Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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Réquiem por un sueño

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La noticia del cese de actividad de la productora y distribuidora Alta Films, y el drástico recorte de sus salas de exhibición (no está claro aún cuántas de ellas permanecerán abiertas, ni por cuánto tiempo), es un varapalo para cineastas y cinéfilos españoles que empezamos ya a preguntarnos si esto no será, irrevocablemente, el fin de una era.

En la última década se ha redefinido lo que es cine alternativo: básicamente, todo lo que no es Iron Man 3, lo que no viene apoyado por una distribuidora multinacional. Como las películas enormes tienen una vida cada vez más efímera en las salas, necesitan copar el parque de cines el primer fin de semana para ser rentables; así que es posible que 800 pantallas proyecten la semana que viene Iron Man 3. En esa situación de cuasi-monopolio en la exhibición, no queda aire para que respiren distribuidoras y películas más modestas.

Un diagrama sencillo para quienes no entienden cómo afecta la caída de la principal distribuidora/exhibidora de cine independiente de España a todos los estratos de la profesión:

dominoTengo en casa un Teleprograma de diciembre del 84: el éxito de esas Navidades, Indiana Jones y el templo maldito, se proyectaba en tres cines en Madrid capital. Tenía meses por delante para amortizarse y, por tanto, dejaba hueco para otras propuestas. En esa misma cartelera están también, de estreno o de reposición, La balada de Narayama, Broadway Danny Rose, Dersu Uzala, Dos en la carretera, El crack, Eric oficial de la reina, Feliz Navidad Mr Lawrence, Fanny Pelopaja, Interiores, Laberinto de pasiones, La ley de la calle, La muerte de Mikel, El pico, Papillon, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Los santos inocentes, Tasio… De verdad, no me lo invento, esa utopía pasaba. Podíamos elegir.

Comprendo que la gente vaya menos al cine que antes. Hay más ofertas de ocio; es más caro y tenemos menos dinero. Y no todas las salas están a la altura. El público, por cierto, tampoco; incluso yo he aborrecido últimamente la “experiencia colectiva” del cine, hastiado de la gente que tuitea y guasapea durante la proyección, incapaces de centrar su atención en algo durante hora y media e insensibles al perjuicio que causan a los que les rodean. Tíos, si la sala está a oscuras será por algo, ¿no?

cine

Como cineasta te haces otras preguntas. Si no hay dinero, privado o público, para producir; si las televisiones no emiten cine minoritario o europeo; si las distribuidoras quiebran y los cines cierran… ¿Qué nos queda? Vale, queda internet. No es la pantalla con la que soñábamos de pequeños, pero es una ventana de exhibición más. Pongamos que eres de esos que gustan de la extravagancia de pagar por ver una película online; pongamos que un título tiene 50.000 descargas legales (jajaja) a 3 euros cada una. Eso hace un total de 150.000 euros recaudados, de los que quizá la mitad van para el productor. Así que más vale que la película y su venta no hayan costado más de 75.000 euros. ¿Se puede crear una industria sostenible así? No, no se puede. Es un negocio ruinoso.

Yo, personalmente, no tengo ganas de estar pateando el cadáver de una mula para ver si se pone en pie y anda. Solo tenemos una vida. Si esto no marcha, iré donde haga falta para hacer películas, donde haya trabajo, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Sudamérica… Pero no es lo que quiero. A mí me gustaría que una película mía, rodada aquí, inspirara tanto a algún chaval como a mí me inspiró El día de la bestia la primera vez que la vi en un Cine Rex de Gran Vía a rebosar: que sintamos orgullo por lo que hacemos y contagiemos esa ilusión. Parece que esa clase de gloria solo está reservada a los futbolistas.

Cine Rex

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“Acción mutante”: 20 años después

Acción mutante 1

Anoche volví a ver Acción mutante. Se cumplen dos décadas de su estreno en cines, en febrero de 1993. No es fácil explicar la importancia que esta película tuvo para mí, pero bueno, para eso escribo estas líneas, para intentarlo.

