Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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“Muchachada Nui”, diez años después

Íbamos en un taxi camino del siguiente bar cuando el Melli (Ernesto Sevilla) mencionó de pasada que la recién finiquitada “La Hora Chanante” iba a continuar con otro nombre en otra cadena, probablemente La 2. Aquello me intrigó: ¿se podía mantener la esencia única de ese programa de Paramount Comedy, con su irremplazable estilo casi amateur, y a la vez profesionalizarlo aumentando presupuesto y equipo? Cuando el Melli sugirió que tal vez hubiera un hueco para mí como realizador de sketches, supuse que iba a averiguarlo. Nuestros caminos profesionales no se habían cruzado en los más de diez años que llevábamos fuera de Albacete, y “Muchachada Nui” parecía el proyecto adecuado para que por fin ocurriera.

Pronto descubrí que la profesionalización iba a ser más bien un caos controlado, como no podía ser de otra forma: ese era el ambiente adecuado para que los singulares talentos de Joaquín Reyes y el Melli pudieran brillar. Una de las cosas a las que más me costó acostumbrarme fue al ruido en la localización o el plató de rodaje. Todo el mundo opinaba y hacía oír su voz por encima de la de los demás, y los que no opinaban simplemente hablaban de sus cosas al mismo volumen. Joaquín no entendía muy bien a qué me refería con los beneficios creativos del silencio, pues no había conocido otra cosa. Ya llevábamos un par de temporadas grabadas, tal vez tres, cuando Joaquín se me acercó el primer día y me dijo: “Acabo de hacer mi primera película. Ahora entiendo lo que querías decir con el silencio en el plató”.

Joaquín era un líder magnífico. Director, guionista y protagonista del programa, compaginaba este trabajo con colaboraciones en otros medios como columnista, dibujante o humorista, y durante la etapa de “Muchachada Nui” nació su segundo hijo. Cualquier persona hubiera sucumbido al ritmo feroz de grabaciones y a la presión, pero Joaquín no tuvo un mal gesto con nadie en cuatro temporadas. Hacer su programa en los términos que él quería le hacía genuinamente feliz, y le compensaba el tener que levantarse cuatro horas antes que el resto del equipo para acabar emparedado en látex durante toda la jornada. El entusiasmo que Joaquín desbordaba contagiaba a todos los departamentos, que trabajaban aún más duro para ayudarle a plasmar en pantalla sus ideas. Aprendí mucho de liderazgo viendo trabajar a Joaquín en “Muchachada Nui”.

Aunque a menudo no era capaz de poner freno a su creatividad, y el programa también se resentía por eso. Las continuidades (la historia protagonizada por un personaje famoso que vertebraba el programa) se grababan en un solo día, junto con el “Celebrity” correspondiente, para optimizar el tiempo que Joaquín pasaba caracterizado, y no era sensato que tuvieran más de doce páginas y cuatro o cinco personajes. En una ocasión tuvimos que lidiar con unas continuidades de veinte páginas y al menos diez personajes, dos de los cuales eran figurantes jubilados sin experiencia alguna como actores. Aquel día vimos amanecer y anochecer en la localización. Mientras se desmaquillaba, Joaquín me juró que había aprendido la lección, pero no era cierto: sencillamente, no podía ponerle puertas al campo cuando escribía.

Otra gran cualidad de Joaquín Reyes como líder era saber reconocer y potenciar el talento a su alrededor: Ernesto Sevilla, Raúl Cimas, Julián López y Carlos Areces estaban en un momento perfecto, con pleno dominio de sus facultades cómicas pero sin perder la frescura del que empieza, y el programa voló alto gracias a todos ellos. Un quinteto cómico de tal nivel no se había visto nunca en España (de ahí las comparaciones con los Monty Phyton), ni parece probable que vuelva a ocurrir pronto, porque no puede planearse: no basta con reunir a gente de talento, han de tener química entre ellos. Y Joaquín, Ernesto, Raúl, Julián y Carlos la tenían.

