Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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El anacoreta

Anoche volví a ver El anacoreta (Juan Esterich, 1976), una película que me deslumbró hace años cuando la cacé de madrugada en televisión. Con la proliferación de canales y la vuelta del cine al prime time, por ser uno de los contenidos más asequibles para las teles en estos tiempos de crisis, ayer pude ver El anacoreta a las diez de la noche nada menos (y para eso tuve que renunciar a ver La cruz de hierro de Sam Peckinpah y El submarino de Wolfgang Petersen en otros canales: escarnio eterno para ese millón y medio de espectadores que eligieron ver Resident Evil 2: Apocalipsis).

Anacoreta, según Wikipedia, es aquel que vive aislado de su comunidad y rechaza los bienes materiales, y que se retira a un lugar solitario para entregarse a la oración y la penitencia. El término define bien a Fernando Tobajas (Fernando Fernán-Gómez), que lleva once años viviendo en su cuarto de baño sin salir nunca de él. En el piso viven también su mujer y el amante de esta, administrador de sus bienes. El baño se ha convertido en un pequeño apartamento y Fernando dedica sus días a enviar crípticos mensajes dentro de tubos de aspirinas por el retrete. Una chica deslumbrante, Arabel (Martine Audó), encuentra uno de los mensajes y se desafía a sí misma a sacar al anacoreta de su encierro.

Escrita por Rafael Azcona y el propio director, El anacoreta es una comedia dramática surrealista a mayor gloria de Fernán-Gómez, que ganó por esta película el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1976. Su interpretación es tan natural, tan poco forzada, que casi no te das cuenta de cómo carga la película entera sobre sus hombros y la lleva allá donde Estelrich y Azcona le pidan. Otro actor hubiera hundido este proyecto; Fernán-Gómez, en cambio, lo eleva tan alto como podía llegar.

Sin embargo, El anacoreta es una película coral. La mujer de Fernando, el amante de esta, la criada, Arabel y el millonario inglés enamorado de ella, además de otra media docena larga de secundarios, pululan una y otra vez por la estancia durante los 100 minutos que dura la película. Con gran acierto, la historia nunca sale de los confines del baño (la cámara sí: en un momento determinado vemos su puerta desde el pasillo), y Estelrich hace un ejercicio de imaginación para apurar todos los ángulos y movimientos de cámara posibles en tan reducido espacio. En ocasiones se hace evidente que no es una localización real sino un plató (algo que no ocurría en Madrid 1987, de David Trueba, también ambientada en un cuarto de baño que aún no tengo claro si existe o no), pero a cambio la película resulta de lo más dinámica y evita la claustrofobia de la localización única.

La francesa Martine Audó (o Mantine Andó, según donde busques) aguanta el tipo frente a Fernán-Gómez, y puedes entender por qué el anacoreta casi renuncia a sus principios por ella. Muchos de sus desnudos son completamente gratuitos (pongamos la película en su contexto histórico: rodada y estrenada un año después de la muerte de Franco) pero, ya que el propósito de su personaje es seducir al de Fernán-Gómez y que la historia transcurre en un lavabo, el exhibicionismo parece más justificado que en otras cintas de la época. Y también hay que admitir que Martine poseía una belleza animal digna de ser inmortalizada en celuloide. Parafraseando a Gene Wilder en El jovencito Frankenstein: “Vaya par de aldabas”.

Nunca se verbalizan las razones por las que el mundo ha decepcionado tanto a Fernando Tobajas, pero esa falta de concreción hace de El anacoreta una película atemporal: no escasean las razones en 2012 para exclamar “que os den” y encerrarse en un cuarto de baño, desde luego. Al respecto, he encontrado en YouTube estas declaraciones de Fernán-Gómez, un extracto del documental La silla de Fernando dirigido por David Trueba y Luis Alegre en 2006, que asusta por su clarividencia sobre lo que está pasando hoy. Vedlo, solo dura dos minutos:

Juan Estelrich no volvió a dirigir ninguna película después de El anacoreta, aunque fue prolífico como ayudante de dirección y director de segunda unidad. Su hijo, Juan Estelrich Jr., dirigió un par de cintas en los 90 protagonizadas por Emma Suárez, su pareja de entonces. Pese a tener una buena acogida en su momento, parece que el tiempo ha hecho desaparecer El anacoreta entre las brumas del cine de la transición. Pero la calidad perdura, y mira, treinta y seis años después esta pequeña gema aún me inspira lo suficiente como para dedicarle estas líneas.