En febrero de 1993 tenía quince años recién cumplidos y vivía en Albacete. Hoy en día, esta ciudad castellano-manchega cuenta con una filmoteca, con un festival de cine y con veinte pantallas; y aquello a lo que no tienes acceso te lo descargas y punto. Pero hace dos décadas, el panorama era muy distinto. Las siete salas de cine de la ciudad eran el embudo por el que solo pasaban las pelis de más éxito, las de Tom Cruise y Eddie Murphy, mientras te resignabas a rescatar en VHS esos otros títulos de los que hablaban Fotogramas, Fantastic Magazine, Interfilms e Imágenes de Actualidad. Los viajes a Madrid, con sus centenares de salas de cine, eran para mí como visitar la fábrica de chocolate de Willy Wonka: el paraíso. Pero yo no vivía en el paraíso, vivía en el páramo. Y quería ver cine. Y quería hacer cine.

Antes de Acción mutante, para un adolescente de provincias no era razonable pensar que el cine español pudiera satisfacer ese hambre. Era una cosa así como viejuna, circunspecta, de premios: Amantes, El disputado voto del señor Cayo, La casa de Bernarda Alba, Beltenebros, La blanca paloma, Jarrapellejos… Las pelis autóctonas, irónicamente, parecían hablarte en otro idioma, y no solo por el casi siempre terrible sonido directo. Vale, estaban las comedias de Resines, Sé infiel y no mires con quién, La vida alegre, que eran más llevaderas. Y aquella del niño al que le salían alas que no paraban de ponerte en Super 8 en clase de religión. Pero que no, vaya, que no podían compararse con el gustirrinín que daba Mad Max 2.

 

En julio de 1992 se publicó un extenso artículo en Fantastic Magazine sobre el rodaje de Acción mutante. Lo firmaba Daniel Monzón. No sé si llegué a memorizar ese texto, pero los nombres que aparecían en él se me quedaron grabados: Álex de la Iglesia, Carles Gusi, Jorge Guerricaechevarría, Enrique Urbizu, Arri/Biafra, Álex Angulo, Santiago Segura… Esa gente era importante. Estaban creando una generación… y lo estaban haciendo sin mí, que no era más que un teenager que vivía en el puto Albacete. Maldición.

Conté los días hasta el estreno de Acción mutante, el 3 de febrero del año siguiente. De poco me sirvió: a Albacete no llegaría hasta dos meses después. Al menos llegó, a la minúscula sala 2 del Cine Candilejas. Por aquel entonces yo caminaba con muletas por culpa de un esguince, pero era inconcebible que dejara pasar un solo día más sin ver esa película. Y, ¿qué había más apropiado que ir a ver una cinta sobre tullidos siendo uno? Le dije a mi padre que me dejara allí a las cinco de la tarde y me recogiera a las nueve: sabía que iba a verla dos veces seguidas porque no cabía la opción de que Acción mutante no me gustara.

Acción mutante

Si alguna película me ha hecho soñar alguna vez, esa es Acción mutante. Por supuesto que de Indiana Jones y La guerra de las galaxias salimos todos flipando, imaginando mundos; pero, como aspirante a cineasta, sabía que aquello estaba fuera de mi alcance. La electricidad que transmitía Acción mutante era otra: la había rodado un veinteañero de Bilbao. Aquello ERA POSIBLE.

(Cito las palabras del mismo Álex de la Iglesia, respecto a lo que él sintió cuando se enteró de que otro bilbaíno iba a dirigir su primera película: “El gran responsable de que yo me planteara hacer cine fue Enrique Urbizu. En el 88, Enrique dirige su primera película, Tu novia está loca, de la que yo hago el cartel. De los cortos en Super 8 había pasado directamente a un largo en 35 mm Parabellum. Me tiré cincuenta noches sin dormir pensando en eso. Yo funciono mucho por emulación, por no decir por puta envidia. Por un lado pensaba: “¡Lo ha hecho! ¡Ha roto el sello!”. De repente, alguien de mi entorno, un amigo de toda la vida, creaba su propia productora y entraba en un mundo que yo creía reservado a los elegidos por los dioses. Pero la siguiente pregunta fue: “¿Por qué él y yo no?”).