Todos ellos (a excepción de Carlos Areces) eran, además, guionistas de sketches del programa. Mi favorito era Julián, que tenía un estilo singular entre el esperpento y el surrealismo. Sus guiones eran siempre los más difíciles de ejecutar con nuestras limitaciones (de tiempo, dinero y talento), pero sobre el papel eran siempre únicos. Podía identificar los guiones de Julián aunque no fueran firmados, cosa que no me ocurría con el resto.

Los guiones llegaban a veces el día de antes de las grabaciones. Al cabo de cuatro temporadas, eso condujo a algunos vicios adquiridos en los procesos de producción y, a algunos de nosotros, a una notable frustración por no poder exprimir nunca al 100% el potencial de esos guiones. Pero así era “Muchachada Nui”: con un pie en el amateurismo y otro en la profesionalización. De haber puesto ambos pies en el mismo sitio, puede que no hubiera funcionado.

El quinteto protagonista era la cara visible, pero el programa tenía detrás a un equipo joven, creativo y motivado que achicó agua del barco muchas más veces de las que puedo recordar. Fue un placer trabajar con ese equipo, con una media de edad en el final de la veintena, y varios de ellos participaron después en mis películas “Otro verano” y “The Second Act of Elliott Murphy”.

“La Hora Chanante” tuvo impacto (residual) en una generación de universitarios que quedaron enganchados a un lenguaje nuevo, pero fue “Muchachada Nui”, pese a que rara vez superó el millón de espectadores en sus emisiones, la que verdaderamente llegó a la calle. Hace una década, te cruzabas con pandillas de chavales que iban cantando las canciones del programa (se comprende, eran temazos); o alguien en una fiesta te recitaba de memoria los diálogos y los chascarrillos; o te reenviaban una y otra vez los vídeos del programa en YouTube (sin saber que los habías realizado tú). El alcance popular, ese que no podía medirse con anticuados índices de audiencia, fue enorme. Y sí, me enorgullece haber hecho mi pequeña contribución a un programa que dejó su muesca emocional en una generación de espectadores.


Albacete, años 90: Los video-clubs

     Electro-Miguel, Imagen, Cineteca’s, Intercast

Mis padres, mi hermana pequeña y yo fuimos a comer al Parador de Albacete un día soleado de 1986. No lo recordaría si no fuera porque, al volver a casa, un vídeo VHS se había materializado por arte de magia debajo de nuestro televisor. Era plateado y a mis ojos refulgía como la espada Excálibur del Rey Arturo.

El vídeo era una larga reivindicación mía que mis padres retrasaron hasta que ya no les quedó otra que claudicar, en un año en el que los video-clubs brotaban por todas partes como setas. Mi abuelo materno, que compraba sus snacks salados de marca blanca en tarros de gran tamaño porque adquirir el estándar de Risi o Matutano le parecía un exceso, no dudaba en cambio en gastar un dinero que (con frecuencia) no tenía en el último avance audiovisual doméstico. Así, hacía tiempo que había comprado su segundo vídeo y se dedicaba a copiar cada cinta que alquilaba en el vídeo-club, aumentando día a día una colección privada que yo disfrutaba cada vez que visitaba a mis abuelos en Madrid, pero que sobre todo multiplicaba mi angustia por no tener mi propio vídeo y mi propia colección.

Y ahí estaba. Claro que un vídeo sin cintas era tan útil como una pistola sin balas, así que rápidamente arrastré a mi padre a la tienda de electrodomésticos que había justo debajo de mi casa, Electro-Miguel, que había reservado un rincón como modesto video-club para no quedarse fuera de un mercado en alza. Las cintas estaban presentadas por el lomo y dentro de vitrinas acristaladas, lo que no era la manera más atractiva de hacerlo, pero como primera aproximación al mundo del alquiler de vídeos me valía. De todos modos, llevaba tiempo pasando por allí y estudiando las carátulas, así que sabía lo que buscaba. La primera película que alquilé fue “El imperio contraataca”.

El vídeo expandió enormemente mis posibilidades de ver películas, hasta entonces limitadas a la buena voluntad de mi familia de llevarme a las salas o a aquellas emisiones de RTVE que se consideraran adecuadas para un niño de ocho años. Mis padres debieron intuir lo importante que era aquello para mí, porque el día de otoño de 1986 que “Indiana Jones y el templo maldito” se editó en VHS me permitieron saltarme el colegio para estar en la puerta de Electro-Miguel a las diez de la mañana y ser el primero en alquilarla.

