conseguías.

Qué puedo añadir. Yo era el idiota que devolvía las cintas correctamente rebobinadas al video-club; que le quitaba el polvo una por una a las fundas de mi propia colección, algo que (estoy seguro) no muchos adolescentes hacen; y que cometió el error de su vida deshaciéndose de sus VHS con la llegada del DVD, sin conservar al menos todas aquellas carátulas guardadas en una carpeta por pura nostalgia. La cinta VHS era un fetiche que hacía tangible todo lo que yo amo del cine, y lo lamento por aquellos que no vayan a conocer otra cosa que la frialdad eficiente del VOD. Nadie va a recordar dentro de un cuarto de siglo lo emocionante que fue su infancia dándole al PLAY a cualquier película original de Netflix.

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Una respuesta

  1. elisa zalcman

    MUCHACHOS LOS CONFUNDI CON MI ES CONSUEGRO QUE SE LLAMA IGUAL  TENGO 74 AÑOS NO ES PARA MI IGUAL ME PARECE MUY INTERESANTE SUERTE

    abril 29, 2017 en 4:04 PM

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