Acción mutante no entusiasmó a los cineastas y críticos de la vieja guardia. Recuerdo la sonrisa de compromiso de Antonio Giménez-Rico (un conocido de mis abuelos al que acudimos buscando consejo sobre cómo aquel chaval podía meter cabeza en el cine) cuando se desbordaba mi entusiasmo al hablar de Acción mutante. Comprendo ahora, con la perspectiva que dan estas dos décadas, por qué a aquel hombre no le hacía ninguna gracia el desembarco de la generación de cineastas vascos: cada ola barre a la anterior. Pero yo tenía quince años y solo veía futuro, ni presente ni pasado.

La savia nueva, sin embargo, no llegó solo a las pantallas, sino también al periodismo y la crítica cinematográfica. Hubo gente que sí entendió Acción mutante. Jordi Costa escribió en Fantastic Magazine: “No sé si ha nacido un genio, pero sí un cineasta español que, por fin, habla en nuestro mismo idioma, el de quienes hemos disfrutado el Hardboiled de Miller y Darrow sin haber olvidado a las Hermanas Gilda, de quienes le habíamos cogido cariño a Bruce Campbell sin renunciar a San Lee Marvin”.

 

Durante toda la década de los 90, Álex de la Iglesia fue mi héroe. Mirindas asesinas, Acción mutante y El día de la bestia cambiaron la forma en la que percibíamos el cine español. Por el bien de todos, llegó un momento en el que tuvimos que bajar a Álex de ese pedestal, o tal vez fue él mismo el que necesitó hacerlo. Pero la semilla ya estaba plantada.

Vista hoy, Acción mutante posee una belleza analógica irrecuperable. Es una película orgánica y barroca, y muy hermosa a su manera. Se nota que todos están dando el 101% en un proyecto en el que creen, que imaginan irrepetible, sin saber que un día existirán Perdita Durango, Muertos de risa, La comunidad y, ay, Balada triste de trompeta. Por decirlo claro, hay sangre en cada fotograma de esta película.

Para mí, Acción mutante es la Zona Cero de ese nuevo cine español, más incluso que El día de la bestia o Tesis. Feliz cumpleaños, mutantes.

 

El anacoreta

Anoche volví a ver El anacoreta (Juan Esterich, 1976), una película que me deslumbró hace años cuando la cacé de madrugada en televisión. Con la proliferación de canales y la vuelta del cine al prime time, por ser uno de los contenidos más asequibles para las teles en estos tiempos de crisis, ayer pude ver El anacoreta a las diez de la noche nada menos (y para eso tuve que renunciar a ver La cruz de hierro de Sam Peckinpah y El submarino de Wolfgang Petersen en otros canales: escarnio eterno para ese millón y medio de espectadores que eligieron ver Resident Evil 2: Apocalipsis).

Anacoreta, según Wikipedia, es aquel que vive aislado de su comunidad y rechaza los bienes materiales, y que se retira a un lugar solitario para entregarse a la oración y la penitencia. El término define bien a Fernando Tobajas (Fernando Fernán-Gómez), que lleva once años viviendo en su cuarto de baño sin salir nunca de él. En el piso viven también su mujer y el amante de esta, administrador de sus bienes. El baño se ha convertido en un pequeño apartamento y Fernando dedica sus días a enviar crípticos mensajes dentro de tubos de aspirinas por el retrete. Una chica deslumbrante, Arabel (Martine Audó), encuentra uno de los mensajes y se desafía a sí misma a sacar al anacoreta de su encierro.

Escrita por Rafael Azcona y el propio director, El anacoreta es una comedia dramática surrealista a mayor gloria de Fernán-Gómez, que ganó por esta película el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1976. Su interpretación es tan natural, tan poco forzada, que casi no te das cuenta de cómo carga la película entera sobre sus hombros y la lleva allá donde Estelrich y Azcona le pidan. Otro actor hubiera hundido este proyecto; Fernán-Gómez, en cambio, lo eleva tan alto como podía llegar.

Sin embargo, El anacoreta es una película coral. La mujer de Fernando, el amante de esta, la criada, Arabel y el millonario inglés enamorado de ella, además de otra media docena larga de secundarios, pululan una y otra vez por la estancia durante los 100 minutos que dura la película. Con gran acierto, la historia nunca sale de los confines del baño (la cámara sí: en un momento determinado vemos su puerta desde el pasillo), y Estelrich hace un ejercicio de imaginación para apurar todos los ángulos y movimientos de cámara posibles en tan reducido espacio. En ocasiones se hace evidente que no es una localización real sino un plató (algo que no ocurría en Madrid 1987, de David Trueba, también ambientada en un cuarto de baño que aún no tengo claro si existe o no), pero a cambio la película resulta de lo más dinámica y evita la claustrofobia de la localización única.

