Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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Stallone vs. Gere

He encontrado en Google está foto de unos lozanos Sylvester Stallone y Richard Gere que, me parece a mí, rezuma homoerotismo por los cuatro costados:

Sin embargo, Stallone y Gere no eran precisamente amigos en aquella época. Coincidieron en 1974 en el rodaje de The lords of Flatbush (que IMDB afirma que en castellano se tituló Black jackets. Días felices: yo ni confirmo ni desmiento), y el primero hizo que despidieran al segundo. En palabras de Stallone y traducción mía:

“El papel de Chico, que fue interpretado por Perry King, estaba originalmente asignado a Richard Gere. Nunca conectamos. Se paseaba por ahí con una chupa de motorista demasiado grande, como si fuera el más malote caballero de la mesa redonda. Un día, durante una improvisación, me agarró (estábamos ensayando una pelea) y fue demasiado lejos. Le pedí que tuviera más cuidado, pero estaba completamente metido en el personaje y fue imposible entenderse con él.

Estábamos ensayando en Coney Island y era la hora de comer. Decidimos hacer un descanso, y el único sitio en el que se estaba caliente era en el asiento de atrás de un Toyota. Me estaba comiendo un perrito caliente cuando él entró con medio pollo cubierto en mostaza, con el aceite prácticamente chorreando del papel de plata. Yo dije: “vas a pringarlo todo con eso”, a lo que él contesto “qué va, no te preocupes”. Le advertí: “si me manchas los pantalones te vas a enterar”.

Apenas mordió el pollo, un grasiento río de mostaza aterrizó en mis pantalones. Le agarré por la cabeza y le arrojé fuera del coche. El director tuvo que hacer una elección: uno de nosotros tenía que irse, uno de nosotros tenía que quedarse. Richard recibió la carta de despido, y desde entonces hasta hoy me odia seriamente. Incluso cree que soy el único responsable del rumor del hámster. Lo que no es verdad… Pero ése es el rumor”.

Pues esa es la historia. Para rematar este post homoerótico de Stallone con una pátina artística, ahí va una polaroid de Warhol:

(Sí, yo también pienso que Andy a veces era un jeta).

 

 


Clandestino sabe mejor

El día de los muertos no es solo mi película de zombies favorita de George A. Romero, sino probablemente de toda su filmografía (en dura pugna, por motivos sentimentales, con Creepshow). Desde luego, fue la que más me aterrorizó de la trilogía original: recuerdo la primera vez que la vi, a los trece años, en casa de mis abuelos de madrugada. Coño, qué miedo pasé y cuánto me costó dormir después. Qué maravillosa sensación.

Y lo que más me gustaba era que nadie más sabía de su existencia. En mi pequeño universo (Albacete, 1991), ninguno de mis parientes y conocidos había oído hablar de El día de los muertos. No había tenido ningún impacto en las carteleras cuando se estrenó en 1987, con dos años de retraso con respecto a los U.S.A., ni era fácil de localizar en VHS, editada por una marca ya extinta. Yo me hice con una copia de segunda mano rescatada de un cajón de Galerías y la guardé como un tesoro, preguntándome si no tendría en mis manos la última copia en el mundo de El día de los muertos. Estoy exagerando, vale, pero esa sensación de exclusividad era deliciosa. Romero hacía sus películas solo para mí.

El otro día compré en Amazon (Reino Unido) por 8 libras esta edición en Bluray de la película:

Es una edición impresionante, la verdad. Tiene cuatro carátulas distintas, un póster y un cómic; reportajes muy completos (con escenas de un rodaje mitificado que jamás creí que atisbaría) y una imagen y un sonido deslumbrantes. Y todo por diez míseros euros.

Pero… Ya no es esa joyita clandestina. Ya no es mi día de los muertos. Es el de todos los que piensan igual que yo y así lo cuentan en Amazon. Es de dominio público. De la humanidad. Y eso me hace pensar que internet nos comunica, nos globaliza, sí… aunque también nos roba algo a cambio.

¿Dónde estará mi rosoño VHS de El día de los muertos?


Carlos

No quise ir a ver Carlos al cine porque, sencillamente, no quería ver una versión mutilada: comprendo que no podían estrenar una película de 330 minutos, pero tratar de sintetizar esta historia en 160 se carga toda su épica. Esta semana por fin he podido ver la versión íntegra y, sí, es una maravilla. Me hubiera gustado mirar por un agujero en la primera reunión con Canal Plus Francia, cuando Olivier Assayas explicaba: “Será una trilogía de películas, en Scope, habladas en media docena de idiomas, que transcurrirá en otros tantos países durante dos décadas”. Y sí, lo fue. Prueba a soltar esa frase en España…

Recomiendo encarecidamente Carlos. Entre otras muchas cosas, por la magnética interpretación que Edgar Ramírez hace del terrorista Illich Ramírez Sánchez, alias Carlos, alias El Chacal. Este, sin embargo, no ha visto con buenos ojos su retrato y, desde la cárcel donde cumple cadena perpetua en París, le escribió al actor la siguiente carta:

“Mensaje para Edgar Ramírez,

Hace casi cinco siglos, los “conquistadores” españoles descubren una mina explotada por los nativos americanos, donde fundan la ciudad lobata, la más antigua en el estado de Táchira, Venezuela. Un conquistador llamado Ramírez es antepasado común de nuestros descendientes que colonizaron otras áreas, como La Grita – su industria – y Michelena, fundada por mi abuelo y sus amigos, ya lleno de gente en Lobata. Familias Michelena se han distinguido en la sociedad y la historia moderna de Venezuela como un prefecto, maestros, farmacéuticos, abogados, militares, ingenieros… Que ideológicamente, van desde la derecha conservadora a la izquierda comunista.