Recomiendo El anacoreta.

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Cracks

Cracks es una de esas películas con un planteamiento tan perfecto que cuesta creer que exista: colegio inglés de señoritas en los reprimidos años 30, de tufillo ya de por sí bucólico y sáfico, en el que la progresista institutriz interpretada por Eva Green se hace aguas encima por la nueva alumna española interpretada por María Valverde. ¿Quién no querría ver esta película?

Pues, aparentemente, toda España, porque Cracks sigue inédita en nuestro país casi tres años después de su estreno. Y eso que Antena 3 Films participa de su producción. La cinta es el debut en el largometraje de Jordan Scott, hija de Ridley y sobrina del fenecido Tony. De hecho, sus parientes famosos coproducen a través de su productora Scott Free.

Cracks es una película formalmente bella, con una fotografía y una música (del español Javier Navarrete) que subrayan el deleite de observar a estas chicas con uniforme de colegiala durante la hora y media de metraje. Por allí pulula también la ascendente Imogen Poots, a la que vimos en 28 semanas después y el terrible remake de Noche de miedo; pero irremediablemente eclipsada por Green y Valverde.

Tampoco voy a descubrir nada a nadie si digo que la prota de Soñadores es una de las presencias más lúbricas que ha dado el cine en este nuevo siglo. Del mismo modo, los que vieran Madrid 1987 ya sabrán lo que es quedarse embelesado contemplando la inexplicable belleza de María Valverde. Pero verlas compartir plano ya es como para tragar saliva.

Los celos y la frustración son el motor de Cracks, pues los deseos de las chicas nunca son correspondidos, en especial los de una alumna inglesa (Juno Temple) que se ve privada de los favoritismos de su tutora con la llegada de la española. La ironía es que esta última no desea la atención de la que es objeto, y acabará poniendo en evidencia ante sus compañeras que la profesora no es tan mundana como ella presume. Lo que le sentará fatal a esta, claro.

Cracks pierde interés en su último cuarto de hora, con un desenlace más convencional de lo que prometía, pero aún así es una película merecedora de mejor suerte que la que ha tenido. Está troceada en YouTube, aunque sin subtítulos, e imagino que se puede encontrar en otras páginas sin gran dificultad. En Amazon Inglaterra hay un DVD/Bluray con subtítulos en inglés a un precio muy razonable.

Recomiendo Cracks.


McQuade, lobo solitario

Uno de los daños colaterales de la ola nostálgica que provoca Los mercenarios 2 (mejor que la primera, sí, pero debería durar 45 minutos: los 25 primeros y los 20 finales, y la mortadela del sandwich te la metes por el c…) es que te despierta el gusanillo por volver a ver pelis de acción ochenteras. Pero como las buenas (las de Arnie, las de Sly, las de Van Damme incluso) las tienes ya tan vistas, no te queda otra que rebuscar en el fondo de catálogo, en el cajón de los saldos. Y ahí es donde entra Chuck Norris.

Amazon Inglaterra mediante, he adquirido un pequeño pack de Chuck Norris que incluye McQuade, lobo solitario, Código de silencio y Desaparecido en combate. No es tan exhaustivo como el pack de ocho películas de Steven Seagal que me pillé hace unos meses (por siete libras, ojo), pero me hace el servicio que busco. Dicho esto, si hay una peli de Chuck Norris que me apetece volver a ver, esa es El templo del oro, aventuras selváticas a rebufo de Indiana Jones con Louis Gossett Jr. de comparsa cómico. Algún día caerá.

Nunca había visto McQuade, lobo solitario y, para mi sorpresa, ¡es casi buena! Quizá porque no pertenece a la Etapa Cannon de Chuck Norris, esa que arrancaría dos años después con Desaparecido en combate 1 y 2 (rodadas simultáneamente y estrenadas en desorden) y que dejaría perlas como Delta Force, Invasión USA o la más “artística” y plomiza El héroe y el terror, la única peli de Chuck que había visto en pantalla grande hasta Los mercenarios 2McQuade, lobo solitario está producida por la también modesta Orion Pictures, que despegaría poco después con los éxitos de Terminator y Robocop.