Sé que hice la comunión en la primavera de 1987 vestido como un mamarracho porque una humillante sesión de fotos de estudio así lo atestigua. Es posible que entonces naciera mi aversión a sonreír frente a la cámara. Sea como sea, mi único recuerdo imborrable de aquel día es el de recibir nueve películas copiadas por mi abuelo y un mueble donde almacenarlas. Lo más emocionante era la promesa generada por todo el espacio sobrante en aquel armario, que yo estaba determinado a llenar con mi propia colección de cintas en pocos años.

Electro-Miguel no tardó en quedárseme pequeño. El siguiente paso era el video-club Imagen, que ocupaba dos plantas en un amplio local a dos minutos de mi casa (para los albaceteños más jóvenes, es el mismo espacio que ahora ocupa la librería Herso). En el Imagen sí se tenía en cuenta la buena presentación de las carátulas en los expositores, y además se decoraba con la publicidad enviada por las distribuidoras. Un mundo se abrió ante mí el día que descubrí que aquellos pósteres y troquelados de cartón acababan casi siempre en la basura. Les ahorré trabajo a los empleados arrastrando algunos de aquellos troquelados hasta mi casa, para estupefacción de los viandantes que me contemplaban como se contempla a una hormiga arrastrar una brizna de hierba que duplica su tamaño. Un Freddy Krueger a tamaño natural y un expositor de la serie completa de James Bond decoraron mi habitación durante años.

Me convertí en un maestro a la hora de expurgar la publicidad de las películas que grababa de la televisión. Cuando llegaba el intermedio, dedicaba un par de minutos a retroceder al punto exacto de la cinta en el que la película fundía a negro y entraba el logotipo del canal. Le daba al STOP. Sabiendo que la cinta no podía estar en PAUSE más de dos minutos, calculaba mentalmente el tiempo restante hasta la vuelta de la película; entonces le daba al PAUSE y acariciaba el botón del REC como un pistolero su revolver antes de un duelo, hasta que volvía la película y yo disparaba. Décadas después, aún me enorgullece poder decir que algunos de aquellos empalmes eran tan brillantes que resultaban imperceptibles para la mayoría.

Las películas grabadas de la televisión no tenían carátula, claro. Algunas revistas de cine te proporcionaban los pósteres de las películas emitidas para que crearas tus propias carátulas, y eso hacía yo: recortaba, pegaba, estructuraba, creaba textos y logotipos, ignorante de que aquello era algo digno de llamarse una profesión. El concepto de diseño gráfico era demasiado abstracto para un niño que vivía en Albacete en 1990. Simplemente, sabía con certeza lo que me gustaba y lo que no.

A finales de 1990 convencí a mis padres para tener un perro. La decisión estaba tomada y parecía irreversible, hasta que mi padre, tal vez a la desesperada, preguntó:

-¿Qué prefieres, un perro… o una tele y un vídeo en tu cuarto?

El hombre sabía cómo manipularme. No lo dudé ni un instante. El perro tendría que esperar.

No recuerdo qué me empujó a cambiar de Imagen a Cineteca’s. Tal vez fuera que las distribuidoras empezaron a editar películas en venta directa (a 2.995 y 1.995 pesetas, dependiendo de la frescura del lanzamiento), e Imagen prefirió concentrarse en el alquiler. O puede que Cineteca’s tuviera un fondo de catálogo más amplio de clásicos y cine independiente que a mí me interesara ver. Me hice amigo del dueño; todo lo íntimos que pueden hacerse un niño de doce años y un adulto que establecen una relación comercial en la que el primero es el mejor cliente del segundo, claro. Solo en una ocasión me dejé aconsejar por él y me tragué un bodrio infumable. Comprendí que alguien que trabajaba de diez a diez en su propio negocio no era el más adecuado para recomendar películas que no tenía tiempo para ver, y nunca volví a pedirle consejo.