Ninguno de ellos ha traicionado a nuestro país al convertirse en un agente de potencias extranjeras. Ninguno de ellos ha deshonrado a nuestra familia. ¿Por qué, Edgar, aceptas el distorsionar la verdad histórica? ¿Por qué te prestas a la propaganda contra-revolucionaria difamando al más famoso de los Ramírez? Yo me mantengo en firme, intransigente sobre los principios transmitidos por mi padre, y renuncio a venderme a un imperio decadente. Edgar, no dejes que la gloria efímera, el caldo de Hollywood te haga girar la cabeza. El renombre mediático es algo pasajero. No se puede sustituir por el respeto, el honor, la realidad.

¡Viva nuestra Venezuela Bolivariana! ¡Viva nuestra Tierra Santa de Palestina! Dios es el más grande.

Carlos, Poissy, 14 de mayo de 2010”.

¿Tres tertulianos de Crónicas marcianas? No, Carlos El Chacal en tres momentos de su vida:

Y también tiene Carlos algunas puntualizaciones que hacer sobre la inexactitud de su imagen cinematográfica, a saber: “Nunca he tomado anfetaminas u otras drogas en mi vida”; “Nunca visité ese hotel en Bagdad”; “No usé cadenas de oro, no camino descalzo y no soy un amante de prostitutas”. Aparte de eso, parece conforme con aparecer como un sociópata desalmado, mesiánico y megalómano. ¡Me encantaría oír la opinión de Carlos sobre The Jackal y Caza al terrorista!


Algunas pelis que te entran ganas de revisar después de ver “Drive”

Vivir y morir en L.A. (William Friedkin, 1985):

8 millones de maneras de morir (Hal Ashby, 1986):

Black rain (Ridley Scott, 1989):

Ladrón (Michael Mann, 1981):

Collateral (Michael Mann, 2004):


Ed Wood

Me gusta tan poco lo que han hecho Tim Burton y Johnny Depp juntos en los últimos quince años que a veces olvido que una vez parieron una obra maestra. Es un pequeño milagro que, de una historia deprimente como la del director Edward Davis Wood Jr., un amante del travestismo que murió alcoholizado a los 54 años, pudieran extraer una película tan tierna y vitalista como esta. Y, ahora que he rodado mi primer largometraje en condiciones probablemente no menos precarias que Plan 9 from outer space, encuentro inspirador a ese Ed Wood inasequible al desaliento, siempre con una sonrisa de oreja a oreja cuando está rodando (o intentando rodar).

También me resulta conmovedora esa escena en la que Wood y Orson Welles se encuentran en un bar, justo cuando el primero siente que empieza a flaquear, y se da cuenta de que ambos creadores, patán y genio, comparten las mismas angustias y los mismos éxtasis. Evidentemente, el encuentro solo ocurre en la cabeza de Wood, pues Welles tiene un aspecto físico idealizado, nada acorde con su sobrepeso de mediados de los 50. Pero se cumple el propósito: Wood vuelve al rodaje de Plan 9 con energías renovadas. Nadie va a impedirle completar su visión.

Ed Wood es, al fin y al cabo, un canto a la amistad. Como pregunta Bill Murray admirado, poco después de haber sido bautizado en una piscina por los baptistas que van a financiar el nuevo delirio del director: “¿Cómo consigues que tus amigos se bauticen para hacer una peliculilla de terror?”. En la extravagante tribu que rodea al Ed Wood de Burton (el decrépito y morfinómano Bela Lugosi, el falso vidente Criswell, la altiva Vampira, el luchador sueco Tor Johnson, el amanerado Bunny Beckinbridge) nadie juzga a nadie y todos se apoyan en los demás para seguir adelante.


No he mencionado todavía que Ed Wood está maravillosamente rodada y fotografiada en blanco y negro; que la recreación de todo el universo Wood y de los años 50 en general es impecable; que la banda sonora de Howard Shore es una de sus mejores, lo que ya es decir (Danny Elfman andaba a la gresca con Burton en aquella época), y que el maquillaje de Rick Baker ganó el Oscar con todo merecimiento. Pero eso son detalles menores. Lo que recuerdas de Ed Wood es su mensaje, que vendría a ser más o menos el mismo que Rocky: “No dejes que los demás decidan cuánto vales. Demuéstrate a ti mismo que se equivocan”.

Recomiendo Ed Wood.


Bill Murray, un genio

Una vez al año aproximadamente redescubro a Bill Murray. No se me ocurre nadie con un talento cómico equiparable al suyo, tan genuino: Bill Murray es capaz de hacerme reír, no ya cuando aparece en una película, sino incluso en una fotografía. Aquí están las pruebas.


Star Trek: La película (1979)

Atención trekkies madrileños: en la librería Books Center (c/Luchana 6, metro Bilbao) hay toneladas de ejemplares de todos los volúmenes publicados por la editorial Alberto Santos sobre Star Trek, al ridículo precio de dos euros cada uno. Podéis encontrar desde las guías de episodios de La conquista del espacio, La nueva generación o Espacio profundo 9 hasta las autobiografías de William Shatner y Leonard Nimoy.

