Sobre música, cine, literatura… ¿Me dejo algo que importe?

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Terciopelo azul

Hacía dos décadas que no veía Terciopelo azul, y dudo que en mi preadolescencia llegara a comprenderla. De hecho, tampoco estoy seguro de haberla entendido ahora. Con David Lynch suele pasarme eso, que me quedo con cara de tonto. Lo que no me desagrada del todo.

Ver una película de Lynch en cine siempre es una experiencia divertida. Recuerdo las caras de estupor, de “pero qué cojones…”, de los espectadores del multicine donde vi Carretera perdida. Ayer, en el Círculo de Bellas Artes, un cuarto de siglo después de su estreno, todavía hubo espectadores que se escandalizaron y se marcharon a mitad de Terciopelo azul.

La última vez que intenté verla en televisión desistí a los diez minutos: en TCM, ese canal que alardea de amar el cine, la estaban poniendo en full screen, horriblemente mutilada. Así que no creo que nunca, hasta ayer, hubiera visto Terciopelo azul en su formato original. Y chico, menudo Scope: este Lynch sabe componer.

Esta película le dio una nueva carrera al rehabilitado Dennis Hopper. Aquí ensayó la plantilla del villano enajenado que interpretaría una y otra vez en Speed, Waterworld y tantas otras. Claro que ninguno estuvo a la altura de Frank Booth. Parafraseando a Siniestro Total, “¡Papaíto sale pero volverá mañana!”.

Lo que he sacado en claro viendo Terciopelo azul es que, si te encuentras una oreja en mitad de un bosque, déjala donde está y sigue tu camino.

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John Ford

Este mes he visto cinco películas de John Ford en pantalla grande, en el miniciclo que el Círculo de Bellas Artes le ha dedicado. Hubieran sido más si un esguince de tobillo no me hubiera obligado a quedarme en casa el fin de semana.

Nunca he visto Tiburón o La matanza de Texas en cine y eso no me ha impedido apreciar su grandeza; pero en la tele, sencillamente, no es lo mismo. Por eso es tan excitante poder ver algunas de esas películas en una pantalla de cine, el formato para el que fueron pensadas, imaginadas.

Escrito bajo el sol y El último hurra son dos películas menores de Ford, pero entran como la seda y antes de que te des cuenta han pasado dos horas. Pasión de los fuertes es un western magnífico.

Las que más me entusiasmaron fueron las dos más antiguas de todas las que vi, Las uvas de la ira y ¡Qué verde era mi valle!, de 1940 y 1941, respectivamente: te arrastran con la fuerza de una riada en la oscuridad del cine. Es reconfortante que setenta años no puedan hacer mella en la buena narrativa.

Y si mi tobillo me lo permite, esta semana volveré al Círculo para ver en pantalla grande Terciopelo azul, de David Lynch. ¡Se me hace la boca agua!