No guardo un cariño especial al último video-club que frecuenté en Albacete, el Intercast. Ya era adulto, me había marchado de la ciudad, y la única razón por la que visitaba este local abierto a finales de los 90 era porque quedaba cerca de la casa de mi madre. Estéticamente, era una burda imitación de la franquicia Blockbuster (hasta el punto de merecer una demanda por publicidad engañosa, creo yo), replicando también el concepto de llenar sus estantes con infinitas copias de las novedades más recientes. Se evitaba así la frustración generada porque la película que deseabas estuviera siempre alquilada y te resultara inalcanzable, pero también se perdía la sensación de triunfo que te embargaba cuando por fin la conseguías.

Qué puedo añadir. Yo era el idiota que devolvía las cintas correctamente rebobinadas al video-club; que le quitaba el polvo una por una a las fundas de mi propia colección, algo que (estoy seguro) no muchos adolescentes hacen; y que cometió el error de su vida deshaciéndose de sus VHS con la llegada del DVD, sin conservar al menos todas aquellas carátulas guardadas en una carpeta por pura nostalgia. La cinta VHS era un fetiche que hacía tangible todo lo que yo amo del cine, y lo lamento por aquellos que no vayan a conocer otra cosa que la frialdad eficiente del VOD. Nadie va a recordar dentro de un cuarto de siglo lo emocionante que fue su infancia dándole al PLAY a cualquier película original de Netflix.


Albacete, años 90: Los cines

    Candilejas, Capitol, Carlos III, Cervantes, Goya, Gran Hotel, Palafox

Empecé a ir solo al cine en 1989, con once años, aunque mis padres aún no lo sabían. Ellos pensaban que estaba en clase de kárate, su penúltimo intento por despertar mi interés por cualquier tipo de actividad física (el último sería el tenis, donde no logré devolver ni una sola pelota en media docena de frustrantes clases). El kárate no me disgustaba, pero me faltaba ambición y espíritu competitivo para desear el siguiente cinturón, así que pronto perdí interés en él. Acudía al Gimnasio Palas arrastrando los pies, sin ninguna gana de entrar en ese vestuario que en invierno olía a calcetín sudado y rezumaba homoerotismo adolescente, palpable aunque aún no supiera ponerle nombre a aquello ni sospechara si podía llegar a gustarme o no.

Sí podía intuir, en cambio, que mi carrera en este arte marcial se detendría antes de llegar al cinturón verde. Cada vez que me calzaba el kimono deseaba, para mis adentros, estar en el sofá de mi casa viendo “Kárate Kid” mientras me ventilaba un paquete de galletas Príncipe de Beukelaer. Pronto descubrí que podía saltarme alguna clase sin que el gimnasio diera la voz de alarma. Mataba el tiempo en el piso bajo de la Juguetería Legorburo, repasando la última remesa de figuras de Másters del Universo y las  nuevas cintas de CinExin que tanto el encargado como yo sabíamos que no compraría.

Un día tuve una revelación: podía ir al cine durante ese tiempo extra que me proporcionaba fumarme una clase de kárate. Suponía que mis padres no verían con buenos ojos que un niño de once años se metiera solo en la oscuridad de la sala un martes de invierno, pero de todos modos ya estaba traicionando su confianza, así que, ¿por qué no hacerlo a lo grande? Revisé la cartelera planeando la jugada. Durante los once años que viví en Albacete, de 1985 a 1996, nunca hubo más de ocho salas (y otras tantas películas en proyección) en la ciudad; por tanto, mis opciones eran limitadas. Escogí “Rain Man”, que ya había visto con mis padres pero que se proyectaba en el cine que más me convenía, el Gran Hotel.

Subir de nivel en mi carrera delictiva me proporcionó una sensación de euforia. Sentado en mi butaca de una platea semivacía mientras contemplaba al tío de “Top Gun” maltratar a su hermano autista, me sentía encantado conmigo mismo hasta que comprendí que la película era demasiado larga como para poder justificar mi ausencia en casa. Abandoné la sala treinta minutos antes de que la proyección terminara, mascullando mi desdén por la oscarizada cinta para que el acomodador y el encargado del bar no sospecharan de las verdaderas razones de mi marcha.