Empujado por este arrebato de nostalgia, me dio por poner anoche el dvd de Star Trek: La película, posiblemente la cinta de ciencia-ficción más fascinantemente tediosa de la historia del cine: ríete tú de 2001 o Blade runner. Hay una escena de, no exagero, ¡seis minutos de duración!, en la que el almirante James Tiberius Kirk se acerca al Enterprise en una cápsula auxiliar que parece que nunca va a terminar de acoplarse a la nave principal. Es como ver crecer la hierba.

Kirk se pasa la película advirtiendo del tiempo que resta hasta que un ente desconocido y destructor llegue a la Tierra, pero no hace gran cosa al respecto; todo el mundo viste un pijama gris que aburre de solo mirarlo; el 70% de las escenas son diálogos filosóficos que tienen lugar en el puente de mando del Enterprise; no hay ni una sola escena de acción… El único que demostró tener sangre en las venas en este proyecto fue Jerry Goldsmith, que se marcó una partitura de las que provocan erecciones.

En fin, que Star Trek: La película sigue siendo tan coñazo como la recordaba de mi infancia. Lo malo es que esta bola ha echado a andar y ya no puedo pararla: esta noche tendré que ver Star Trek II: La ira de Khan. Que es bastante más divertida, ¡gracias a Dios!


Crazy, stupid, love

El otro día vi Con derecho a roce. Bueno, en realidad ya la había visto hace seis meses con otro título, Sin compromiso. Si tuviera que quedarme con una de las dos, diría que esta última era infumable, y la de Mila Kunis (también salía el de La red social, creo), solo detestable. Falsas comedias románticas modernas en las que, desde la primera secuencia, están hablando de cunnilingus y sexo anal, pero a la hora de la verdad siguen cubiertos por la misma sábana multicapa que se utilizaba en el cine de los años cincuenta. La única diferencia es que ahora se acuestan antes de estar casados.

Pero no quería hablar de esos dos bodrios, sino de Crazy, stupid, love, la película que me ha devuelto (un poco) la fe en el género romántico. Su estructura es parecida a la de Love actually, aunque tarda en revelarse como una película coral y es más sutil que aquella en perseguir sus objetivos. Pero lo consigue: los personajes caen bien y sus historias importan. Y es divertida. ¿Cuál fue la última comedia romántica que viste que realmente fuera cómica? Tiene además Crazy, stupid, love estupendos detalles de guión y puesta en escena. Y nadie desafina en el reparto, aunque Kevin Bacon se esté poniendo bastante grimoso con la pitopausia, pero su papel se lo permite.

No sumaría esta película a la lista de mis comedias románticas favoritas (Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally, Alta fidelidad, 500 días juntos), pero seguro que volveré a verla un par de veces en los próximos años, cuando la encuentre en algún canal a las cuatro de la tarde*. Más de lo que puedo decir de Con derecho a roce o Sin compromiso.

*Cuando me compre una tele…


Murciélagos

Me ha pasado algo chocante.

En el verano de 1989 la película de moda era Batman, y su logotipo estaba por todas partes en toda clase de merchandising:

Y recuerdo mi indignación cuando mi madre afirmaba que era incapaz de distinguir la silueta de un murciélago en la imagen: que lo único que lograba ver eran unas amígdalas. Supongo que al niño de once años que era entonces le cabreaba que equiparan el mítico símbolo de Batman a una jodida radiografía.

El otro día vi el primer cartel de The dark knight rises, la próxima película de Batman:

Todos los comentarios en internet lo elogiaban. Yo sólo acertaba a pensar: “¿De qué narices hablan? Son piedras que caen desde lo alto de rascacielos que se desmoronan. No es para tanto”. Hoy he vuelto a ver el cartel sin prestarle toda mi atención. Simplemente ha aparecido delante mío y he dejado vagar la vista sobre él. Y entonces lo he visto. ¡El cielo es la silueta de un murciélago!

No he extraído conclusiones de esto. Tal vez que la percepción y agudeza visuales, o la falta de ellas, son hereditarias. O que algunas personas no quieren ver murciélagos ni aunque los tengan delante de sus narices. Yo qué sé.

Pero es un cartel chulo, la verdad es que sí.


El extraño caso de Michael Cera y Jesse Eisenberg

Si te has preguntado quién cojones es ese desgarbado y ubicuo jovenzuelo que protagoniza todas películas de instituto y universidad americanas del último lustro, he aquí la respuesta al enigma: no es uno, son dos. Tranquilo, a todos nos ha pasado.

El de la foto de arriba es Michael Cera, intérprete de Supersalidos y Juno; y el de la foto de abajo es Jesse Eisenberg, el neurótico antihéroe de Zombieland y La red social. Seguramente se odian porque, cada vez que uno intenta negociar su sueldo por participar en una película, el productor ejecutivo desalmado de turno le recuerda que siempre pueden llamar al otro. Y así, sin comerlo ni beberlo, se van hundiendo mutuamente.

Todo esto viene a cuento porque, hasta que no puse el DVD en el reproductor, no tuve claro cuál de los dos protagonizaba Scott Pilgrim contra el mundo. Resulta que es Cera.

Esta peli es una de esas que no comprendes muy bien por qué se te escapó en el cine. Sospecho que no soy el único y que, como Zombies Party, la primera de su director Edgar Wright, acabará alcanzando un estatus de culto.

Y merecidamente, porque es fresca y divertida, con un lenguaje visual propio, e incluso sus escenas de acción están muy bien rodadas (algo insólito en las comedias). La única pega es que se alarga 15 minutos más de lo necesario: si durara 90 minutos, sería perfecta.