J.J. McQuade es un ranger de Texas algo menos family-friendly y soplapollas que Walker, al que el mismo Norris encarnaría diez años después en el serial de sobremesa favorito de la tercera edad. Es la única persona en El Paso capaz de dar patadas voladoras, cosa que le viene muy bien en su trabajo, hasta que un relamido David Carradine aparece para plantarle cara. En la matrícula de Carradine se lee “CARATE” (tal era la ignorancia de América sobre el asunto en 1983 que los autores de esta cinta temieron que escribirlo con “K” fuera demasiado exótico). El Pequeño Saltamontes realiza una gratuita exhibición de artes marciales en mitad de un baile honky-tonk celebrado en un rodeo a pleno sol; sí, todo muy bizarro. Carradine, claro, es el villano de la película, y en la última escena se enfrentará a Norris en un combate que queda en tablas, con la dignidad de ambos intacta, hasta que McQuade le lanza una granada y santas pascuas. No le hubiera venido mal a Norris esa granada diez años antes, cuando Bruce Lee le dió la paliza de su vida en el falso Coliseo Romano de El furor del dragón.

Antes he dicho que la película es casi buena. Mejor me explico. El guión está lleno de arquetipos que acaban por convertirse en estereotipos (la gritona hija adolescente secuestrada, el compañero latino impuesto por el jefe que termina por caer bien porque, ya sabes, los hispanos no son TAN tontos), así que es la clase de guión funcional que sirve para arrancar la trama y a correr. De esas Seagal, Lundgren o Statham tienen unas cuantas. También resulta bastante cómico que Norris permanezca impasible ante las muertes de su yerno y de su viejo mentor, pero cuando matan a su perro… Maldita sea, ahí se equivocaron de ranger, y lo van a pagar.

A ratos, visualmente, la película huele a El equipo A que tira de espaldas. Pero a cambio tiene otros momentos inspiradísimos, como por ejemplo la presentación de McQuade, y a la foto de arriba me remito. El director Steve Carver juega a ser Sergio Leone todo lo que su talento y su presupuesto le dejan, y arranca unos primerísimos primeros planos del ceño fruncido de Norris que hubieran hecho sonreír al maestro. Ayuda también la banda sonora de Francesco de Masi, fusilando sin rubor la etapa spaguetti de Ennio Morricone, silbidos incluídos. Pero a la postre funciona y te pone palote.

Hay un momento glorioso en el que McQuade, después de ser vapuleado por Carradine y sicarios, es enterrado vivo dentro de su 4×4 de ranger. Lo que los malos no saben es que esa ranchera es algo así como el Interceptor de Max Rockatansky: aprietas un botón y sale propulsada a toda velocidad. Eso hace McQuade para emerger de debajo de la tierra, pero antes de salir de su entierro ¡se bebe media cerveza de un trago y se echa la otra media por encima de la cabeza! Por macarradas como esa es por lo que te enganchas al género cuando eres niño.

(Sí, ese asqueroso jersey de rombos con cuello de pico es el que lleva Carradine durante toda la pelea final)

Tengo todavía que revisar Código de silencio antes de poder afirmar con rotundidad que McQuade, lobo solitario es la mejor película que Chuck Norris hizo nunca. Pero bueno, si no lo es, será la segunda. Al menos me dió lo que le pedía, más de lo que El legado de Bourne o The amazing Spider-Man fueron capaces con sus cientos de millones de dólares de presupuesto.


Mafalda

Estos días estoy releyendo todas las viñetas de Mafalda, por enésima vez en mi vida pero por primera vez en varios años, y redescubriendo su grandeza. La inmortal creación de Quino se publicó por primera vez hace 48 años, pero no ha perdido ni un ápice de vigencia. Mafalda es atemporal.

Un problemilla que tengo al releer los diez álbumes de Mafalda es que estos pertenecieron a mis padres, que los compraron a principios de los 70 (en la portada se lee la advertencia “Para adultos”). El paso del tiempo y el uso los ha desencuadernado, desordenando varias de sus páginas, por lo que no estoy leyendo las viñetas en un orden estrictamente cronológico. Cuando concluya mi relectura correré a comprarme el volumen de Todo Mafalda que hay ahora mismo en las librerías. No me desharé de los álbumes viejos por motivos sentimentales, pero tengo ganas de saber cómo es leer Mafalda con orden y concierto.