La francesa Martine Audó (o Mantine Andó, según donde busques) aguanta el tipo frente a Fernán-Gómez, y puedes entender por qué el anacoreta casi renuncia a sus principios por ella. Muchos de sus desnudos son completamente gratuitos (pongamos la película en su contexto histórico: rodada y estrenada un año después de la muerte de Franco) pero, ya que el propósito de su personaje es seducir al de Fernán-Gómez y que la historia transcurre en un lavabo, el exhibicionismo parece más justificado que en otras cintas de la época. Y también hay que admitir que Martine poseía una belleza animal digna de ser inmortalizada en celuloide. Parafraseando a Gene Wilder en El jovencito Frankenstein: “Vaya par de aldabas”.

Nunca se verbalizan las razones por las que el mundo ha decepcionado tanto a Fernando Tobajas, pero esa falta de concreción hace de El anacoreta una película atemporal: no escasean las razones en 2012 para exclamar “que os den” y encerrarse en un cuarto de baño, desde luego. Al respecto, he encontrado en YouTube estas declaraciones de Fernán-Gómez, un extracto del documental La silla de Fernando dirigido por David Trueba y Luis Alegre en 2006, que asusta por su clarividencia sobre lo que está pasando hoy. Vedlo, solo dura dos minutos:

Juan Estelrich no volvió a dirigir ninguna película después de El anacoreta, aunque fue prolífico como ayudante de dirección y director de segunda unidad. Su hijo, Juan Estelrich Jr., dirigió un par de cintas en los 90 protagonizadas por Emma Suárez, su pareja de entonces. Pese a tener una buena acogida en su momento, parece que el tiempo ha hecho desaparecer El anacoreta entre las brumas del cine de la transición. Pero la calidad perdura, y mira, treinta y seis años después esta pequeña gema aún me inspira lo suficiente como para dedicarle estas líneas.

Recomiendo El anacoreta.

Cracks

Cracks es una de esas películas con un planteamiento tan perfecto que cuesta creer que exista: colegio inglés de señoritas en los reprimidos años 30, de tufillo ya de por sí bucólico y sáfico, en el que la progresista institutriz interpretada por Eva Green se hace aguas encima por la nueva alumna española interpretada por María Valverde. ¿Quién no querría ver esta película?

Pues, aparentemente, toda España, porque Cracks sigue inédita en nuestro país casi tres años después de su estreno. Y eso que Antena 3 Films participa de su producción. La cinta es el debut en el largometraje de Jordan Scott, hija de Ridley y sobrina del fenecido Tony. De hecho, sus parientes famosos coproducen a través de su productora Scott Free.

Cracks es una película formalmente bella, con una fotografía y una música (del español Javier Navarrete) que subrayan el deleite de observar a estas chicas con uniforme de colegiala durante la hora y media de metraje. Por allí pulula también la ascendente Imogen Poots, a la que vimos en 28 semanas después y el terrible remake de Noche de miedo; pero irremediablemente eclipsada por Green y Valverde.

Tampoco voy a descubrir nada a nadie si digo que la prota de Soñadores es una de las presencias más lúbricas que ha dado el cine en este nuevo siglo. Del mismo modo, los que vieran Madrid 1987 ya sabrán lo que es quedarse embelesado contemplando la inexplicable belleza de María Valverde. Pero verlas compartir plano ya es como para tragar saliva.

Los celos y la frustración son el motor de Cracks, pues los deseos de las chicas nunca son correspondidos, en especial los de una alumna inglesa (Juno Temple) que se ve privada de los favoritismos de su tutora con la llegada de la española. La ironía es que esta última no desea la atención de la que es objeto, y acabará poniendo en evidencia ante sus compañeras que la profesora no es tan mundana como ella presume. Lo que le sentará fatal a esta, claro.