Recomiendo Scott Pilgrim contra el mundo.


Feliz cumpleaños, Bob

Robert Allen Zimmerman, natural de Minnesota, cumple 70 años el próximo martes. Es una leyenda desde hace casi medio siglo. Como pequeño homenaje, recupero un texto que escribí la última vez que lo vi en directo, en 2008.

Leyendas en concierto: Bob Dylan

¿No es increíble que en 2008 estemos hablando de Bob Dylan? Y no en pasado, precisamente. Once conciertos por España en las últimas dos semanas no son más que otra pequeña muesca en el revólver de alguien que ha decidido morir con las botas y el sombrero puestos, encima de un escenario. Estadísticamente es muy probable que lo consiga, pues Dylan no para nunca: tiene la mirada puesta en el siguiente concierto antes incluso de que los espectadores del anterior hayan terminado de aplaudir. A algunos nos gusta acompañarlo de cuando en cuando, en esa huida hacia delante.

En su interesante libro Crónicas describe su hastío a finales de los ochenta por verse rodeado de un público de su quinta, que ya no esperaba nada de él excepto la previsible retahíla de grandes éxitos mal desempolvados. Decidido a no convertirse en una momia en vida, probó a reinventarse por el camino de retorcerles el brazo a las canciones hasta que a éstas les cambiara la cara por completo. También planeó con un promotor un calendario de conciertos, basado en un ciclo bienal que lo situara en las mismas ciudades cada dos años. Económicamente no era el plan más sensato, pero Dylan estaba convencido de que así renovaría a su público, pues los viejos dejarían de acudir, mientras que los jóvenes volverían al cabo de dos años acompañados de caras nuevas. Su audacia tuvo recompensa: encontró una forma de que sus himnos de siempre dejaran de sonar trillados, y captó a nuevos adeptos.

Desde entonces no ha dejado de girar, en lo que se denominó de modo extraoficial el Neverending Tour (la Gira Interminable, vaya). No sé si Dylan ha retomado su idea del plan bienal, pero lo cierto es que ha pasado tres veces por Madrid desde 2004. Si volviera dentro de dos años, lo haría con setenta ya cumplidos, así que es justo preguntarse por qué no se lo toma con más calma, canta las canciones que la gente quiere oír, se deja querer… Pues porque es Bob Dylan, coño. Y chitón.

No es fácil ser fan suyo. Harto de que su público se lo perdone todo, él ha decidido ser exigente con ellos. Requiere paciencia y atención (dos cualidades no muy corrientes hoy en día) disfrutar de un show del viejo Bob. Más vale que te guste la música, porque no vas a encontrar ninguna válvula de escape en pantallas o juegos de luces que te distraigan. Tampoco esperes que el hombre corra de un lado a otro del escenario como Mick Jagger. Sólo son media docena de músicos tocando a la vez; si te gusta, bien, y si no, mala suerte para ti… Dylan no saluda, no hace chistes entre canción y canción, no regala nada. Es un músico, no un showman.

En julio de 2004 lo vi en la Huerta del Palacio Arzobispal, en Alcalá de Henares; en julio de 2006, en el festival Viajazz, en Villalba; y anoche, en el festival Rock in Río, en Arganda del Rey. Con Dylan se da la paradoja de que todos sus conciertos son iguales y distintos a la vez. Completamente intercambiables uno por otro, pero singulares por cuanto su repertorio rara vez se repite dos veces, e incluso la interpretación de las canciones varía de una ocasión a otra. Sumando los tres conciertos, creo haber escuchado casi todos los clásicos de los sesenta y setenta: Mr Tambourine man, Blowin´ in the wind, Just like a woman, Simple twist of fate, All along the watchtower, I want you, Forever young… aunque la mayoría de las veces resulten irreconocibles, tan transformadas que sólo el estribillo te resulta vagamente familiar.

El Dylan del siglo XXI no toca la guitarra sino el piano, desafina que da gusto y más de una vez entra con su armónica a destiempo. No pretendo defender lo indefendible, pero a mí me hace sonreír por una razón: lo hace porque quiere. Estoy seguro de que puede cantar mejor, tocar mejor y salir triunfante, y no lo hace porque prefiere arriesgarse y probar algo nuevo. En esta espiral de locura con su propia lógica interna, Dylan ha sumado la carraspera al desafine para conseguir una voz que es como si te hablara el mismísimo Satanás. A mí me parece la bomba.

Con este bagaje se presentó anoche en Rock in Río. Al menos, en los anteriores conciertos, los espectadores eran en su mayoría seguidores del artista; pero en un festival sin rumbo ni criterio como éste, el público era, por decirlo suavemente, heterodoxo. Es seguro que la mayoría tenían en su cabeza la imagen del trovador en blanco y negro de los años sesenta, una cosa domesticada en comparación con los tiempos que corren. Se equivocaron.