Sé que recomendar Mafalda en 2012 es una obviedad, pero a menudo creemos conocer bien a un personaje y su universo cuando solo tenemos un vago recuerdo de ellos (¡otro día hablaremos de Rocky Balboa!). Las tiras de Mafalda son entrañables y divertidas, además de asombrosamente actuales a pesar de su medio siglo de vida.

De Quino se pueden admirar su agudeza como guionista y su frescura como dibujante, dos habilidades que rara vez confluyen en la misma persona. Además, supo “matar” a Mafalda en el momento justo, nueve años después de haberla creado; y nunca ha caído en la tentación de retomarla a pesar de su monstruosa popularidad, preservando así su recuerdo. Cualquiera que haya ojeado un álbum reciente de Astérix o Mortadelo y Filemón comprenderá el valor que tiene eso.

La única concesión comercial de Quino con su personaje fue ceder los derechos para que hicieran una serie argentina de animación con ella. No era muy lamentable ni pervertía la esencia del personaje, pero renunciaba a la pureza del blanco y negro de las viñetas por un mundo de colores en el que Mafalda no acababa de encajar del todo. A España nos llegó en forma de largometrajes directos a vídeo, aunque al menos uno sí se estrenó en cines, pues recuerdo haberlo visto con mi abuela en programa doble con una reposición de El retorno del Jedi. Benditos cines de barrio.

Leyendo las viñetas de Mafalda, acabas por reconocerte en ellas más a menudo incluso de lo que te gustaría. Cada personaje destaca por alguna cualidad intrínseca al ser humano (la obsesión por el dinero de Manolito, la constante evasión de la realidad de Felipe, el burgués conservadurismo de Susanita, el idealismo de Mafalda…) que en algún momento de la vida prevalece sobre las demás en nosotros mismos.

En resumen, que Mafalda sigue siendo tan grande como lo era en los 60, y recomiendo vivamente su (re)lectura.


Placeres culpables: Remo, desarmado y peligroso

Remo, desarmado y peligroso (1985) es, de todas las películas guays que vi en mi infancia, la que menos oportunidades tuve de comentar con nadie. No recuerdo que ningún familiar o amigo la hubiera visto, debió ser invisible en la cartelera, y acabó por convertirse en cult movie en VHS; lo que no servía de mucho en aquellos tiempos analógicos, pues no había forma de que los escasos y espolvoreados devotos de Remo difundieran su palabra. Hoy estoy aquí para iluminaros sobre lo que os habéis perdido y para que sepáis que nunca es tarde, Amazon mediante.

Remo es la adaptación de una serie de novelas pulp de éxito sobre Remo Williams (interpretado por Fred Ward, compinche de Kevin Bacon en Temblores y secundario de lujo en una treintena de películas más), un policía de Nueva York al que reclutan, sin consulta previa, para una división gubernamental secreta encargada de limpiar la corrupción de las altas esferas, y no precisamente por métodos legales. Para convertirse en el arma perfecta que todos esperan que sea, Remo es entrenado por Chiun (Joel Grey de Cabaret, haciendo de asiático a la manera de Peter Sellers), un anciano maestro capaz de esquivar balas y caminar sobre el agua, que desprecia toda la cultura occidental salvo por una cosa: los culebrones tipo Hospital Central.

La química entre Remo y Chiun (o entre Ward y Grey) es el corazón de esta película. Sus intercambios verbales son descacharrantes (“Puedo ver que la mortal hamburguesa ha hecho su diabólico trabajo. Te mueves como una cerda preñada. Penoso”, le suelta Chiun a Remo después de golpearlo por enésima vez). El choque cultural entre ambos da lugar a momentos hilarantes durante la convivencia y el entrenamiento. Una corriente de afecto casi imperceptible acaba por generarse entre ambos, tanto que Remo parece sinceramente dolido al descubrir que, en caso de desmantelarse la organización secreta, Chiun será el encargado de matarle. La determinación de sus palabras se contradice con la sombra de duda que aparece en los ojos del maestro oriental.