Podía haberme quedado a ver el final. Lo primero que dijo mi madre cuando entré por la puerta fue:

-Tú no has ido hoy a kárate.

Me desarmó su convicción y tuve que confesar. Cuando le pregunté cómo lo había averiguado, respondió:

-Cuando vas a clase, vuelves con los cuellos de la camisa por fuera del jersey. Hoy aún los llevas por dentro, como te los puse yo esta mañana.

Fue a partir de enero de 1991, cerca ya de cumplir los trece años, cuando empecé a ir solo al cine con la aprobación de mis padres. Sencillamente, ni mi familia ni mis amigos estaban dispuestos a seguir el ritmo de películas en cartelera que yo consideraba imperativo ver. El viernes por la tarde se convirtió para mí en el mejor momento de la semana, cuando podía soltar los libros y correr al cine a ver una película, cualquier película.

Cierto que las salas de Albacete no eran la panacea. Por ejemplo, el cine Goya estaba ubicado en un sótano y olía constantemente a humedad; el cine Candilejas había sido sala X durante la década de los 80, y la tapicería de sus butacas tenía todo el aspecto de ser la misma que en sus años sórdidos; y el cine Gran Hotel había conocido tiempos mejores y su lámpara de araña, pendiendo ominosa sobre nuestras cabezas, acumulaba polvo y bombillas fundidas que nadie reemplazaba. A la cartelera tampoco se le podía pedir milagros. Con un embudo de siete pantallas, lo único que entraba por ahí eran las superproducciones de estrellas de Hollywood del momento: Eddie Murphy, Bruce Willis y Julia Roberts. Yo no hacía ascos a nada, pero me moría de envidia cada vez que visitaba Madrid y comprobaba que la cartelera rebosaba de películas de todos los géneros y todas las épocas.

Las siete salas de Albacete pertenecían al mismo grupo exhibidor, la empresa familiar Salzillo. No tenían competencia y no les preocupaba satisfacer a unos espectadores que, de todos modos, no eran demasiado exigentes. Ese adolescente que cada viernes por la tarde se presentaba sin falta en alguna de sus salas se convirtió en un pequeño tormento para unos proyeccionistas veteranos a los que no les gustaba nada verse señalados por su indolencia. Tampoco es que me hicieran mucho caso: recuerdo su desdén cuando les indiqué que estaban proyectando “Boca a boca” con los rollos cambiados. Ellos insistían en que la copia “venía así” del laboratorio y vimos aquella película remontada de forma caótica hasta el final. Tal vez pensaron que Manuel Gómez-Pereira intentaba subirse a la ola de Quentin Tarantino copiando su narrativa discontinua, tan de moda en aquella época gracias a “Pulp Fiction”. Ningún otro espectador reclamó aquel día ante el disparate. El público que acudía al cine en Albacete en los años 90 era manso y distraído, y bastante dado a pensar en voz alta. Me acostumbré a ocupar siempre una butaca en el pasillo lateral para alejarme de los espectadores más ruidosos; y sigo haciéndolo hoy en día cuando voy solo al cine.

Me daba igual. Tras los sempiternos anuncios locales de Lámparas Contreras y Joyería Mompó (a punto ya de autodestruirse tras ser proyectados de forma ininterrumpida durante una década), llegaban los trailers y, por fin, la película. Cualquier película. Para mí, una película más siempre era una película digna de ser vista.


Mi abuela

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Hoy he soñado con mi abuela. Me ocurre de vez en cuando y normalmente lo disfruto. Mi abuela lleva más de veinte años muerta, pero soñar con ella es una manera de seguir teniéndola presente. Hoy, sin embargo, me ha hecho sentir más solo. Me ha empujado a levantarme de la cama para escribir esto que, a pesar de que podáis leerlo todos, realmente lo hago para mí.