Cracks pierde interés en su último cuarto de hora, con un desenlace más convencional de lo que prometía, pero aún así es una película merecedora de mejor suerte que la que ha tenido. Está troceada en YouTube, aunque sin subtítulos, e imagino que se puede encontrar en otras páginas sin gran dificultad. En Amazon Inglaterra hay un DVD/Bluray con subtítulos en inglés a un precio muy razonable.

Recomiendo Cracks.

McQuade, lobo solitario

Uno de los daños colaterales de la ola nostálgica que provoca Los mercenarios 2 (mejor que la primera, sí, pero debería durar 45 minutos: los 25 primeros y los 20 finales, y la mortadela del sandwich te la metes por el c…) es que te despierta el gusanillo por volver a ver pelis de acción ochenteras. Pero como las buenas (las de Arnie, las de Sly, las de Van Damme incluso) las tienes ya tan vistas, no te queda otra que rebuscar en el fondo de catálogo, en el cajón de los saldos. Y ahí es donde entra Chuck Norris.

Amazon Inglaterra mediante, he adquirido un pequeño pack de Chuck Norris que incluye McQuade, lobo solitario, Código de silencio y Desaparecido en combate. No es tan exhaustivo como el pack de ocho películas de Steven Seagal que me pillé hace unos meses (por siete libras, ojo), pero me hace el servicio que busco. Dicho esto, si hay una peli de Chuck Norris que me apetece volver a ver, esa es El templo del oro, aventuras selváticas a rebufo de Indiana Jones con Louis Gossett Jr. de comparsa cómico. Algún día caerá.

Nunca había visto McQuade, lobo solitario y, para mi sorpresa, ¡es casi buena! Quizá porque no pertenece a la Etapa Cannon de Chuck Norris, esa que arrancaría dos años después con Desaparecido en combate 1 y 2 (rodadas simultáneamente y estrenadas en desorden) y que dejaría perlas como Delta Force, Invasión USA o la más “artística” y plomiza El héroe y el terror, la única peli de Chuck que había visto en pantalla grande hasta Los mercenarios 2McQuade, lobo solitario está producida por la también modesta Orion Pictures, que despegaría poco después con los éxitos de Terminator y Robocop.

J.J. McQuade es un ranger de Texas algo menos family-friendly y soplapollas que Walker, al que el mismo Norris encarnaría diez años después en el serial de sobremesa favorito de la tercera edad. Es la única persona en El Paso capaz de dar patadas voladoras, cosa que le viene muy bien en su trabajo, hasta que un relamido David Carradine aparece para plantarle cara. En la matrícula de Carradine se lee “CARATE” (tal era la ignorancia de América sobre el asunto en 1983 que los autores de esta cinta temieron que escribirlo con “K” fuera demasiado exótico). El Pequeño Saltamontes realiza una gratuita exhibición de artes marciales en mitad de un baile honky-tonk celebrado en un rodeo a pleno sol; sí, todo muy bizarro. Carradine, claro, es el villano de la película, y en la última escena se enfrentará a Norris en un combate que queda en tablas, con la dignidad de ambos intacta, hasta que McQuade le lanza una granada y santas pascuas. No le hubiera venido mal a Norris esa granada diez años antes, cuando Bruce Lee le dió la paliza de su vida en el falso Coliseo Romano de El furor del dragón.

Antes he dicho que la película es casi buena. Mejor me explico. El guión está lleno de arquetipos que acaban por convertirse en estereotipos (la gritona hija adolescente secuestrada, el compañero latino impuesto por el jefe que termina por caer bien porque, ya sabes, los hispanos no son TAN tontos), así que es la clase de guión funcional que sirve para arrancar la trama y a correr. De esas Seagal, Lundgren o Statham tienen unas cuantas. También resulta bastante cómico que Norris permanezca impasible ante las muertes de su yerno y de su viejo mentor, pero cuando matan a su perro… Maldita sea, ahí se equivocaron de ranger, y lo van a pagar.

A ratos, visualmente, la película huele a El equipo A que tira de espaldas. Pero a cambio tiene otros momentos inspiradísimos, como por ejemplo la presentación de McQuade, y a la foto de arriba me remito. El director Steve Carver juega a ser Sergio Leone todo lo que su talento y su presupuesto le dejan, y arranca unos primerísimos primeros planos del ceño fruncido de Norris que hubieran hecho sonreír al maestro. Ayuda también la banda sonora de Francesco de Masi, fusilando sin rubor la etapa spaguetti de Ennio Morricone, silbidos incluídos. Pero a la postre funciona y te pone palote.