La anecdótica trama criminal de la segunda mitad de la película (algo relacionado con la venta de armas defectuosas al ejército) tiene mucho menos interés, pero sirve para poner a prueba las nuevas habilidades de Remo Williams. Este no es ni James Bond ni Ethan Hunt ni Jason Bourne, y sus soluciones a los problemas que se le presentan siempre son expeditivas: como cortar un cristal blindado con el diamante que uno de los villanos tiene incrustado en un diente.

Remo, desarmado y peligroso es una comedia de acción en la línea de su contemporánea Golpe en la Pequeña China (1986), y el fracaso de ambas demuestra que el público no estaba aún preparado para tales híbridos. Remo aspiraba a ser la primera de una serie (el título original lleva el optimista subtítulo The adventure begins) que yo hubiera disfrutado viendo en las estanterías del videoclub. Y que conste que Remo solo es de serie B en espíritu, pues sus set-pieces pueden alardear de cierto nivel de producción, en especial la que transcurre en lo alto de una Estatua de la Libertad rodeada de andamios de cara a la reforma de su centenario. El mérito de la claridad expositiva de la acción es de Guy Hamilton, un director de vieja escuela responsable de cuatro filmes de James Bond (entre ellos Goldfinger) y uno de Harry Palmer (Funeral en Berlín), así que es fácil comprender por qué pensaron en él para arrancar esta franquicia.

También es notable el maquillaje que convierte a Joel Grey en un anciano oriental y que mereció una nominación al Oscar (¡sí, Remo, desarmado y peligroso es una película de premios!). Y tengo debilidad por la banda sonora de Craig Safan, un tanto esquizofrénica porque mezcla las tendencias electrónicas de la época con el estilo sinfónico-aventurero de John Williams; pero el tema principal de la película, repetido hasta la extenuación a lo largo del metraje, siempre me hace sonreír de oreja a oreja.

Remo, desarmado y peligroso es una película de un tiempo más ingenuo, intolerable quizá para los que le exigen localizaciones exóticas, mujeres despampanantes, gadgets asombrosos y peleas descomunales a cada película de género que ven. Remo no tiene nada de eso. Pero qué dos horas más buenas me hizo pasar la otra noche. ¡Gracias, Remo Williams! ¡Nos volveremos a ver pronto!


Sueño con un cine

Hace unos días soñé que iba a un cine. No sé su nombre ni cómo llegar a él, pero sí que está en una plaza que no conozco de la ciudad de Albacete. No es un cine lujoso, sino más bien de barrio, de reposiciones. Probablemente huele a humedad y a palomita rancia. El tapizado de las butacas ha empezado a arrugarse. La calidad de imagen y sonido deja mucho que desear.

Cuando desperté llovía a cántaros. Era sábado. Me quedé tumbado en la cama unos minutos, intentando averiguar si ese cine existió alguna vez o no. Soy la clase de persona que recuerda que vió Superman III en La Vaguada, Indiana Jones y el templo maldito en el Palafox o La historia interminable en el Cid Campeador, así que es altamente improbable que no recuerde un cine que visitara en mi adolescencia en Albacete (donde por aquel entonces solo había siete salas), por muy breve que fuera su existencia.

La razón por la que dudaba era porque había estado varias veces en ese mismo cine: había soñado antes con él. Hace cinco, diez, quince años. Dudando de la realidad como un personaje de K. Dick, no sabía si evocaba un recuerdo o un sueño. Y deseaba que hubiera existido, pero también que fuera solo un sueño para poder volver pronto a él.

Me levanté y fui directo a la estantería a por el libro La aventura del cine: Albacete en el centenario del séptimo arte. En él se recapitulan todos los cines que abrieron y/o cerraron sus puertas en la ciudad hasta el momento de su publicación, en 1995. Ninguno de ellos se parecía al cine con el que yo sueño.

Ponían Carne para Frankenstein, de Paul Morrissey y Andy Warhol. El encargado, un flaco nervioso con cortinilla y bigotito, me recomendaba que la viera. Yo le dije que lo haría, por supuesto.

Entonces desperté.


La fría luz del día

La fría luz del día puede ser la película más involuntariamente cómica y que más intensa vergüenza ajena me ha provocado en un cine desde… bueno, en toda mi vida. Tenéis que verla para creerla.