Como siempre, Dylan había advertido que no quería que grabaran el concierto, así que los cámaras se marcharon del escenario. No contaba el músico con la picaresca española, puesto que la cámara frente a él seguía funcionando sin operador. Así que, por una vez, pudimos ver el careto de Dylan a lo grande en las pantallas, estudiar los surcos de su rostro y convencernos de que la leyenda no puede ganarle la partida al hombre, que al fin y al cabo, es casi un anciano. Pero también descubrimos algo más, algo que hubiera pasado desapercibido salvo para los espectadores de las primeras filas: al final de la primera canción, Dylan miró a sus músicos y soltó una carcajada. ¡Hostia, es humano! ¡Era eso lo que trataba de ocultar! Incluso me pareció verle bailar como Chikilicuatre en uno de los temas más animados… Quizá advertido por su manager de que el festival le había jugado una mala pasada con las pantallas, Dylan alargó cuarenta minutos más de lo previsto su concierto, que tenía que haber durado apenas una hora. Los dylanitas, felices, y los organizadores tirándose de los pelos, supongo. Una vez más, él bueno de Bob rió el último.

La única concesión para el gran público fue el cierre del concierto con Like a rolling stone, que todas formas cantó como le vino en gana. La banda se acercó entonces al borde del escenario para saludar. Si esa fue la primera ocasión en la que Dylan miró al público, es seguro que se preguntaría qué cojones era aquel circo con tirolina, noria y puestos de Toyota y El Corte Inglés que rodeaban a los espectadores. Ah, sí, debió pensar, el festival ridículo ese. Aunque para Dylan sólo era el concierto del domingo: sesenta segundos después, con el pie apoyado en el primer escalón de su autobús (bueno, él lo llama hogar), su cabeza estaría ya en el concierto del lunes. Como un canto rodado que no se detiene nunca.


Fast & Furious 5

Acabo de pagar por ver la quinta entrega de una serie cuyas predecesoras había, no solo ignorado, sino directamente denostado. Escribo estas líneas para intentar comprender las razones por las que quise ver esta película, que por cierto me ha gustado bastante.

Con cierto esnobismo por mi parte, siempre he pensado que la saga Fast & Furious no era para mí. Bueno, mis prejuicios tenían fundamento, porque no me interesan ni el reggaeton ni el tuning (y me quedo corto: ni tengo carnet de conducir ni sé de qué color es el coche de mi madre). De hecho, la propia franquicia también debe pensar que sus espectadores no son “sofisticados”, porque al término de esta quinta parte aparece una cartela tipo Jackass, que advierte que no hay que intentar repetir las burradas que hemos visto, realizadas por especialistas. No, si ya, no planeaba saltar de un deportivo descapotable mientras éste cae por un puente.

Luego está Vin Diesel, la estrella más implausible del Hollywood moderno; porque, si lo que define a una estrella es una combinación de talento, belleza y carisma, Vin sólo hace gala de un poquito de esto último (y eso dentro de un cuerpo que cada vez se parece más a un cubo de basura). Muchos le dimos por muerto cuando tuvo que volver a esta saga para reverdecer laureles, pero ahí sigue, haciéndose rico y con combustible para diez años más.

Claro que, no hay más que ver la foto de arriba para darse cuenta de que es un pedo mal tirado al lado de The Rock, cuyo único patinazo en esta vida fue su empeño en renunciar a un apodo tan molón por un nombre tan vulgar como Dwayne Johnson. The Rock irradia todo lo que a Vin le falta, y es una pena que no haya tenido acceso a guiones del nivel de los de Schwarzenegger en su época dorada, porque hoy sería el amo del universo. Su presencia en F&F hace la saga diez veces más excitante.

En Fast & Furious 5 (no es el título original, en realidad, pero al menos a esta no la hemos retitulado A todo gas o Aún más rápido, que vaya tela) no podemos tomarnos en serio nada de lo que ocurre, y esa es la clave para disfrutarla. Hay que embelesarse con las tomas aéreas de Río de Janeiro, las curvas femeninas y los coches destrozados, y considerar los diálogos “cómicos” entre los reguetonianos Don Omar y Tego Calderón como interludios en los que desconectar el cerebro.

No doy con las razones por las que quise ver esta película y las anteriores no, pero no descarto ir a ver la sexta entrega si mantiene los niveles de macarrismo y desquicie de esta; y si sale The Rock, por supuesto. Será que, al final, no soy un espectador tan sofisticado como me creo.


Oleanna

No soy un amante del teatro, esa es la verdad. Habré visto una treintena de obras a lo largo de mi vida, y ninguna de ellas, buena o mala, me ha satisfecho de la forma en que lo hace una película. Comprendo que a los actores les resulte infinitamente más estimulante pero, a mí, como espectador, me llena más una pantalla de cine que un escenario.

Oleanna, en la versión que se representa en el Teatro Español de Madrid hasta mediados de junio, es una de las obras teatrales que más he disfrutado; irónicamente, por lo cinematográfica que es.

Para empezar, el dramaturgo David Mamet es además guionista y director de cine, y se nota. Luego, la sala pequeña del Español, con poco más de cien butacas repartidas a ambos lados de un escenario a ras de suelo, evita a los actores el tener que declamar para ser oídos, por lo que su interpretación gana en naturalismo y se hace menos, esto… teatral. 

Además, con esta disposición del escenario, la cuarta pared deja de existir: los actores saben que no les queda otra que dar la espalda a la mitad de sus espectadores. El resultado es que, a menudo, estás viendo el clásico plano/contraplano del cine, con uno de los dos interlocutores en escorzo.

Oleanna es la historia de una lucha de poder entre un profesor y una alumna, ninguno de los cuales es honesto con el otro desde el principio. Jose Coronado está estupendo interpretando al docente (como bien dijo mi acompañante, tienes la impresión de estar viéndolo a través de un agujero en la pared, por la naturalidad con la que se desenvuelve), pero su solidez no es ninguna sorpresa, claro. Ardo en deseos de poder hablar en este blog de su próxima película, No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu, en la que da un auténtico recital interpretativo con aroma a Goya.