A mi abuela le encantaba el cine. Lo disfrutaba sin prejuicios. Para ella, una película más siempre era una película digna de ser vista. En cine o en televisión, en versión original o doblada, de cualquier género: no importaba. Le gustaba Bruce Willis: vimos “Jungla de cristal” (Cine Cid Campeador, 1988), “El gran halcón” (Cine Palafox, 1991) y “El último boy scout” (Cine Benlliure, 1992), entre otras. A esta última vino también mi hermana pequeña, entonces de siete años. Cuando un espectador le recriminó a la salida a mi abuela que esa no era película para una niña, mi abuela le respondió: “Métase en sus asuntos”.

Para ella no había películas inapropiadas. Me llevó a ver un programa triple de Billy Wilder con “El apartamento”, “Con faldas y a lo loco” y “Primera plana” siendo solo un niño; también muchas otras en versión original, y me acompañó a “Los inmortales” (Desconocido, 1986), “Loca Academia de Policía 5” (Cine Cid Campeador, 1988), “Agárralo como puedas 2 y ½” (Cines Gran Vía, 1991), “Llamaradas” (Cine Roxy A, 1991), “Terminator 2” (Cine Vergara, 1991), “El cabo del miedo” (Minicines Fuencarral, 1992), “Doble impacto” (Cine Juan de Austria, 1992), “Batman vuelve” (Cine Cid Campeador, 1992, acompañados de mi primera cita, Mónica Epifano) o “Tu madre se ha comido a mi perro” (Cine Palafox, 1994). El acomodador vestido de frac le preguntó con sorna qué le había parecido esta última, y ella sonrió compasivamente y dijo: “Bueno…”. Pero no dijo que no le había gustado. De hecho, yo sabía que, a su manera, la había disfrutado.

También vimos mucho cine en casa. Recuerdo un pase especialmente memorable de “Alien, el octavo pasajero” en familia. Yo no debía tener más de siete años, quizá ocho. A menudo apoyaba mi cabeza en el regazo de mi abuela, pero nunca me dormía: era incapaz de hacerlo mientras veía una película, buena o mala, y sigo siéndolo. También vimos las miniseries de “IT (Eso)” y “El misterio de Salem´s Lot”. En la segunda había un susto antológico al final del primer capítulo, y mi abuela esperó en el marco de la puerta del salón, con la bandeja de la cena en las manos, a que se lo dieran. Los restos de la cena volaron por el salón y todos nos reímos a gusto. Mi abuela no estaba dispuesta a perderse una buena escena, aunque el precio a pagar fuera tener que barrer luego el suelo.

Mi abuela murió en 1996, pocas semanas antes de que yo volviera a vivir a Madrid, después de una década en Albacete. A veces pienso en cuántas películas dejamos de ver juntos. Pero la mayoría de cines a los que íbamos han cerrado y se han reconvertido en tiendas de ropa o gastromercados, y también me alegro de que no llegara a ver eso. Para ella, el cine seguía siendo algo grande, algo importante; no la misma película de superhéroes en setecientas pantallas de multisalas de centros comerciales por la periferia de las ciudades. En el fondo, mi abuela supo instintivamente cuándo había terminado la función.


Las 100 de Loquillo

loquillo

Pincha aquí para leerlo:

http://elpais.com/elpais/2016/11/29/icon/1480429377_412990.html

 


Billy Joel y Bruce Springsteen en “The Second Act of Elliott Murphy”

“I never understood why Elliott didn´t become very successful right away”, says Billy Joel in a new clip from the film “The Second Act of Elliott Murphy”; “I thought he was good as soon as I saw him”.

Bruce Springsteen agrees: “I don´t think he´s ever written a bad song. I´ve never come across an Elliott Murphy song that I thought: “Didn´t work”. And he´s made a lot of music, and a lot of modern music that, to my mind, is as good as his early stuff. He´s still at his best”.

“The Second Act of Elliott Murphy” is a long feature documentary about American rocker Elliott Murphy. Born in New York in 1949, he became one of the “new Dylans” in the seventies, and most critics from the era praised albums like “Aquashow” or “Just a story from America”. Still, ironically, his truly American music-style made a bigger connection with European audiences, which transformed him into a cult artist in many countries overseas.