Hay un momento glorioso en el que McQuade, después de ser vapuleado por Carradine y sicarios, es enterrado vivo dentro de su 4×4 de ranger. Lo que los malos no saben es que esa ranchera es algo así como el Interceptor de Max Rockatansky: aprietas un botón y sale propulsada a toda velocidad. Eso hace McQuade para emerger de debajo de la tierra, pero antes de salir de su entierro ¡se bebe media cerveza de un trago y se echa la otra media por encima de la cabeza! Por macarradas como esa es por lo que te enganchas al género cuando eres niño.

(Sí, ese asqueroso jersey de rombos con cuello de pico es el que lleva Carradine durante toda la pelea final)

Tengo todavía que revisar Código de silencio antes de poder afirmar con rotundidad que McQuade, lobo solitario es la mejor película que Chuck Norris hizo nunca. Pero bueno, si no lo es, será la segunda. Al menos me dió lo que le pedía, más de lo que El legado de Bourne o The amazing Spider-Man fueron capaces con sus cientos de millones de dólares de presupuesto.

Mafalda

Estos días estoy releyendo todas las viñetas de Mafalda, por enésima vez en mi vida pero por primera vez en varios años, y redescubriendo su grandeza. La inmortal creación de Quino se publicó por primera vez hace 48 años, pero no ha perdido ni un ápice de vigencia. Mafalda es atemporal.

Un problemilla que tengo al releer los diez álbumes de Mafalda es que estos pertenecieron a mis padres, que los compraron a principios de los 70 (en la portada se lee la advertencia “Para adultos”). El paso del tiempo y el uso los ha desencuadernado, desordenando varias de sus páginas, por lo que no estoy leyendo las viñetas en un orden estrictamente cronológico. Cuando concluya mi relectura correré a comprarme el volumen de Todo Mafalda que hay ahora mismo en las librerías. No me desharé de los álbumes viejos por motivos sentimentales, pero tengo ganas de saber cómo es leer Mafalda con orden y concierto.

Sé que recomendar Mafalda en 2012 es una obviedad, pero a menudo creemos conocer bien a un personaje y su universo cuando solo tenemos un vago recuerdo de ellos (¡otro día hablaremos de Rocky Balboa!). Las tiras de Mafalda son entrañables y divertidas, además de asombrosamente actuales a pesar de su medio siglo de vida.

De Quino se pueden admirar su agudeza como guionista y su frescura como dibujante, dos habilidades que rara vez confluyen en la misma persona. Además, supo “matar” a Mafalda en el momento justo, nueve años después de haberla creado; y nunca ha caído en la tentación de retomarla a pesar de su monstruosa popularidad, preservando así su recuerdo. Cualquiera que haya ojeado un álbum reciente de Astérix o Mortadelo y Filemón comprenderá el valor que tiene eso.

La única concesión comercial de Quino con su personaje fue ceder los derechos para que hicieran una serie argentina de animación con ella. No era muy lamentable ni pervertía la esencia del personaje, pero renunciaba a la pureza del blanco y negro de las viñetas por un mundo de colores en el que Mafalda no acababa de encajar del todo. A España nos llegó en forma de largometrajes directos a vídeo, aunque al menos uno sí se estrenó en cines, pues recuerdo haberlo visto con mi abuela en programa doble con una reposición de El retorno del Jedi. Benditos cines de barrio.

Leyendo las viñetas de Mafalda, acabas por reconocerte en ellas más a menudo incluso de lo que te gustaría. Cada personaje destaca por alguna cualidad intrínseca al ser humano (la obsesión por el dinero de Manolito, la constante evasión de la realidad de Felipe, el burgués conservadurismo de Susanita, el idealismo de Mafalda…) que en algún momento de la vida prevalece sobre las demás en nosotros mismos.

En resumen, que Mafalda sigue siendo tan grande como lo era en los 60, y recomiendo vivamente su (re)lectura.