Siendo una obra de dos personajes, hubiera sido una catástrofe que Irene Escolar, que interpreta a la alumna, no estuviera a la altura de Coronado. Pero lo está. Y de forma bastante impresionante para una actriz de 22 años en los comienzos de su carrera. Ella es la revelación de la obra: hace que te preguntes de lo que será capaz con diez años más de experiencia encima.

Por todo esto, recomiendo Oleanna.

P.D.: Una de las razones por las que no me gusta el teatro es porque me saca de quicio el empeño de espectadores de la tercera edad en quitarle el envoltorio de plástico a su caramelito con la mayor parsimonia posible, como si eso lo hiciera menos exasperante. El señor que tenía a mi lado casi se ahoga con su tercer caramelo, y yo sólo pude ver cierta justicia poética en ello.


Sidney Lumet (1924-2011)

Hace un rato he rescatado de la estantería el magnífico libro de Sidney Lumet Así se hacen las películas, imprescindible para todo aquel que tenga algún interés en, esto, cómo se hacen las películas. Pensaba subrayar algunos pasajes, pero he descubierto que ya lo hice años atrás, así que me ahorro el esfuerzo.

Acabo de entrar en los periódicos digitales y he descubierto que Sidney Lumet ha muerto hoy a los 86 años de edad. Qué pena.

Dirigió su primera película, Doce hombres sin piedad, en 1957, y la última 50 años después, en 2007, Antes que el diabo sepa que has muerto. Entre medias, películas buenas, mediocres y malas, pero todas ellas sólidas como castillos: Serpico, Asesinato en el Orient Express, Tarde de perros, Network, El príncipe de la ciudad, La trampa de la muerte, Veredicto final, A la mañana siguiente, Un lugar en ninguna parte, Negocios de familia, Distrito 34: Corrupción total, La noche cae sobre Manhattan, Declaradme culpable

Uno de los directores más neoyorquinos que ha habido, con permiso del gafapasta que todos sabemos, y uno de mis héroes. Descansa en paz, Sidney. Te lo has ganado.


Terciopelo azul

Hacía dos décadas que no veía Terciopelo azul, y dudo que en mi preadolescencia llegara a comprenderla. De hecho, tampoco estoy seguro de haberla entendido ahora. Con David Lynch suele pasarme eso, que me quedo con cara de tonto. Lo que no me desagrada del todo.

Ver una película de Lynch en cine siempre es una experiencia divertida. Recuerdo las caras de estupor, de “pero qué cojones…”, de los espectadores del multicine donde vi Carretera perdida. Ayer, en el Círculo de Bellas Artes, un cuarto de siglo después de su estreno, todavía hubo espectadores que se escandalizaron y se marcharon a mitad de Terciopelo azul.

La última vez que intenté verla en televisión desistí a los diez minutos: en TCM, ese canal que alardea de amar el cine, la estaban poniendo en full screen, horriblemente mutilada. Así que no creo que nunca, hasta ayer, hubiera visto Terciopelo azul en su formato original. Y chico, menudo Scope: este Lynch sabe componer.

Esta película le dio una nueva carrera al rehabilitado Dennis Hopper. Aquí ensayó la plantilla del villano enajenado que interpretaría una y otra vez en Speed, Waterworld y tantas otras. Claro que ninguno estuvo a la altura de Frank Booth. Parafraseando a Siniestro Total, “¡Papaíto sale pero volverá mañana!”.

Lo que he sacado en claro viendo Terciopelo azul es que, si te encuentras una oreja en mitad de un bosque, déjala donde está y sigue tu camino.


John Ford

Este mes he visto cinco películas de John Ford en pantalla grande, en el miniciclo que el Círculo de Bellas Artes le ha dedicado. Hubieran sido más si un esguince de tobillo no me hubiera obligado a quedarme en casa el fin de semana.

Nunca he visto Tiburón o La matanza de Texas en cine y eso no me ha impedido apreciar su grandeza; pero en la tele, sencillamente, no es lo mismo. Por eso es tan excitante poder ver algunas de esas películas en una pantalla de cine, el formato para el que fueron pensadas, imaginadas.

Escrito bajo el sol y El último hurra son dos películas menores de Ford, pero entran como la seda y antes de que te des cuenta han pasado dos horas. Pasión de los fuertes es un western magnífico.

Las que más me entusiasmaron fueron las dos más antiguas de todas las que vi, Las uvas de la ira y ¡Qué verde era mi valle!, de 1940 y 1941, respectivamente: te arrastran con la fuerza de una riada en la oscuridad del cine. Es reconfortante que setenta años no puedan hacer mella en la buena narrativa.

Y si mi tobillo me lo permite, esta semana volveré al Círculo para ver en pantalla grande Terciopelo azul, de David Lynch. ¡Se me hace la boca agua!


Un respeto, que es Kurt Russell

Hoy quiero hablaros de uno de mis héroes.

Kurt Russell irradiaba una luz pequeña, pero constante. Nunca fue la estrella más “caliente” de Hollywood, pero siempre estuvo allí. Yo distingo dos etapas de Kurt en mi educación emocional: la del VHS en los 80 y la del cine en los 90.

