Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

“Muchachada Nui”, diez años después

Íbamos en un taxi camino del siguiente bar cuando el Melli (Ernesto Sevilla) mencionó de pasada que la recién finiquitada “La Hora Chanante” iba a continuar con otro nombre en otra cadena, probablemente La 2. Aquello me intrigó: ¿se podía mantener la esencia única de ese programa de Paramount Comedy, con su irremplazable estilo casi amateur, y a la vez profesionalizarlo aumentando presupuesto y equipo? Cuando el Melli sugirió que tal vez hubiera un hueco para mí como realizador de sketches, supuse que iba a averiguarlo. Nuestros caminos profesionales no se habían cruzado en los más de diez años que llevábamos fuera de Albacete, y “Muchachada Nui” parecía el proyecto adecuado para que por fin ocurriera.

Pronto descubrí que la profesionalización iba a ser más bien un caos controlado, como no podía ser de otra forma: ese era el ambiente adecuado para que los singulares talentos de Joaquín Reyes y el Melli pudieran brillar. Una de las cosas a las que más me costó acostumbrarme fue al ruido en la localización o el plató de rodaje. Todo el mundo opinaba y hacía oír su voz por encima de la de los demás, y los que no opinaban simplemente hablaban de sus cosas al mismo volumen. Joaquín no entendía muy bien a qué me refería con los beneficios creativos del silencio, pues no había conocido otra cosa. Ya llevábamos un par de temporadas grabadas, tal vez tres, cuando Joaquín se me acercó el primer día y me dijo: “Acabo de hacer mi primera película. Ahora entiendo lo que querías decir con el silencio en el plató”.

Joaquín era un líder magnífico. Director, guionista y protagonista del programa, compaginaba este trabajo con colaboraciones en otros medios como columnista, dibujante o humorista, y durante la etapa de “Muchachada Nui” nació su segundo hijo. Cualquier persona hubiera sucumbido al ritmo feroz de grabaciones y a la presión, pero Joaquín no tuvo un mal gesto con nadie en cuatro temporadas. Hacer su programa en los términos que él quería le hacía genuinamente feliz, y le compensaba el tener que levantarse cuatro horas antes que el resto del equipo para acabar emparedado en látex durante toda la jornada. El entusiasmo que Joaquín desbordaba contagiaba a todos los departamentos, que trabajaban aún más duro para ayudarle a plasmar en pantalla sus ideas. Aprendí mucho de liderazgo viendo trabajar a Joaquín en “Muchachada Nui”.

Aunque a menudo no era capaz de poner freno a su creatividad, y el programa también se resentía por eso. Las continuidades (la historia protagonizada por un personaje famoso que vertebraba el programa) se grababan en un solo día, junto con el “Celebrity” correspondiente, para optimizar el tiempo que Joaquín pasaba caracterizado, y no era sensato que tuvieran más de doce páginas y cuatro o cinco personajes. En una ocasión tuvimos que lidiar con unas continuidades de veinte páginas y al menos diez personajes, dos de los cuales eran figurantes jubilados sin experiencia alguna como actores. Aquel día vimos amanecer y anochecer en la localización. Mientras se desmaquillaba, Joaquín me juró que había aprendido la lección, pero no era cierto: sencillamente, no podía ponerle puertas al campo cuando escribía.

Otra gran cualidad de Joaquín Reyes como líder era saber reconocer y potenciar el talento a su alrededor: Ernesto Sevilla, Raúl Cimas, Julián López y Carlos Areces estaban en un momento perfecto, con pleno dominio de sus facultades cómicas pero sin perder la frescura del que empieza, y el programa voló alto gracias a todos ellos. Un quinteto cómico de tal nivel no se había visto nunca en España (de ahí las comparaciones con los Monty Phyton), ni parece probable que vuelva a ocurrir pronto, porque no puede planearse: no basta con reunir a gente de talento, han de tener química entre ellos. Y Joaquín, Ernesto, Raúl, Julián y Carlos la tenían.

Todos ellos (a excepción de Carlos Areces) eran, además, guionistas de sketches del programa. Mi favorito era Julián, que tenía un estilo singular entre el esperpento y el surrealismo. Sus guiones eran siempre los más difíciles de ejecutar con nuestras limitaciones (de tiempo, dinero y talento), pero sobre el papel eran siempre únicos. Podía identificar los guiones de Julián aunque no fueran firmados, cosa que no me ocurría con el resto.

Los guiones llegaban a veces el día de antes de las grabaciones. Al cabo de cuatro temporadas, eso condujo a algunos vicios adquiridos en los procesos de producción y, a algunos de nosotros, a una notable frustración por no poder exprimir nunca al 100% el potencial de esos guiones. Pero así era “Muchachada Nui”: con un pie en el amateurismo y otro en la profesionalización. De haber puesto ambos pies en el mismo sitio, puede que no hubiera funcionado.

El quinteto protagonista era la cara visible, pero el programa tenía detrás a un equipo joven, creativo y motivado que achicó agua del barco muchas más veces de las que puedo recordar. Fue un placer trabajar con ese equipo, con una media de edad en el final de la veintena, y varios de ellos participaron después en mis películas “Otro verano” y “The Second Act of Elliott Murphy”.

“La Hora Chanante” tuvo impacto (residual) en una generación de universitarios que quedaron enganchados a un lenguaje nuevo, pero fue “Muchachada Nui”, pese a que rara vez superó el millón de espectadores en sus emisiones, la que verdaderamente llegó a la calle. Hace una década, te cruzabas con pandillas de chavales que iban cantando las canciones del programa (se comprende, eran temazos); o alguien en una fiesta te recitaba de memoria los diálogos y los chascarrillos; o te reenviaban una y otra vez los vídeos del programa en YouTube (sin saber que los habías realizado tú). El alcance popular, ese que no podía medirse con anticuados índices de audiencia, fue enorme. Y sí, me enorgullece haber hecho mi pequeña contribución a un programa que dejó su muesca emocional en una generación de espectadores.

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