Placeres culpables: Remo, desarmado y peligroso

Remo, desarmado y peligroso (1985) es, de todas las películas guays que vi en mi infancia, la que menos oportunidades tuve de comentar con nadie. No recuerdo que ningún familiar o amigo la hubiera visto, debió ser invisible en la cartelera, y acabó por convertirse en cult movie en VHS; lo que no servía de mucho en aquellos tiempos analógicos, pues no había forma de que los escasos y espolvoreados devotos de Remo difundieran su palabra. Hoy estoy aquí para iluminaros sobre lo que os habéis perdido y para que sepáis que nunca es tarde, Amazon mediante.

Remo es la adaptación de una serie de novelas pulp de éxito sobre Remo Williams (interpretado por Fred Ward, compinche de Kevin Bacon en Temblores y secundario de lujo en una treintena de películas más), un policía de Nueva York al que reclutan, sin consulta previa, para una división gubernamental secreta encargada de limpiar la corrupción de las altas esferas, y no precisamente por métodos legales. Para convertirse en el arma perfecta que todos esperan que sea, Remo es entrenado por Chiun (Joel Grey de Cabaret, haciendo de asiático a la manera de Peter Sellers), un anciano maestro capaz de esquivar balas y caminar sobre el agua, que desprecia toda la cultura occidental salvo por una cosa: los culebrones tipo Hospital Central.

La química entre Remo y Chiun (o entre Ward y Grey) es el corazón de esta película. Sus intercambios verbales son descacharrantes (“Puedo ver que la mortal hamburguesa ha hecho su diabólico trabajo. Te mueves como una cerda preñada. Penoso”, le suelta Chiun a Remo después de golpearlo por enésima vez). El choque cultural entre ambos da lugar a momentos hilarantes durante la convivencia y el entrenamiento. Una corriente de afecto casi imperceptible acaba por generarse entre ambos, tanto que Remo parece sinceramente dolido al descubrir que, en caso de desmantelarse la organización secreta, Chiun será el encargado de matarle. La determinación de sus palabras se contradice con la sombra de duda que aparece en los ojos del maestro oriental.

La anecdótica trama criminal de la segunda mitad de la película (algo relacionado con la venta de armas defectuosas al ejército) tiene mucho menos interés, pero sirve para poner a prueba las nuevas habilidades de Remo Williams. Este no es ni James Bond ni Ethan Hunt ni Jason Bourne, y sus soluciones a los problemas que se le presentan siempre son expeditivas: como cortar un cristal blindado con el diamante que uno de los villanos tiene incrustado en un diente.

Remo, desarmado y peligroso es una comedia de acción en la línea de su contemporánea Golpe en la Pequeña China (1986), y el fracaso de ambas demuestra que el público no estaba aún preparado para tales híbridos. Remo aspiraba a ser la primera de una serie (el título original lleva el optimista subtítulo The adventure begins) que yo hubiera disfrutado viendo en las estanterías del videoclub. Y que conste que Remo solo es de serie B en espíritu, pues sus set-pieces pueden alardear de cierto nivel de producción, en especial la que transcurre en lo alto de una Estatua de la Libertad rodeada de andamios de cara a la reforma de su centenario. El mérito de la claridad expositiva de la acción es de Guy Hamilton, un director de vieja escuela responsable de cuatro filmes de James Bond (entre ellos Goldfinger) y uno de Harry Palmer (Funeral en Berlín), así que es fácil comprender por qué pensaron en él para arrancar esta franquicia.

También es notable el maquillaje que convierte a Joel Grey en un anciano oriental y que mereció una nominación al Oscar (¡sí, Remo, desarmado y peligroso es una película de premios!). Y tengo debilidad por la banda sonora de Craig Safan, un tanto esquizofrénica porque mezcla las tendencias electrónicas de la época con el estilo sinfónico-aventurero de John Williams; pero el tema principal de la película, repetido hasta la extenuación a lo largo del metraje, siempre me hace sonreír de oreja a oreja.

Remo, desarmado y peligroso es una película de un tiempo más ingenuo, intolerable quizá para los que le exigen localizaciones exóticas, mujeres despampanantes, gadgets asombrosos y peleas descomunales a cada película de género que ven. Remo no tiene nada de eso. Pero qué dos horas más buenas me hizo pasar la otra noche. ¡Gracias, Remo Williams! ¡Nos volveremos a ver pronto!