The title, “The Second Act of Elliott Murphy”, contradicts the quote of Fitzgerald (a personal hero for Murphy) and it is a reference to the French reinvention of the artist in the late eighties. Because of Elliott Murphy moving to Paris and the increase of European tours, his fanbase became stronger in many countries like France, Spain, Italy, Germany, Sweden or Denmark. Some of these fans contributed to the making of the film by providing rare graphic materials of all eras of the artist.

“The Second Act of Elliott Murphy” is directed by Jorge Arenillas and produced by Mirabal Films in association with OPH Producciones. It will be released in 2016.


Réquiem por un sueño

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La noticia del cese de actividad de la productora y distribuidora Alta Films, y el drástico recorte de sus salas de exhibición (no está claro aún cuántas de ellas permanecerán abiertas, ni por cuánto tiempo), es un varapalo para cineastas y cinéfilos españoles que empezamos ya a preguntarnos si esto no será, irrevocablemente, el fin de una era.

En la última década se ha redefinido lo que es cine alternativo: básicamente, todo lo que no es Iron Man 3, lo que no viene apoyado por una distribuidora multinacional. Como las películas enormes tienen una vida cada vez más efímera en las salas, necesitan copar el parque de cines el primer fin de semana para ser rentables; así que es posible que 800 pantallas proyecten la semana que viene Iron Man 3. En esa situación de cuasi-monopolio en la exhibición, no queda aire para que respiren distribuidoras y películas más modestas.

Un diagrama sencillo para quienes no entienden cómo afecta la caída de la principal distribuidora/exhibidora de cine independiente de España a todos los estratos de la profesión:

dominoTengo en casa un Teleprograma de diciembre del 84: el éxito de esas Navidades, Indiana Jones y el templo maldito, se proyectaba en tres cines en Madrid capital. Tenía meses por delante para amortizarse y, por tanto, dejaba hueco para otras propuestas. En esa misma cartelera están también, de estreno o de reposición, La balada de Narayama, Broadway Danny Rose, Dersu Uzala, Dos en la carretera, El crack, Eric oficial de la reina, Feliz Navidad Mr Lawrence, Fanny Pelopaja, Interiores, Laberinto de pasiones, La ley de la calle, La muerte de Mikel, El pico, Papillon, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Los santos inocentes, Tasio… De verdad, no me lo invento, esa utopía pasaba. Podíamos elegir.

Comprendo que la gente vaya menos al cine que antes. Hay más ofertas de ocio; es más caro y tenemos menos dinero. Y no todas las salas están a la altura. El público, por cierto, tampoco; incluso yo he aborrecido últimamente la “experiencia colectiva” del cine, hastiado de la gente que tuitea y guasapea durante la proyección, incapaces de centrar su atención en algo durante hora y media e insensibles al perjuicio que causan a los que les rodean. Tíos, si la sala está a oscuras será por algo, ¿no?

cine

Como cineasta te haces otras preguntas. Si no hay dinero, privado o público, para producir; si las televisiones no emiten cine minoritario o europeo; si las distribuidoras quiebran y los cines cierran… ¿Qué nos queda? Vale, queda internet. No es la pantalla con la que soñábamos de pequeños, pero es una ventana de exhibición más. Pongamos que eres de esos que gustan de la extravagancia de pagar por ver una película online; pongamos que un título tiene 50.000 descargas legales (jajaja) a 3 euros cada una. Eso hace un total de 150.000 euros recaudados, de los que quizá la mitad van para el productor. Así que más vale que la película y su venta no hayan costado más de 75.000 euros. ¿Se puede crear una industria sostenible así? No, no se puede. Es un negocio ruinoso.

Yo, personalmente, no tengo ganas de estar pateando el cadáver de una mula para ver si se pone en pie y anda. Solo tenemos una vida. Si esto no marcha, iré donde haga falta para hacer películas, donde haya trabajo, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Sudamérica… Pero no es lo que quiero. A mí me gustaría que una película mía, rodada aquí, inspirara tanto a algún chaval como a mí me inspiró El día de la bestia la primera vez que la vi en un Cine Rex de Gran Vía a rebosar: que sintamos orgullo por lo que hacemos y contagiemos esa ilusión. Parece que esa clase de gloria solo está reservada a los futbolistas.

Cine Rex