Las cosas se complican en el after:

Obviamente, la mediocridad de su guión no ayuda. Para que os hagáis una idea, en la escena de la foto de arriba, el terrorista israelí que está torturando al protagonista le explica sus motivos para portarse así, que su familia murió en no sé qué atentado; y a continuación saca un recorte de periódico y se lo enseña para demostrárselo. Todos los personajes son estereotipos y puedes anticipar sus propósitos y destinos antes incluso de que abran la boca. Tampoco el director está visualmente muy inspirado, así que La fría luz del día es una rutinaria hora y media de persecuciones y guantazos mal dados.

Pero la cinta tiene el inesperado aliciente de haber sido rodada en Madrid. Y si resides en la capital, amigo, te prometo que pagar por ver La fría luz del día no es tirar completamente el dinero.

Dos españoles de libro:

Nada más llegar a la capital, al héroe Henry Cavill (aprendeos su nombre que es el nuevo Superman: a ver si este dura más en el puesto) intentan matarlo en Ciudad Universitaria. El tipo echa a correr y en poco tiempo se planta en la Plaza Mayor. La cosa se le complica cuando la policía se une a la persecución, así que Superman esprinta un poco más y en cuestión de segundos le vemos saltando la valla de ¡El Retiro! (Mira que me pregunté veces en mi infancia, contemplando sus afilados pinchos, si era humanamente posible saltar esa verja sin acabar empalado. Al parecer sí lo es, al menos en el cine).

Huyendo de las vendedoras de ramitas de la buenaventura, tal vez:

Las cosas se calman un poco y Superman trata de pasar desapercibido en medio de Callao. En los cines Palacio de la Prensa están proyectando la antepenúltima peli de Woody Allen, lo que nos indica que La fría luz del día ha pasado un tiempo en la lata antes de estrenarse. Viendo que la policía le acecha de nuevo creyéndole culpable del asesinato de un compañero suyo en los aledaños de la Plaza Mayor, Superman se sube a un autobús de línea corriente que claramente se dirige hacia Cibeles, pero cuyo hilo pregrabado anuncia: “Próxima estación: Plaza de España”.

Después de caer a plomo desde un quinto piso sin que eso le suponga mayor trastorno que mancharse la ropa de polvo, Superman huye en una moto conducida por una Verónica Echegui haciendo de española gritona. Por las razones que sean acaban llegando a la discoteca Fabrik, que está en Fuenlabrada, en el sur de Madrid. Superman tiene prisa por salvar a su familia secuestrada, así que se queda el tiempo justo para cambiar su camiseta por otra que pone bien visible el nombre de la franquicia poligonera (y que llevará hasta el final de la película) y se dispone a llegar a la Puerta del Sol en “el menor tiempo posible”.

Por lo que la extraña pareja, que hasta ahora se ha desenvuelto bien en vehículos de locomoción, juntos o por separado, deciden coger el metro. Y la parada que eligen para llegar a la Puerta del Sol desde Fuenlabrada es ¡Pitis!, que es la más al norte de la capital de la línea 7. Pero de alguna forma llegan, y a tiempo, como bien indica la voz del suburbano: “Next stop: Puerta del Sol”. Pues era verdad que el metro de Madrid vuela… Ninguno de los dos, por cierto, parece darse cuenta de que en realidad no están en la Puerta del Sol sino en el invernadero de Atocha, pero bueno, qué más da.

No me chilles que no te veo, o una evidente barrera idiomática y cultural:

Y lo más bizarro de todo es que, veinte minutos después, Superman y la Juani ¡vuelven a Fabrik!, donde Óscar Jaenada ya pierde por completo los papeles en una escena que no creo que tenga el coraje de meter en su video-book, sinceramente. Y un poco más tarde todavía (la peli se hace larguita para lo corta que es, aviso), una disparatada persecución automovilística en la que los vehículos se alternan en los roles de perseguidor y perseguido cruza la puerta de Alcalá antes de llegar hasta Las Ventas, y no precisamente por el camino más corto. Para entonces te han volado la cabeza de tal forma que encuentras normal que un comando secreto israelí de quince tíos con pasamontañas deambule pegando tiros por los alrededores de la plaza de toros.

Y el héroe, dejad que lo repita, con su camiseta de Fabrik durante los últimos cuarenta y cinco minutos de película. Joder, a qué esperáis, ¡corred a ver La fría luz del día!