La primera arrancó para mí con su ciclo Disney: Mi cerebro es electrónico, Un ejecutivo muy mono, Te veo y no te veo… Aún puedo ver esas carátulas blancas de Filmayer. Luego, cuando crecí un poco, el asunto se puso interesante: 1997 Rescate en Nueva York, Frenos rotos, coches locos, La cosa, Golpe en la Pequeña China, Un mar de líos, Conexión Tequila… Nunca alquilé Silkwood o Llamada a un reportero porque tenían pinta de aburridas, pero seguro que las tuve en la mano más de una vez en el videoclub.

La primera película de Kurt Russell que vi en pantalla grande fue Tango & Cash, a principios de 1990. Fue el pistoletazo de salida de la década en la que empecé a ir solo al cine, y abundaron las películas de Kurt: Llamaradas, Falsa seducción, Tombstone, Stargate, Decisión crítica, 2013 Rescate en LA, Breakdown, Soldier… Unas eran mejores que otras, pero todas te transportaban a un lugar de fantasía. Con Kurt podías estar tranquilo: la magia del cine iba a tener lugar.

Su estrella se ha ido apagando en el siglo XXI y, con la excepción del papelón que Tarantino le escribió a medida en Death Proof, no ha hecho nada memorable. No hay prisa: Kurt Russell resurgirá de sus cenizas tarde o temprano. Lleva cincuenta años haciendo películas y no creo que planee morirse antes de haber trabajado otros treinta.

Eres el mejor, Kurt. Entiérralos a todos.

ACTUALIZACIÓN: Kurt Russell resurgió de sus cenizas en 2015, y de qué forma: encadenando Fast & Furious 7, Bone Tomahawk, Los odiosos ocho

 


Juan Piquer Simón (1935-2011)

A diferencia de la del prolífico Paul Naschy hace un año, la muerte de Juan Piquer Simón ha pasado casi inadvertida por los medios españoles. Quizá porque nunca fue ni un gran guionista ni un gran director, pero desde luego sí un pionero.

En la grisura del cine español de los setenta y ochenta, este valenciano fue de los primeros que creyó que podían hacerse otras cosas en este país: cine de aventuras (Viaje al centro de la Tierra), de superhéroes (Supersonic Man), fantástico (La grieta), terror y gore (Mil gritos tiene la noche, Slugs: muerte viscosa) Siempre a rebufo del último gran éxito norteamericano (Superman, Viernes 13, Abyss) pero, en definitiva, cine para disfrutar, no para sufrir.

Es por kamikazes como Jacinto Molina, Chicho Ibáñez Serrador, Jordi Grau o Juan Piquer Simón que hoy ya no arqueamos ninguna ceja cuando se anuncia un proyecto español “de género”.

Sin esos locos que allanaron el camino, quizá nunca se hubieran rodado Acción mutante, El día de la bestia, Los sin nombre, REC, Tesis, El corazón del guerrero, Celda 211, Los cronocrímenes y tantas otras… Y el cine español seguiría siendo aburridísimo. 

Así que sólo puedo decir: ¡Gracias por todo, Juan Piquer Simón!


Espera un segundo…

Esta mañana he abierto los ojos en la cama y me he dicho a mí mismo: “Algo no cuadra”. En realidad lo he sabido durante más de dos décadas, pero siempre me había negado a aceptar la evidencia. Hoy la verdad me ha golpeado como un rayo, nada más despertar.

Tiene que ver con el árbol genealógico de Marty McFly en Regreso al futuro.

En la primera parte, Marty (Michael J. Fox) viaja a 1955 y conoce a sus padres, George McFly (Crispin Glover) y Lorraine Baines (Lea Thompson). Véase la foto:

Después, en la tercera parte, Marty viaja a 1885 y conoce a sus tatarabuelos, Seamus McFly (Michael J. Fox) y Maggie McFly (Lea Thompson), inmigrantes irlandeses recién llegados a América. Véase la foto:

Bien, acepto que Seamus y su tataranieto Marty puedan ser interpretados por el mismo actor, ya que comparten genes; aunque los de éste último serían la combinación de los de George y los de Lorraine, sus padres. Por lo que el tatarabuelo Seamus debería haber sido interpretado por Crispin Glover, pero vale, aceptamos a Michael J. Fox.

Pero, ¿por qué Lea Thompson interpreta a la tatarabuela de Marty? ¡Si cualquier aproximación al genoma de la familia de Lorraine Baines no ocurrirá hasta 1955! ¡No tiene sentido!

Y, bueno… Eso es lo que he pensado esta mañana, nada más levantarme. Quería compartirlo con vosotros.

Aquí os dejo el árbol genealógico de los McFly (pinchad para ampliar):


Inmorales Entertainment: Aquellos maravillosos años

Este fin de semana se ha organizado en Albacete una comida con todos los que formamos parte de Inmorales Entertainment, una pseudo-productora que, durante diez años (de 1993 a 2003), realizó una decena de mediometrajes grabados en la ciudad.

Debutamos con el díptico Sin un ápice de moral / Los inmorales (1993-94), para el que tuve que aprender a manejar la cámara de vídeo de mis padres, pues nunca me había interesado demasiado la parte técnica del asunto.

Nuestro mayor momento de gloria fue Absoluta realidad (1995), mi primera peli de zombies. Se proyectó en el festival Cinema Jove de Valencia y, aunque no nos comimos un rosco, sirvió para que la emitieran de madrugada en Canal 9. Este canal se sintonizaba en Albacete y tuve el placer de ver los créditos finales de mi propia película: el resto me lo perdí por estar viendo un documental de Jean-Claude Van Damme. Tenía 16 años, joder.

Y nuestra obra más decente, la única que le pondría a mis hijos si los tuviera, fue otro díptico, Arde Albacete / Safari (1998-99), también conocidas como “las aventuras de César y Balabuska”. Éstas sirvieron para que nos pagaran algunas copas en los bares de la ciudad, después de que las emitieran por Tele Albacete. Ah, y una chica me dio su teléfono sin que yo se lo pidiera. Nunca la llamé.

Sufrimos mucho, lo pasamos muy bien, y seguramente nos acordaremos de todo ello mientras nos emborrachamos este fin de semana. ¡Qué tiempo tan feliz!


Iconos trabajando

Ésta es una de esas fotos que…


Don´t look now (Amenaza en la sombra)

Recuerdo haber tenido conciencia en mi infancia de que existía una película titulada Amenaza en la sombra, protagonizada por Donald Sutherland, pero siempre pensé que era alguna clase de thriller político setentero como los de Alan J. Pakula. Hoy por fin he podido verla y resulta que es un melodrama de misterio con unos toques de giallo. Y una película preciosa, por cierto.

Tiene una cualidad surreal que emponzoña toda su atmósfera y que hace que, incluso cuando no está pasando nada, te preguntes qué cojones está pasando. Venecia es el escenario perfecto para esta historia, maravillosamente rodada y fotografiada (¡y juraría que no hay ninguna escena en la Plaza de San Marcos!).

Donald Sutherland está magnífico (desconfiaba de él en todas las películas por culpa del final de La invasión de los ultracuerpos) y Julie Christie no ha estado más guapa en toda su vida, que ya es decir. La escena de sexo que comparten es de las más delicadas y sensuales que he visto nunca.

Cuando esta película se estrenó (en programa doble con The wicker man, que espero ver muy pronto), Dario Argento estaba a punto de hacer Rojo oscuro y Suspiria. Es difícil saber si Don´t look now le influyó, pero no me cabe duda de que le encanta. Y la música es de Pino Donaggio (de hecho, su primera banda sonora), a quien Brian DePalma fagocitó pronto para su americanización del giallo.

Han pasado casi cuatro décadas desde que se rodó esta co-producción entre Inglaterra e Italia, y un español la ha disfrutado esta noche como si fuera absolutamente contemporánea. Ésa es la clase de inmortalidad a la que se puede aspirar con el cine.


Dino de Laurentiis (1919-2010)

Ha muerto el productor italiano por antonomasia, ése con un nombre imposible de olvidar una vez que lo has visto en la pantalla.

Una foto de hace una década (no se ha ido joven, el cabrón):

Los periódicos hablan de su primera época, que lo convirtió en un “abanderado del neorrealismo italiano, junto a directores como Fellini y Rossellini”. Aunque para mí, quizá por pura nostalgia infantil, su época más brillante fueron los años 80, en la que produjo a directores como David Lynch, John Millius, Sam Raimi, Michael Mann, David Cronenberg o Michael Cimino.

“Y también necesitaré a Dennis Hopper completamente colocado…” (Lynch vendiendo su proyecto a de Laurentiis, después de casi arruinarlo con Dune).

Títulos míticos (al margen de su calidad): Orca, la ballena asesina, Flash Gordon, Conan el bárbaro, La zona muerta, Dune, Los ojos del gato, Miedo azul, Conan el destructor, El guerrero rojo, Terciopelo azul, La rebelión de las máquinas, Hunter, Terroríficamente muertos, Manhattan Sur, Darkman, El ejército de las tinieblas… ¿Quién no ha tenido en sus manos alguno de estos VHS, saboreando la carátula, preguntándose si la película estaría a la altura de su cartel?

También, por cierto, fue el productor de todos los films sobre Hannibal Lecter salvo El silencio de los corderos, lo que ya es mala suerte; y del remake de King Kong de 1978 y su absurda secuela de 1987.

Una tía con pelotas:

Noventa y un años bien aprovechados: te despedimos con una sonrisa, Dino. Gracias por todo.


Tu cara me suena: Al Leong

(As known as “El chino de los ochenta”).

¡Y no le dieron el título por nada!

La filmografía de Al Leong, de 58 años, inexplicablemente dividida en IMDB entre “actor” y “especialista” (rara vez ha dicho una frase y nunca se ha privado de dar bofetones), es de las que quitan el hipo.

Ha aparecido en la siguientes películas y series de televisión: Golpe en la pequeña China, El chico de oro, Arma letal, Acción Jackson, Magnum P.I., El coche fantástico, McGyver, El equipo A (en tres papeles distintos), Jungla de cristal, Black rain, Las alucinantes aventuras de Bill & Ted, Libertad para morir, Doble impacto, Arma perfecta, El último gran héroe, Rapid fire, Renegado, 2013: Rescate en L.A. y unas cuantas más que ya no recuerda ni él.

Impresionante, ¿verdad? Lo que significa que Al Leong ha sido vapuleado en pantalla por Kurt Russell, Eddie Murphy, Mel Gibson, Carl Weathers, Dolph Lundgren, Bruce Willis, Jean-Claude Van Damme, Arnold Schwarzenegger, Brandon Lee… y lo que es peor, también por Lorenzo Lamas.

Hostias como panes:

No sé cómo se las arregló Sylvester Stallone para evitar entrar en esa lista en los ochenta, pero nunca es tarde. ¡Promovamos la Plataforma Al Leong en Los mercenarios 2!